Sí, contra la tortura

El ministro del Interior dice que él “quiere creer” la versión de la Guardia Civil sobre la detención en Arrasate de dos presuntos miembros de ETA, que obligó a internar en la UCI de un hospital donostiarra a uno de ellos.

“Quiero creer”. Es una expresión tópica, pero intranquilizadora. Quien quiere creer suele creer, aunque su creencia no tenga mayor fundamento. El que desea creer no se muestra muy estricto en la verificación de los hechos. Blas Pascal ya dijo que para creer (él se refería a la existencia de Dios, pero tanto da) lo más importante es comportarse como si uno fuera creyente: a fuerza de hacer como que se cree, se acaba creyendo.

Sin embargo, en el caso de la existencia o inexistencia de torturas policiales, la cuestión no es lo que a Alfredo Pérez Rubalcaba le apetezca creer o prefiera no creer. Lo que debe dilucidarse es si el Gobierno se toma como cuestión de principios que no se produzcan torturas, por muy delincuentes y éticamente repugnantes que puedan ser los detenidos. Porque quien se opone a la tortura lo hace con independencia de la calidad moral del arrestado. Es su propia escala de valores la que está en juego; no la del otro.

Si se desea evitar la tortura, hay ya suficientes dictámenes técnicos sobre los medios materiales y las garantías legales que se requieren. Organizaciones de reconocida solvencia, tanto no estatales (caso de Amnistía Internacional), como oficiales (el Consejo de Europa, el Relator ad hoc de las Naciones Unidas), han indicado al Gobierno español cómo debería actuar para dificultar que se produzcan tales sevicias, de las que han registrado suficientes pruebas.

No se trata de hacer nada ni muy caro ni demasiado complejo. De hecho, ya los gobiernos autónomos de Euskadi y Cataluña han tomado medidas en esa dirección. La grabación en vídeo de todos los interrogatorios, complementada con la nulidad judicial de todo dato que no figure grabado en las condiciones adecuadas, son medidas cautelares muy oportunas. Si hoy en día te graban en vídeo hasta en los sitios más inverosímiles, ¿por qué no en los cuartelillos y comisarías?

No es cuestión de creer, sino de querer.