Crecen el paro y la picaresca

Las autoridades españolas aseguran que la cifra de la población en paro se incrementa de modo cada vez más alarmante a medida que va ahondándose la crisis económica. Y sin duda que es así: quien más, quien menos, todos sabemos de personas que se han quedado sin empleo en los últimos meses o que siguen sin lograr el primero.
Pero algunas estadísticas ocultan una parte importante de la realidad. Para empezar, no es lo mismo el paro registrado que el desempleo efectivo. El Instituto Nacional de Empleo (INEM) ofrece unos datos, pero la Encuesta de la Población Activa (EPA), otros significativamente inferiores. Una disparidad que tiene su razón de ser: mientras el INEM contabiliza personas fichadas con nombre y apellidos, la EPA se basa en entrevistas anónimas, que permiten respuestas más sinceras (digo más sinceras, no del todo sinceras: hacen legión los que, por pura experiencia, ya no se fían de nada ni de nadie).
El paro crece, pero también la economía sumergida. Y a marchas forzadas. Lo tengo más que constatado. Por lo menos en las zonas que yo frecuento, es casi imposible apalabrar un trabajo doméstico en el que el aspirante ofrezca un presupuesto que incluya el IVA. La gente escapa de la legalidad como de la peste.
Hay empresas cuyo volumen de producción es incompatible con el número de empleados que tienen dados de alta en la Seguridad Social. Contratan sin contrato, abusando de la desesperación ajena. El repunte de la explotación clandestina del trabajo de inmigrantes es igual de patente.
En España se unen los desmanes del neoliberalismo más descarnado con los propios de las trapacerías de nuestra picaresca histórica. Aunque puede que todo sea lo mismo.