Hannah Arendt y los refugiados: de apátridas a desplazados (II)

Víctor Sampedro y Andrea Lorenzo

Segunda parte de la serie tomada de ‘Los orígenes del totalitarismo’. Recuperamos algunas reflexiones de la pensadora alemana sobre cómo el trato denigrante a los refugiados de la Segunda Guerra Mundial tuvo implicaciones también para el Estado de Derecho, que se dijo “obligado” a cometer actos ilegales y generó más tensión internacional. De nuevo, el paso de los que más tarde se convertirían en Aliados lo marcaban los gobiernos totalitarios. 

Tan interiorizada y naturalizada está la lógica de los estados-nación, que las consecuencias de su omnipresencia son apenas perceptibles. La lectura del IX capítulo de ‘Los orígenes del totalitarismo’ nos sacude y devuelve al análisis frío de los primeros pasos de ese sistema que en la actualidad niega los derechos más básicos a casi 60 millones de personas que han huido de sus países.

Todos“, dice Hannah Arendt, “las minorías de forma activa, estaban bajo la lógica de que la verdadera emancipación, la verdadera libertad, sólo se podría alcanzar con la autodeterminación de la nación; sólo en ese marco, los derechos humanos estaban garantizados, una lógica que se gestó en la Revolución Francesa”. Consecuentemente “se transformaba así el estado, pasando de ser un instrumento de la ley a ser un instrumento de la nación. La nación había conquistado al estado. El interés nacional tenía prioridad sobre la ley bastante antes de que Hitler pronunciase que ‘el derecho es lo que es beneficioso para el pueblo alemán’“.

Ahí están las palabras del primer ministro húngaro, Viktor Orban: “La defensa de Hungría, incluida la aceptación o no de las cuotas obligatorias de reparto de solicitantes de asilo y refugio debe ser un asunto nacional“. O la actitud del partido ultraconservador de Polonia, Ley y Justicia, ganador de las elecciones el año pasado, que se negó a asumir el compromiso del anterior gobierno de acoger a 7.000 refugiados porque les considera “una amenaza a la seguridad nacional”.

Hannah Arendt recordaba dos momentos cruciales en aquellos años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial:

“El primer gran daño que se ha hecho al estado-nación como resultado de la llegada de cientos de miles de personas apátridas es que el derecho de asilo, el único derecho que ha figurado como símbolo de los Derechos del Hombre en la esfera de las relaciones internacionales, está siendo abolido”;

“El segundo shock de calibre que sufrió Europa tras la llegada de los refugiados fue darse cuenta de que era imposible librarse de ellos o transformarlos en nacionales del país que les daba cobijo. Desde el principio todo el mundo coincidió en que sólo había dos formas de resolver el problema: la repatriación o la naturalización”.

Y llegamos a un punto sensible, fuente de controversia: la existencia de campos de desplazados o refugiados. Defensores y detractores exponen sus argumentos. Los primeros defienden la necesidad imperiosa de proteger a la población civil, los segundos equiparan estos asentamientos con campos de concentración de los que no se puede salir. La filósofa reflexionaba ante este fenómeno ahora incipiente:

“La situación de aquellas personas que carecían de derechos se había ido deteriorando de forma obstinada, hasta que la aparición de los campos de internamiento -que antes de la Segunda Guerra Mundial era la excepción más que la regla para los apátridas- se convirtió en la solución más habitual para el problema domésticos de las ‘personas desplazadas'”.

“Incluso la terminología para referirse a este colectivo se deterioró. El término ‘apátrida’ al menos sugería que estos individuos habían perdido la protección de su gobierno y que requerían de acuerdos internacionales que salvaguardasen su estatus legal. Pero el significante empleado tras la Segunda Guerra Mundial, “personas desplazadas”, fue acuñado con el propósito expreso de liquidar de una vez por todas la idea de un individuo sin Estado al ignorar su existencia. El no reconocimiento de esta realidad implica siempre la repatriación”.

De nuevo, nos asalta la sensación de déjà vu viendo el procedimiento que han seguido los distintos estados que se encuentran en la llamada ruta de los Balcanes. Hannah Arendt explicaba cómo operaron estos durante su época:

“El estado, insistiendo en su derecho como ente soberano a expulsar, se vio arrastrado en base a la naturaleza ilegal del mismo concepto de apátrida a realizar actos ilegales. Colaba a aquellos apátridas expulsados a los países vecinos, con la consiguiente respuesta de estos últimos, que tomaban represalias”.

“Esta suerte de ‘contrabando’ resultó en pequeñas escaramuzas entre los cuerpos policiales de las fronteras, que precisamente no contribuyeron a desarrollar buenas relaciones internacionales, y en una acumulación de sentencias de cárcel para los apátridas, quienes, con la ayuda de la policía de un país, pasaban ilegalmente al territorio de otro”.

“No eran necesarias la Segunda Guerra Mundial y los campamentos de desplazados para demostrar que el único sustitutivo práctico para una tierra natal inexistente era el campo de internamiento. Así, a comienzos de los años 30, éste era el único ‘país’ que el mundo tenía para ofrecer a los apátridas”.

“Los campos de concentración se acabaron por instalar en todos los países para los mismos grupos y, aunque había diferencias considerables en el trato a sus ocupantes, resultaba incluso más significativo, pues la selección de esos grupos se dejaba exclusivamente al arbitrio de los regímenes totalitarios: si los nazis encerraban a una persona en un campo de concentración y ésta conseguía escapar a, por ejemplo, Holanda, los holandeses le meterían entonces en un campo de internamiento”.

Una frase que resume con contundencia lo tratado en este capítulo de la serie de Arendt:

La privación fundamental de los derechos humanos se manifiesta ante todo en la privación de poseer un lugar en el mundo, que convierte las opiniones en significantes y  las acciones en efectivas”.