El mapa del mundo

Blair tenía las ideas más claras

Durante muchos años, Gordon Brown tenía que aguantarse y esperar a que llegara su momento, el momento de heredar a su gran rival interno Tony Blair al frente del Partido Laborista y del Gobierno británico. Según la leyenda, Blair y Brown habían pactado el relevo en una famosa cena en el barrio de Islington. Al ver que el carismático pero desgastado líder no se movía, Brown y sus seguidores empezaron a conspirar y hacerle la vida imposible hasta que finalmente lograron que Blair
tirara la toalla hace un año.

Ante el continuo deterioro de los laboristas en las encuestas, que se achacaba a la imagen del primer ministro, muy dañada por la decisión impopular de la guerra de Irak, no sólo los seguidores de Brown pensaban que con un cambio de líder mejoraría la suerte
del partido.

Se equivocaron: desde que el sesudo escocés se hizo con el control del Gobierno, las cosas han ido a peor. Brown, carente del enorme carisma de su antecesor, confió su imagen a la experiencia probada de los largos años al frente de las Finanzas del Reino Unido y que vieron una fase de crecimiento económico sin comparación. Frente al marketing político de Blair, Brown se presentó como un gestor sólido.

Pero esta imagen empezó a desmoronarse muy pronto. Brown dio señales de inseguridad. En otoño, insinuó que podría adelantar las elecciones, solo para echarse atrás cuando el líder de la oposición aceptó el guante. Siguieron más vaivenes, como la revisión humillante de una reforma fiscal.

Blair, a cambio, nunca mostró dudas. Muchas de sus decisiones fueron polémicas, sobre todo Irak, pero tenía las ideas bastante claras. Aunque le cayera mal a muchos británicos, su liderazgo le mantenía por encima de los actuales niveles de popularidad de un Brown que no encuentra su rumbo.

Thilo Schäfer