El dedo en la llaga

Hay conflictos insolubles

Tiene razón el lehendakari Ibarretxe cuando afirma que no es aceptable que ETA marque la agenda de la política vasca; que sea la organización armada la que, sin la más mínima legitimidad, determine de qué se puede hablar y cuándo, y qué se puede hacer y qué no. Él se dirige con ese argumento a quienes, diciéndose en principio partidarios de su ya célebre consulta, sostienen que habría que esperar para realizarla a que ETA no se interfiera. Aceptar que la actividad terrorista –o la amenaza de actividad terrorista– condicione los planes políticos de la gente pacífica supone, en efecto, conceder un plus francamente irritante a la matonería.

Pero, si eso es cierto, no lo es menos que tampoco resulta sencillo hacer como si ETA no existiera, cuando el hecho es que existe. Planteémonos, a modo de pura hipótesis, la campaña previa a la consulta cuya conveniencia defiende Ibarretxe. ¿Con qué normalidad democrática podrían realizar su propaganda electoral los partidarios de una u otra opción, una vez que ETA haya dictaminado que esa votación es cosa de traidores, susceptibles, por lo tanto, de recibir cuatro tiros por su intrínseca maldad?

A uno le puede parecer intolerable que haya atracadores que asalten a la gente por la calle, pero esa condena moral no resuelve el problema que se plantea cuando alguien te encañona con una pistola y te reclama la cartera.

Otra cosa es que haya otros poderes, incluso mucho más decisivos y con mucha más capacidad resolutiva que ETA, que tampoco estén dispuestos a aceptar que la agenda de la política vasca se pueda establecer con plena libertad.

Decididamente, hay conflictos que, los mire uno como los mire y por más vueltas que les dé, tienen todo el aspecto de carecer de solución.