Opinion · El dedo en la llaga

Si vives no conduzcas

Sentencia el anuncio del Gobierno vasco: “Conducir bajo los efectos del alcohol es una apuesta muy peligrosa”.
Cada vez que lo oigo, me quedo meditabundo.

Primer capítulo de dudas que me asaltan: ¿“Los efectos”? ¿Son fijos, con independencia de la cantidad de alcohol ingerida y al margen del grado de tolerancia, la corpulencia y la propensión a la prudencia de quien conduce? Conozco personas que con una sola copa de vino se ponen ya imposibles, y gente como Carlos C., un conocido mío de Donosti que cuantas más ginebras se toma más considerado y cortés se vuelve, hasta el punto de cantar delicadamente lieder de Mozart a la luz de la luna sin quebrar ni una sola nota.

Segundo capítulo de dudas: ¿conducir automóviles no es siempre, en todo caso, un grave riesgo para uno mismo y para los demás?

De veras que no trato de ridiculizar la advertencia. Me parece muy sensata. Está bien recordar a la gente (porque saberlo, lo sabe de sobra) que es una imprudencia de tomo y lomo ponerse al volante cuando uno está pirí. No pretendo quitar hierro al aviso, sino sumarle más.

Quiero añadir que también es una apuesta muy peligrosa conducir cuando uno tiene sueño, aunque no se dé demasiada cuenta. O cuando uno se ha peleado con su jefe, o con su novia, o con su hijo. O cuando no ha lavado bien el parabrisas. O cuando no ha revisado a conciencia la presión de los neumáticos. O cuando va oyendo por la radio a un cretino exasperante. O cuando le hierve la sangre pensando que el pijo del coche de adelante, que destila petulancia, no se ha ganado ese trasto reluciente con el sudor de su frente, sino porque papá es papá, o porque el PP es el PP, o porque el PSOE es el PSOE.

El alcohol es de lo más problemático, sin duda. Como lo son los tranquilizantes. Como lo es casi todo. Lo que trato de decir es que los humanos somos impredecibles, irritables, hipersensibles, indisciplinados, demasiado jóvenes, demasiado viejos, demasiado machos, demasiado hembras… O sea, perfectos desastres autorizados por ley a conducir unas máquinas de matar y de suicidarse llamadas coches.

¿De quién es la culpa? O mejor: ¿de quién no es la culpa?