Todos en huelga de celo

Iberia quiere sancionar a algunos pilotos porque, según aseguran los voceros de la compañía aérea, están realizando “una huelga de celo encubierta”.

“Huelga de celo”. Es lo mismo que en algunos países de América Latina denominan “trabajo a reglamento”. Llámese como se quiera, la cosa consiste en que los empleados de una empresa, para tocar las narices a la dirección, deciden cumplir escrupulosamente todas las obligaciones que marcan las normas aplicables a su labor, lo cual genera dificultades de funcionamiento.

Me resulta llamativa la frivolidad con la que nuestra sociedad asume que las empresas, sean del tipo que sean –organismos públicos incluidos–, sólo puedan funcionar de manera fluida si sus trabajadores no se toman demasiado en serio las ordenanzas que regulan las tareas que realizan.

Es inaceptable que trabajar “a reglamento” (es decir, ateniéndose con rigor a las normas legales) se tome como sinónimo de boicotear y entorpecer.

En todo este asunto hay algo que no funciona: o los reglamentos están mal hechos y no se acomodan a la realidad, en cuyo caso habría que modificarlos, o lo que se está promoviendo como norma general de funcionamiento es la desidia y la chapuza.

El problema no debería ser que los pilotos, o quienes sean, decidan cumplir escrupulosamente con sus obligaciones legales, sino que se les vitupere por ello, se los trate de “huelguistas de celo” (¿desde cuándo los huelguistas trabajan?) y se hable de sancionarlos por ello. Habría que castigarlos, en todo caso, cuando no se atienen fielmente a las normas establecidas.

Todo el mundo debería trabajar “a reglamento”. Y si eso obliga a las empresas a contratar a mucha más gente, mejor que mejor.