El dedo en la llaga

Allons, enfants...

Si Víctor Laszlo, el ultracorrecto y planchadísimo marido de la fascinante Elsa Lund en Casablanca, se enterara de que ahora mismo hay miles de espectadores de fútbol en Francia que abuchean La Marsellesa, en lugar de cantarla con los ojos lacrimosos para castigar a los nazis prepotentes, asesinos y antipáticos, como la bella Yvonne, lo mismo renuncia a tomar el avión de Lisboa y se exilia en Victoria, capital de las Seychelles.

Otro tanto habría decidido probablemente John Huston, que también se inventó una inverosímil Victoria futbolera, con Marsellesa incluida y Silvester Stallone de portero.

Tanto el presidente franco-húngaro Nicolas Sarkozy como su responsable de Deportes, Bernard Laporte, han declarado que no van a tolerar que el himno de la República Francesa sea abroncado en los estadios, y que no vacilarán en ordenar la suspensión de los partidos y el cierre de los recintos donde tal afrenta se produzca. ¿Ah, sí? ¿Y eso, en nombre de qué? Los espectadores son libres de silbar lo que les viene en gana. Si no les gusta el himno nacional o están de uñas con su presunta patria, tienen derecho a hacerse oír. ¿O es que sólo se puede aplaudir o abroncar lo que el Gobierno autorice?
A mí los himnos me van más bien poco, como los patriotismos. Admito que La Marsellesa tiene cierta calidad musical, al igual que La Internacional (sin traducción al castellano, a poder ser). Nada comparable a la Marcha Real española, ese insufrible chumpachumpachún que los forofos futboleros ni siquiera consiguen memorizar y que tararean como les da la gana, ayudados por Manolo el del bombo. Pero, si uno es inmigrante y está hasta el gorro del trato que le da su teórico país de adopción, entiendo perfectamente que tenga ganas de vengarse y abuchee su solemne himno, que encima, para más inri, le llama a las armas.

Si las autoridades francesas no quieren que la gente se mofe del himno, tienen una solución fácil: no lo toquen.