El dedo en la llaga

El vicio de flagelarse en público

En los últimos años se ha producido en los medios audiovisuales españoles la conjunción de dos factores perversos que se potencian entre sí. De un lado, hay un montón de gente a la que le pirra la idea de aparecer en la tele o meter baza en la radio, incluso aunque le cueste dinero. Del otro lado, están unos medios que han descubierto que llenar programas con gente que cuenta sus desgracias y exhibe en público sus impudicias sale baratísimo, atrae audiencia y además apenas da trabajo.
No soy experto en los programas de televisión en los que salen personajes que relatan sus intimidades, lloran, se insultan y finalmente se reconcilian y se van de la mano, aunque cuando me he topado con alguno tampoco me ha parecido que su mecanismo fuera mucho más complejo que el de un alfiler. A cambio, en tanto que oyente nocturno de radio (recurro a ella para tratar de arrullarme), me he encontrado muchas veces con espacios de esos a los que hay gentes que telefonean para dar a conocer sus experiencias más insólitas y quejarse de la vida, en general, y de quienes les circundan, en particular.

Es curioso que esa modalidad radiofónica tenga éxito. ¿Será que los oyentes no tienen suficiente con sus desgracias particulares y requieren dosis suplementarias? ¿Será que les pierde el afán de cotilleo? ¿Será que, comprobando que a otros les va todavía peor que a ellos, encuentran algún consuelo?
¿Y qué mueve a los exhibicionistas? ¿Buscan el efecto catártico de la confesión? ¿O sólo oírse?
Yo, cuando despierto en medio de la noche y descubro que la emisora que tengo  sintonizada está metida en uno de los muchos espacios lacrimosos de ese estilo, sé lo que busco: otra emisora.