Maldito San Fermín

Hay tres cosas que desde muy lejanos tiempos hago todos los años por estas fechas: mostrar mi oposición a la fiesta nacional, criticar el espectáculo de las carreras matutinas por las calles de Pamplona y recordar el asesinato de Germán Rodríguez, que murió baleado ahora hace justo 30 años a manos de la Policía que comandaba Rodolfo Martín Villa, entonces jefe de la represión franquista y en la actualidad presidente de Sogecable. Sus esbirros entraron en la plaza de toros de Pamplona a tiro limpio y provocaron casi un centenar de heridos.

De mi recuerdo hacia Germán, militante de la LKI, no tengo por qué dar explicaciones: se explica solo. Forma parte de una lista que llevo escrita a sangre y fuego en la memoria: Jesús Mari García Ripalda, Miquel Grau, Aniano Jiménez, Ricardo García Pellejero… Muertos de mi propia biografía, sectaria, y a mucha honra. Todos asesinados con cobertura gubernamental.

Confío en que la buena gente de Pamplona, que es mucha, rendirá también este año el debido homenaje a Germán Rodríguez.

Algo me dice que no lo retransmitirá Canal +.

Sentado lo cual, reiteraré cuán disparatado me resulta el espectáculo de los encierros. Lo más absurdo no es, para mí, que haya gente que se dedique a correr delante de una manada de toros bravos y de cabestros, desafiando la suerte y jugándose la vida (sobria o borracha, me da igual), sino que esa evidente imprudencia temeraria se efectúe como si fuera una hazaña de interés general, y que la retransmitan las radios y las televisiones, y que cuente con el respaldo material de todos los poderes públicos y, ya de paso, también con la bendición del obispo de la diócesis.

Los primeros se gastan el dinero del erario dando cobertura y respaldando a los inconscientes que disfrutan poniendo en riesgo su existencia. ¿A cuento de qué tenemos los contribuyentes normales que financiar ese dislate?

Y en cuanto al obispo, ¿qué decir? O más bien: ¿qué no decir? Se tira el año entero el pesado de él perorando “en defensa de la vida” y luego protege, a medias con San Fermín, dándoles su bendición, a los atolondrados que se la juegan porque se les pone.

Santo cielo, qué tropa.