El rigor en las listas de Lo Mejor del Año

Los gustos, generalmente, vienen orientados. No elegimos lo que nos gusta, sino lo que alguien, una mano invisible, ha elegido por nosotros. Eligiendo lo que nos gusta, alguien eligió antes. Si algo te gusta, gustó a alguien antes (o siendo más perversos, alguien pensó que podría gustarte a ti; y más: a alguien le interesa que te guste).

Digo todo esto por la sorprendente, casi escandalosa, uniformidad de las listas de lo mejor del año que se han publicado estas últimas semanas. ¿No es extraño que, entre los cientos y cientos de novedades que se publican cada temporada, dos medios, Rockdelux y Mondosonoro, coincidan en los primeros puestos de sus clasificaciones? ¿Qué podemos pensar de que el álbum de Animal Collective haya sido el mejor para decenas de revistas de medio mundo?

Sin duda: hay miedo y poco atrevimiento para hacer listas más propias y singulares. A los editores les tiembla el pulso y prefieren el maquillaje al riesgo de mostrarse diferentes. ¿Se orientan más por lo que leen que por lo que oyen? ¿Qué criterio manda? ¿El criterio del que impone el gusto, que además vive en Londres o Nueva York?

A casi todos los seres humanos nos gustan las listas y los resultados. Tenemos una tecla dentro que obsesivamente nos impulsa a comparar y clasificar, a poner orden en el desorden, a decidir un ganador y un perdedor, al blanco y negro sin grises. Nos gusta concretar y nos desasosiega la indefinición.

Yo ya he dicho que me gustan las listas, que las devoro (cada vez menos, eso es cierto) y que creo que aportan y tienen una función.

Además, quiero creérmelas.

Sin embargo, la mayoría de revistas y medios de comunicación (no todos) me decepcionan: sólo andan hasta la mitad del camino del rigor y la veracidad.

Ponen lo que hay que poner, no lo que es. Y eso no mola.

En el caso de las revistas de música, las listas se hacen con las votaciones de los colaboradores. Para mí, la calidad de una revista reside principalmente en ellos, en el criterio e imaginación de sus plumas. No en otra cosa.

Pero sólo algunas publicaciones se atreven a publicar las clasificaciones individuales de cada crítico (The Wire, por ejemplo, o Pitchfork sí son valientes). ¡Pero si hasta el Babelia lo hace con los libros!

Y el resto, ¿no confía en sus críticos? ¿De qué tienen miedo? ¿Por qué no jugar todos con las cartas boca arriba?

Con manos invisibles, ¿hay rigor posible?