El dedo en la llaga

Los otros impuestos

Me telefonea mi buen amigo Gervasio Guzmán.

"Tu columna de hace algunos días sobre el impuesto revolucionario de ETA", me dice, "ha provocado muchas discusiones en nuestro grupo de amigos. Todos rechazan lo que hace ETA, pero, a partir de ahí, hay opiniones para todos los gustos".

"¿Cómo cuáles?", le pregunto.

"Pues, por ejemplo, hay uno que dice que no hay que amilanarse ante ETA, porque es poco probable que, hoy en día, mate a alguien por no pagar".

"Ése no es de Euskadi, seguro", replico. "‘Poco probable’ no quiere decir ‘imposible’. Además, ha habido casos recientes de represalias muy duras. No todo es matar. ETA puede hacer todavía muchísimo daño".

"De todos modos", prosigue Gervasio, "las discusiones más encendidas se montaron a partir de la consideración de que también el Estado ‘impone sus impuestos’ y los emplea para financiar historias que a muchos nos repugnan. Alguno defendió incluso la idea de convocar una especie de rebelión general contra el IRPF".

No es la primera vez que me topo con ese tipo de argumentos. Discrepo por completo.

Admito sin ningún problema que los criterios recaudatorios del Estado dejan mucho que desear. En términos generales y sin entrar en mayores detalles, es bien sabido que la Agencia Tributaria controla de manera implacable a los trabajadores por cuenta ajena, pero que no tapona los pasos subterráneos por los que se alivian las rentas más altas.

Aún más cierto es que el modo en el que el Estado organiza el gasto de lo recaudado tiene lo suyo.

Pese a ello, no veo que tenga nada de progresista rechazar el pago del IRPF. Porque todo va en el mismo lote: los gastos militares, la Casa Real, la sangría concordataria y tantas otras carcundas, sí; pero también la Escuela Pública, los hospitales, los asilos, las pensiones, el subsidio de paro, las infraestructuras...

Me encantaría que fuera posible tributar a la carta y que cada cual pudiera elegir a qué se dedica el dinero de sus impuestos, pero algo me dice que de momento eso no va a suceder.

En la práctica, rechazar el IRPF equivale a oponerse a la totalidad del gasto público. No me parece una gran idea.