Puentes altos y software libre para educar en ciudadanía

Santiago García Gago
Coordinador del portal Radios Libres que difunde la cultura y el software libre entre medios comunitarios de América Latina. Alumno del Máster en Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digitales.

En Nueva York los pasos elevados que salen de la ciudad en dirección a las playas de veraneo de Long Island, fueron construidos en los años 20 con solo tres metros de altura. Se edificaron así con una intención muy concreta. Resulta que Robert Moses, el artífice de estas obras, construyó los puentes tan bajos para que sólo quienes tuvieran coche particular, que en aquella época eran blancos con dinero, pudieran acceder a estas playas paradisíacas. La intención era mantener a las clases populares y, en especial, a los negros lejos de aquel lugar. Al no tener autos se veían obligados a viajar en autobuses más altos que los puentes, lo que impedía que entraran a aquellas “autopistas paisajísticas”. Moses convirtió estos puentes “en un perfecto colador social”.

Esta anécdota le sirve a Langdon Winner en su libro La ballena y el reactor (1986) para ilustrar cómo cualquier tecnología (o desarrollo tecnológico) nace con una clara intencionalidad política. Para él las tecnologías son “inherentemente políticas” y decidir entre una u otra forma de desarrollo tecnológico tiene “importantes consecuencias para la forma y calidad de las asociaciones humanas”.

Estas consecuencias parecen ignorarse por completo a la hora de elegir qué tipo de tecnología enseñamos en las escuelas. Cuando el claustro de profesores decide qué tipo de software utilizar en los ordenadores con los que enseñan a los alumnos, casi nunca se suelen poner sobre la mesa argumentos éticos o políticos acerca de dicha tecnología. A pesar de no existir estudios masivos al respecto, la mayoría de profesores con los que hemos conversado, afirman que la discusión versa sobre la calidad técnica del programa, cuál está “más de moda” o la rebaja sobre el costo de la licencia que les hará el proveedor.

Parecieran desconocer que decantarse por el uso de tecnología privativa conlleva que, en primer lugar, los alumnos se fidelicen cognitivamente a una marca, convirtiéndose en futuros consumidores de la misma. En segundo, limitamos su capacidad investigadora al no promover la filosofía hacker, es decir, la inquietud por aprender cómo funcionan los dispositivos tecnológicos, entender los códigos y poder modificarlos.

Cuando una empresa desarrolla un software de forma privativa, por ejemplo el sistema operativo Windows, solo esa empresa puede acceder al código fuente para conocer cómo está diseñado el programa. Algunas de estas compañías argumentan que lo hacen para proteger el software y recuperar la inversión en investigación y desarrollo. Pero, en realidad, no estamos hablando principalmente de dinero. Hablamos de un bien intangible mucho más poderoso: el conocimiento. Y el uso de licencias privativas viene a ser como construir “puentes bajos” que impiden que nos acerquemos al “paraíso” del conocimiento.

Por ello, educar en entornos privativos nos acomoda a seguir caminos prefijados y limita la curiosidad intelectual. De hecho, no es así en el resto de las asignaturas. No aprendemos los resultados de las divisiones, lo que hacemos es estudiar su proceso, la fórmula que nos lleva a ese resultado. Tampoco en ciencias nos muestran el cuerpo humano como un ente biológico con un funcionamiento preestablecido, sino que estudiamos cada uno de los procesos que hacen que funcione así, desde las funciones más básicas, hasta la más complicadas.

Pero con la tecnología sucede todo lo contrario. En la escuela se trabaja con software privativo que viene a ser una “caja negra” de la que solamente podemos saber cómo se utiliza, pero no  dejan a los alumnos adentrarse en su interior entender cómo fue construido y atreverse a replicarlo. Tal como describe José Alcántara en La sociedad del control, en la actualidad vivimos en una tecnocracia autoritaria: tecnoimperialismo sin vergüenzas[3] que nos coloniza tecnológicamente desde la escuela creando consumidores de tecnología y no usuarios críticos.

Tampoco es necesario limitarse exclusivamente a enseñar aplicaciones de software libre. Lo ideal es proporcionar una educación amplia y equilibrada, pero primando herramientas que promuevan valores de aprendizaje y experimentación, más allá de su mera utilidad pragmática. Es lo que Richard Stallman, fundador de la Free Software Foundation, denomina educar en ciudadanía:

… la escuela no es un lugar para aprender solo conocimientos, como la historia de un país o matemáticas, también debe formar en el espíritu de buena voluntad, en el hábito de ayudar al prójimo, de compartir. Para eso sirve el software libre. Así se contribuye a construir una sociedad en base a la solidaridad social y a la libertad. (Entrevista de Clara Robeyo)

Asimismo, Langdon Winner termina su libro afirmando que

… la clase de cosas que tendemos a considerar «meras» entidades tecnológicas se hacen mucho más interesantes y problemáticas si comenzamos a observar la gran influencia que tienen en las condiciones de vida social y moral.” (La Ballena y el reactor, 1986)

 

La influencia social y educativa que hoy tienen las TIC no es discutible, al igual que la importancia que tuvieron en su época otros desarrollos tecnológicos como la imprenta o la máquina de vapor. Permitir que estas tecnologías se privaticen y se mantengan bajo el control monopólico de unas cuantas empresas genera dependencia en vez de autonomía. Además, limita nuestra curiosidad científica y no nos permiten cruzar los “puentes” que nos llevan al conocimiento. Quizás, como nos sugiere Winner, es un buen momento para preguntarnos qué formas de tecnología son compatibles con la clase de sociedad que queremos construir.

 


En España,el Centro Nacional de Desarrollo Curricular en Sistemas no Propietarios (CeDeC), organismo dependiente del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte,tiene como finalidad el diseño, la promoción y el desarrollo de materiales educativos digitales a través del software libre. Ellos amplían a 7 las razones para usar software libre en los centros educativos.

7 razones para usar software libre en los centros educativos