El mapa del mundo

El orgullo patriótico es un mal consejero

Con vistas a futuras reducciones de la burocracia, los Gobiernos latinoamericanos podrían prescindir de sus ministros de Exteriores. O hacer que los ministros de Defensa se ocupen de la diplomacia. A fin de cuentas, las relaciones entre los países tienen más que ver con el humor con que se levantan sus presidentes y las rencillas personales que con aspectos políticos de más calado.

Colombianos y venezolanos deben de estar preguntándose qué ha ocurrido para que dos dirigentes que se habían estado tratando con respeto, a pesar de sus evidentes diferencias ideológicas, se hayan citado ahora a un duelo. Chávez es un insurgente demagogo, según Uribe. El colombiano es un sicario de EEUU, según el venezolano. ¿Acaban de descubrirlo o querían mantener el secreto por un tiempo?

Las rivalidades entre naciones existen tanto allí como en Europa. La diferencia estriba en que los presidentes de América Latina suelen ser los primeros en hinchar el pecho, elevar el dedo y mentar a la madre del adversario.

En Europa resulta impensable que dos países rompan relaciones diplomáticas. En América, esa posibilidad siempre existe. Cuando llega el momento de enarbolar la bandera del orgullo nacional, no hay historia común, relaciones comerciales o intereses mutuos que puedan interponerse.

Los dirigentes latinoamericanos no son conscientes de que sin unidad todo el continente seguirá jugando un papel secundario en el mundo. Por favor, tengan conversaciones francas y directas. Los usos diplomáticos permiten pegarse patadas por debajo de la mesa, siempre que a la salida todos pongan en su cara una sonrisa de circunstancias.

Iñigo Sáenz de Ugarte