El dedo en la llaga

Roberto García Calvo

La cuestión verdaderamente importante no es que en los años 30 del pasado siglo existiera un cabo austríaco llamado Adolf Hitler, pintor de brocha gorda, feroz antisemita y anticomunista recalcitrante, que estuviera obsesionado con la idea de mandar al otro barrio a todo el que no le resultara debidamente ario. Lo realmente digno de honda reflexión es que Alemania –o sea, la mayoría del pueblo alemán de la época– convirtiera a ese personaje en su Führer, respaldándolo en las urnas con singular entusiasmo.

La reflexión es la misma: la cuestión no es que un falangista, jefe de las hordas de Franco en Almería por orden de Arias Navarro y justificador –al menos justificador– de delitos de sangre, sea hoy magistrado del Tribunal Constitucional español. El problema de fondo no es que un homínido así exista y perviva, quiera el cielo que por muchos años –yo sí que milito en contra de la pena de muerte–, sino que estemos en un régimen político que permite que alguien con semejante pasado de vómito llegue tan alto. Quizá sea por aquello que decía el doctor Lawrence Peter, famoso por sus principios (no está mal que haya alguien que los tenga), según el cual en toda fosa séptica son los trozos más gordos los que mejor flotan.

Don Roberto, especie de trasunto de su coterráneo don Rodolfo, el de Vitoria, arguye que todo el mundo arrastra anécdotas curiosas de su pasado. Decía Carlos Marx que todos llevamos el pasado como una losa sobre nuestras espaldas. La de Roberto García Calvo es una losa funeraria, en concreto: la de Javier Verdejo, al que sus policías mataron en 1976 en Almería por tratar de hacer una pintada.

Algunos juramos entonces: "¡Javier, hermano, nosotros no olvidamos!".

Es el momento de demostrarlo.