La increíble historia de Jackson C. Frank

La primera vez que escuché el nombre de Jackson C. Frank fue de boca de una chica en el Café Libertad 8 de Madrid, hará ya unos cinco años. Pocos días después, la chica en cuestión me pasó su primer y único disco, titulado también ‘Jackson C. Frank’ y publicado en 1965.

Llegué a casa y puse el CD. Me dejó anonadado, me liquidó (un verbo que me pega en la boca de Calamaro, por ejemplo). Una docena de canciones a voz y guitarra que parecían haber sido compuestas entre Bob Dylan y Nick Drake e interpretadas por un veterano bluesman. Lo primero que pensé: «Esto no puede ser un disco de debut, es demasiado bueno». Pero sí, lo era. Y luego: «Este tío tiene que haber grabado algo más». Pero no, no grabó nada más.

Es más: desde finales de los 60 nadie supo de él. ¡Es más! Los únicos 12 segundos que se pueden ver de él en vídeo son esos que tienes a tu izquierda. Esto es culto, señores.

A lo largo de los años circularon rumores de que había muerto en un accidente de avión en 1967 (estilo Buddy Holly), que se había casado con una sueca y vivía en Suecia (estilo Bebo Valdés) o que se había cambiado el nombre y regentaba una gasolinera en Montana (no sé qué tienen las gasolineras, pero no es la primera vez que un rumor de este tipo sitúa al protagonista en una estación de servicio).

¿Quién era y qué fue de Jackson C. Frank? Nació en Buffalo en 1943 y, tras unos años viviendo en Ohio, su familia se mudó a un pueblo del estado de Nueva York llamado Cheektowaga, muy cerca de su Buffalo natal. En esa localidad, cuando tenía 11 años de edad, ocurrió un suceso que cambiaría su vida.

Durante la clase de música, en la escuela local a la que asistía, estalló el sistema de calefacción, situado justo al lado de su clase. Murieron quince de sus compañeros (aquí se puede leer un reportaje sobre aquella tragedia) y él permaneció hospitalizado durante siete meses debido a las graves heridas que sufrió.

Durante ese tiempo, su profesor de música (también superviviente), visitó a Jackson habitualmente y siguió instruyéndole en el mundo de la música. El niño pidió una guitarra y en esos meses recostado en la cama aprendió a tocar. Ya recuperado, en la adolescencia, siguió los pasos de cualquier muchacho aficionado a la música: se compró una guitarra eléctrica y formó varios grupos de rock and roll, un género en plena efervescencia en la época. Sin embargo, Jackson sentía especial afición por la música folk, especialmente por las canciones de contenido histórico.

(A la izquierda, el español Pajaro Sunrise versiona un tema de Frank)

A los 21 años, le llegó el momento de decidir qué iba a hacer con su vida. La música estaba bien, pero no le iba a dar de comer. Cuando estaba a punto de matricularse en la facultad de Periodismo, un nuevo hecho relacionado con la tragedia de la escuela volvió a cambiar la dirección de su vida. El seguro le pagó 100.000 dólares en compensación por las heridas sufridas en el accidente. Y 100.000 dólares en 1964 eran muchos dólares: era una pequeña fortuna.

Lo primero que hizo con el dinero fue comprarse un Jaguar y recorrer el estado de Nueva York viendo conciertos con un amigo. Jackson era un fanático de los coches, así que al año siguiente, decidió viajar a Inglaterra, donde decían que fabricaban los mejores modelos de determinadas marcas. En el barco, compuso ‘Blues run the game’, canción que en pocos meses sería un éxito en el Reino Unido. Los primeros versos de la canción, conociendo los detalles biográficos, estremecen (más sabiendo lo que estaba por llegar):

«Cogeré un barco a Inglaterra, nena,
quizás a España,
allí donde he ido
allí donde he ido y estado
la tristeza ha ganado el juego»

Cuando llegó a Inglaterra y se encontró con el ‘Swinging London’ en plena ebullición lo de los coches se le quitó de la cabeza. Visitó los clubs de folk de la ciudad y no tardó en convertirse en un cantautor más de la escena. Conoció a Paul Simon y Art Garfunkel y el primero le ofreció producirle un disco. Grabó su disco en tres horas en un estudio de la CBS del centro de Londres. Al parecer, se colocó detrás de un biombo porque le daba vergüenza que le vieran cantar.

El disco fue un éxito en Inglaterra. John Peel le invitó a su programa de radio para que grabara unos temas en directo, apareció en varios programas de televisión y vendió miles de discos. En esa época, Jackson compartió piso con Al Stewart y salió con Sandy Denny, una de las más célebres cantantes folk de la época.

Entre 1965 y 1967, Jackson C. Frank fue uno de los grandes nombres de la escena folk británica, dando conciertos por todo el país y abriendo el camino a artistas como Nick Drake, que llegó a versionar una de sus canciones. Pero en 1968, cuando era el momento de consolidarse con su segundo disco, el sello de Jackson rechazó sus nuevas canciones. Esto le sumió en un estado depresivo que no era extraño en él, probablemente relacionado con la tragedia de la escuela. El cantante se fue a Nueva York y allí se le perdió la pista. Estamos en 1970.

Su idea al viajar a Nueva York era encontrar a Paul Simon, pero en lugar de eso acabó durmiendo en la calle como un vagabundo. Tras deambular por varias casas de acogida estatales, su estado mental se deterioró tanto que acabó ingresado en un psiquiátrico.

Esta entrada de blog podría haber terminado así: no sabemos donde está Jackson C. Frank, pero tenemos su música y eso es lo importante. Pero no: sabemos bastante más gracias a Jim Abbott.

Jim Abbott es un melómano de Nueva York que había oído hablar de la historia de Jackson C. Frank. Un día de 1993, rebuscando en una tienda de discos de segunda mano de Nueva York, encontró un disco de Al Stewart que llevaba tiempo buscando. Al llegar a casa, lo estrajo de la funda y en el interior encontró una dedicatoria: «To Jackson, all the best, Al Stewart».

Abbott volvió a la tienda y descubrió que el tal Jackson era Jackson C. Frank y que iba de vez en cuando a vender discos viejos. Pocas semanas después, logró conocerle. «Yo le había visto en las fotos de los años 60, un chico alto y guapo. Cuando le vi llegar, un hombre gordo dando tumbos por la acera, no me podía creer que era él. Parecía el hombre elefante«, dijo Abbott tras verle por primera vez.

Abbott le sacó de la casa de acogida e ingresó a Jackson en un asilo de Woodstock. Además, le ayudó a recuperar los royalties que su disco había generado desde 1965, que no eran pocos, y logró una pequeña pensión para los últimos años de vida del músico.

La última desgracia de Jackson, poco tiempo después de ser encontrado, es que le pegaron un tiro en un ojo. Ocurrió en un parque y al parecer fueron unos niños que andaban jugando con una pistola, por lo que la agresión fue totalmente casual.

Ciego y con serios problemas psicológicos, en 1995 grabó una maqueta y durante los siguientes años tocó en bares de la zona de Woodstock con asiduidad.

Murió de una neumonía el 3 de marzo de 1999. Tenía 56 años. Descanse en paz, Jackson C. Frank.