FlyLo, el final del verano

Descendiente de familia de músicos (su abuela era cantautora y su tía abuela se casó con John Coltrane, ahí es nada), veinteañero y amigo de Thom Yorke (como se puede comprobar en el vídeo ahí arriba) Steven Ellison me ha dado muchas alegrías este verano. Más en concreto, 17 alegrías contenidas en su disco ‘Los Ángeles’, publicado bajo el nombre por el que todos le conocen: Flying Lotus (Flylo para los amigos). Lo publicó en 2008, pero este agosto sonaba igual de bien en Madrid que en León que en Pamplona. Y eso que se hizo en California.

Con solo 24 años y quizás por ese motivo, FlyLo fabricó un artefacto sonoro explosivo, descarado y extraño. Se atrevió a tanto que cuesta encasillarlo: ¿es hip hop? ¿Es soul futurista? ¿Es electrónica experimental? ¿Es ambient concreto? ¿Es folktrónica psicodélica? Quizás todo eso y nada de eso: si lo intentas encerrar en el puño, te abrasas.

‘Los Ángeles’ exige inmersión, nada de largos a crol. En el descenso, sintetizadores abisales, ruidos esquivos, capas sonoras siderales, bajos voluptuosos, coros robóticos y ritmos almohadillados. Si eso es ‘Los Ángeles’, no parece el mejor sitio para vivir, pero sí para recorrerlo de noche, en coche, con los seguros de las puertas cerrados.

Amante del minimalismo, de los sintetizadores y los ruiditos, FlyLo es un manitas de la electrónica. Escrupuloso y metódico, funde ritmos y empasta capas sonoras con un gusto infinito. Además, pese a lo que las descripciones anteriores pudieran hacer sospechar, se aleja de la frialdad matemática de grades popes de las maquinitas obsesionados por la materia gris y conecta con el pálpito visceral de la emoción sanguínea a base de coros soul, percusiones tribales y algún ritmo sudoroso. Ahí están ‘Camel’ o ‘Melt!’ para atestiguarlo.

Comparte con su amigo Gonjasufi, que aparece en el álbum poniendo voz a la espectral ‘Testament’, la excentricidad psicodélica y el regusto ‘vintage’ que retrotrae la imaginación a leyendas como Silver Apples. Sus ecos se oyen en ‘Riot’ y ‘Golden Diva’, en la que funde el ambient y el hip hop con una argamasa de texturas crujientes y porosas sin fondo. Tiras dentro una piedra y no escuchas el golpe al caer.

El sonido es maleable, de plastilina: se retuerce sobre sí mismo y da lugar a nuevas formas, espectros inesperados que van entrando y saliendo de la canción sin que te enteres. Escuchad la fulgurante ‘Parisian goldfish’ para entender lo que digo.

Su capacidad de sorpresa y de captar la atención permanece intacta durante las 17 canciones de un disco que no se hace lago y que tiene un extraño poder adictivo. Quizás el misterio reside en que se trata de temas cortos que no repiten patrones y que encierran una suerte de espíritu pop, sólo perceptible tras varias escuchas.

Esto es riqueza. Si se entera Merkel igual le despluma.