El dedo en la llaga

Asfixia por exceso de fe

Los designios del Señor son inescrutables. Sobre todo los de Dios padre, Alá y Yaveh.
El uno incita a sus seguidores a atacar a los infieles, así se hallen en sus propias tierras y encerrados en sus casas: lo sabemos desde la Biblia, cuando hacían señales de sangre pintadas en las puertas para saber a quien no matar, pero nos lo recuerdan a diario con bombas incendiarias y tiros disparados sobre niños, quizá porque creen que más vale prevenir que curar.

El otro, el de los islamistas que, guerras aparte, se dedican todos los años a montar peregrinaciones a La Meca en las que nunca faltan los muertos y heridos por aplastamientos.
Ahora, Benedicto XVI, jefe de una Iglesia que no se ha privado de matar a troche y moche a lo largo de su la larguísima historia aplicando aquella cruel filosofía antialbigense ("Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos"), debe de tener cierta nostalgia de esas carnicerías propias de colegas, por lo que organizó en el estadio de fútbol de Luanda (Angola) una concentración de masas en la que, a todas luces, no cabía tanta gente como la convocada.

De modo que los asistentes se aplastaron todo lo quisieron –o no– y aquello acabó con dos mujeres muertas y decenas de heridos.
Lo más llamativo es que el Papa, Benedicto XVI, ante la barbaridad de la tragedia sucedida, volvió a perorar sobre la ventajas de la castidad y el matrimonio y a predicar en contra del espiritismo (como si lo suyo fuera materialismo de la más pura cepa) y no dijo ni palabra sobre la asfixia por exceso de credulidad.