El mapa del mundo

Armas de confabulación masiva

José Manuel Vivanco, director de la sección americana de Human Rights Watch, declaraba ayer que su expulsión de Venezuela es una táctica para distraer la atención. Lo es, como en tantas ocasiones. Y este caso resulta especialmente clarificador, para aquellos que aún lo necesiten, porque Chávez ha trazado la frontera de su concepto de la libertad: todo es válido mientras no se critique al régimen. Pero sus adeptos pueden estar tranquilos; como ha dicho Carlos Escarrá, diputado oficialista, la expulsión de HRW es justa porque se ajusta a la Constitución bolivariana.

Poco después de que se conociera la noticia, un lector de Público establecía una comparación interesante entre el presidente venezolano y su contraparte necesaria, George Bush. En su opinión, el segundo cimentó su mandato en la búsqueda de las famosas e inexistentes armas de destrucción masiva y el primero lo ha hecho a partir de la confabulación. También es cierto. Si alguien se tomara la molestia de contar el número de conspiraciones, intrigas e intentos de golpes de Estado perfectamente falsos que se han denunciado desde las alturas o los bajíos del régimen, descubriría que casi salen a uno por mes. Es el cuento del lobo sin lobo. La historia de un hombre que quiere sustituir a Fidel Castro en el imaginario latinoamericano.

Desde el punto de vista internacional, los enfados de Chávez no tienen consecuencias más graves que las propias de una farsa, en el sentido literal de pieza cómica; a fin de cuentas, el margen de maniobra de Venezuela equivale al producto que vende, petróleo. Pero si habláramos de la izquierda, la cuestión sería diferente. Los  sectores que dentro y fuera de América se han asociado al neocaudillismo se están cavando la tumba. Y hacen bien. Como reza el dicho, lo viejo debe morir para que nazca lo nuevo.

Jesús Gómez