Proporcionalidad electoral

Se habla mucho de la necesidad de reformar la legislación electoral española para que refleje mejor el verdadero sentir de la ciudadanía. He llegado a participar en algún seminario académico sobre la cuestión, flanqueado por varios plastas como yo.

Con independencia de que otras reformas de la Ley Electoral sean deseables y posibles, la que yo vería con más simpatía es una que determinara que el Congreso de los Diputados asignara sus escaños en proporción a los votos obtenidos. O sea, y por explicarlo gráficamente: ¿que, realizada la votación, se constata que la participación electoral ha sido del 60%? Pues se deja vacío el 40% del hemiciclo, se reparte el resto entre los que han salido electos y asunto concluido.

Eso no sólo tendría inmediatos beneficios económicos para el erario (que no sé por qué tanta gente se empeña en llamar “público”: el erario es público por definición) sino que, además y sobre todo, se encargaría de poner de manifiesto, día a día, durante toda la legislatura, el vergonzoso hecho de que el 40% de la ciudadanía no está representado en esa institución. Cosa que los políticos profesionales prefieren que se olvide así que toman posesión de sus actas de diputados.

El 40% o el 35% vacío. ¿Por qué un porcentaje tan alto del electorado no ha votado? A saber. Porque las candidaturas no han acertado a interesar, porque una parte del personal se apunta a eso tan imbécil de que “es que yo no me meto en política”, porque otra parte del personal se adhiere a eso tan comprensible de que “anda y que os den viento fresco”… Imposible determinar las causas. ¿Y qué? También son imposibles de esclarecer los motivos reales por los que éste vota al PP, el otro al PSOE y el de más allá a IU, CiU, el PNV o BNG.

A mí me gustaría que algo así se hiciera –ya sé que es imposible: la clase política defiende a muerte sus intereses corporativos– porque, de ponerse eso en práctica, los que tenemos vocación de abstencionistas, más que nada porque no nos va jugar partidas en las que sabemos que las cartas están marcadas, podríamos sentirnos representados en el Congreso.

Nos representarían todos esos escaños vacíos.