El dedo en la llaga

Esperanza Aguirre está tocada

Esperanza Aguirre es una mujer astuta, lista. Incluso taimada, si se quiere. Pero yo no la calificaría de inteligente. Para demostrar inteligencia, una persona que se dedica a la política profesional debe empezar por ser consciente de sus limitaciones personales, de las capacidades (e incapacidades) del equipo con el que trabaja y del margen de maniobra con el que cuenta, incluyendo los variables estados de ánimo de la opinión pública. Y Aguirre ha menospreciado todo ello a la vez: es evidente que se cree mucho mejor de lo que es, que toma a sus fieles y no muy brillantes consejeros por finos estrategas y que da por hecho que tanto su partido como el electorado madrileño van a tragar siempre lo que ella les ponga para comer. Y no.

El modo chapucero con el que ha puesto punto final al trabajo de la comisión parlamentaria que debería haber investigado los espionajes realizados en Madrid a algunos responsables políticos –la mayoría del propio PP– es una muestra de los no muy amplios márgenes de su inteligencia. Huir de manera tan precipitada y ostensible de la escena del crimen es una chapuza. Va a ser mucha la gente, en su partido y en la calle, la que sospeche que lo hace porque tiene no poco que ocultar.
No sé si Aguirre conseguirá mantenerse al frente del Gobierno de la comunidad madrileña, pero apostaría doble contra sencillo a que ha tocado techo político. Ella sola se las ha arreglado para hacer imposible su ascenso a las altas cimas a las que aspiraba, empezando por la sucesión de Mariano Rajoy. Su ambición es tan llamativamente desmedida que da miedo y hasta grima, incluso a buena parte de los dirigentes del PP.
Aguirre no está hundida, pero sí tocada.