Elisa Serna

UN AÑO NUEVO CLAREA

 

Primavera, cerezos del Valle del Jerte

 

 

Dicen que las cosas se repiten a nuestro alrededor hasta que aprendemos la enseñanza que nos quieren dar. Los años nuevos vuelven con ellas, otra vez, cada 1 de Enero, en Occidente y Latinoamérica, solo para las sociedades, ciudadanías y creyentes que nos regimos por el calendario gregoriano. Otras comunidades conviven entre nosotros que van por el año cinco mil y pico. Son los judíos, los israelitas. Los mahometanos van por el año mil quinientos y otro pico. Parecería que aquellas llamadas Tres Culturas, de la Al-andulus medieval, siguen rigiéndose en España por sus propios fueros, normas, fiestas y calendarios en nuestros días, si bién se integran armoniosamente en nuestro sistema democrático. Otro tanto sucede con los chinos, orientales, o hindúes con los que convivimos en paz también.

Dentro de esa relatividad temporal, nos esponjamos esta noche, llenos de confianza, como cuando eramos niños, cenando con nuestras familia, vecinos o amigos, porque al hacerlo expresamos nuestro deseo de atravesar el nuevo año contando con el calor y el apoyo psicologico que nos regalan cariñosos y que nos hará flotar sobre las cuatro estaciones que atravesaremos, como bailando un interminable vals, el Danubio Azul, alrededor del Sol.

Verano, desembocadura del Miño, Galicia

Son días en que hacemos recuento, arqueo, balance de todo lo vivido, estudiado y trabajado . Dias en que quisieramos sacarle un mayor aprovechamiento a nuestro tiempo y adoptar buenas costumbres, ganar en creatividad, saberes y civismo.

Subidos en esta bola, la Tierra, hemos dado ya tantas vueltas al Sol, como años tenemos y el cuenta-kilometros no tiene marcha atrás. Con nuestros afanes para el futuro y nuestros hechos e historia en la mochila, cada Nochevieja me acerco a la chimenea, esparzo mi equipaje, en el suelo y al fuego le pregunto cual de mis sueños, de mis proyectos y utopías debo seguir alimentando, cuales debo apartar.

Otoño, Retiro, Madrid

Me pasaría horas mirando el fuego y estoy segura de extasiarme con el mismo arrobo que nuestros antepasados de Atapuerca. Algo de hipnótico tiene. Y esa vuelta al origen me sigue llevando a la conclusión, año tras año, de que como canta Pablo Milanés la vida no vale nada, si no es para aumentar nuestro humanismo, nuestra lealtad a cuantos amamos, para impulsar con otros, la utopía de llegar a vivir la revolución para hoy,  en un mundo fraternal, donde todos tengan lo necesario para vivir dignamente.

Un mundo en paz, desarmado, sin guerras, donde cuidar de este planeta en el que viajamos alrededor del Sol, sea un imperativo ético, para dejar a las siguientes generaciones, lo más intacto posible, el tesoro inacabable de las maravillas naturales que contiene y toda su sabiduría.

Que el nuevo año que clarea, les conduzca a la felicidad.

Invierno, iglú esquimal

Madrid, 31 Diciembre, 2009  05:05 h