El dedo en la llaga

Ratzinger y el nazismo

Nadie merece ser juzgado por las tonterías cometidas antes de alcanzar la edad adulta, como tampoco debería serlo por las patochadas de su edad decrépita. Más difícil es decidir a qué edades se traspasan esas dos fronteras de la vida. Por ejemplo: con 17 años, ¿uno debe ser considerado adulto o no?
Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, tenía 17 años cuando militó en las Juventudes Hitlerianas y vistió el uniforme del III Reich. "Le obligaron. ¿Qué otra cosa podía hacer?", alegan sus defensores. Vaya una pregunta. Hubiera podido desertar, por ejemplo, como hicieron otros muchos antes que él y como finalmente hizo él mismo, aunque solo cuando era ya evidente que los nazis iban a perder la guerra. Lo capturaron las tropas aliadas cuando huía.
En fin, que fue nazi hasta ya talludito, lo cual debería aconsejarle, así fuera solo por pudor, no pretender erigirse en autoridad en asuntos de antinazismo. Pero el actual Papa no se corta un pelo y, de la misma manera que se las da de experto en relaciones sexuales y en contracepción sin que se le conozca ninguna experiencia en la materia (no digo que no la tenga: digo que no se le conoce), dictamina sobre las relaciones que mantuvieron el Vaticano y el III Reich como si él no fuera juez… y partes, en plural.
Acaba de pontificar –nunca mejor dicho– que el silencio que mantuvo el papa Pío XII ante el Holocausto fue "eficaz", porque, según él, eso permitió a su antecesor ayudar a muchos judíos a salvarse. Se infiere de ello, en primer lugar, que a Joseph Ratzinger solo le interesan los crímenes que cometieron los nazis en contra de los judíos. Los millones de víctimas no judías que causó la barbarie nazi (disidentes políticos, homosexuales, gitanos, etc.) ni los menciona. ¿A cuántos de ellos contribuyó a salvar Pío XII con su silencio? En segundo lugar, la argumentación de Ratzinger conduce a deducir que aquellos que se opusieron abiertamente al nazismo, curas incluidos, siguieron una vía menos eficaz. Lo más astuto, por lo visto, era callarse.
Solo le ha faltado decir que más eficaz todavía era formar parte de una unidad de artillería hitleriana, como hizo él.