El mapa del mundo

"Un tirano singular que no controla las urnas"

La inmensa mayoría de los analistas coincide, al interpretar el resultado de las elecciones regionales en Venezuela, en que Hugo Chávez ha recibido un castigo. Al menos, en las ciudades. Argumentan, con fundamento, que la oposición ha ganado las dos gobernaciones más importantes y la influyente alcaldía de Caracas. El aluvión de artículos jubilosos sobre el supuesto o real revés de Chávez soslaya, sin embargo, un interrogante: ¿Cómo es posible que a un autócrata, antidemócrata y aprendiz de dictador –como los periodistas del establishment califican al mandatario venezolano– le vaya mal en unos comicios?

El dictador chileno Pinochet perdió, en 1988, un referéndum sobre su continuidad en el poder. Bajo una fuerte presión internacional y en un nuevo contexto mundial marcado por el fin de la Guerra Fría, no tuvo otra opción que aceptar el resultado. Eso sí, al igual que su amigo español, procuró dejarlo todo atado y bien atado, en particular la fortuna personal que amasó durante su abnegado servicio a la patria. Pero esa no es la norma. Lo habitual es que los déspotas arrasen en las elecciones, porque su control omnímodo de los resortes del poder les garantiza la victoria.

Incluso presidentes que gozan o han gozado de credenciales democráticas, como hoy el colombiano Uribe o ayer el peruano Fujimori, se han asegurado reformas constitucionales para mantenerse en el sillón. En ambos casos, el proceso estuvo acompañado de actos de coacción y violencia contra los opositores. Chávez, en cambio, perdió hace un año un referéndum para reformar la Constitución de su país con el fin de eliminar los impedimentos para presentarse candidato a futuras reelecciones. Y, de momento, ha acatado el resultado.

Chávez gustará a unos y disgustará a otros, pero está aceptando el juego de la democracia. Cierto: en su biografía tiene un intento de golpe de Estado, pero se redimió y llegó al poder por la vía legítima. Ello no impidió que, en 2002, ya como presidente, sufriera una intentona golpista, finalmente frustrada, que fue legitimada de inmediato por los Gobiernos de Aznar y Bush, y por la prensa española.

Con el precio del petróleo a la baja, Chávez tendrá dificultades para mantener su popularidad y entonces, como algunos esperan ansiosos, se pondrá a prueba su compromiso con la democracia. Pero ahora, por respeto a la misma democracia, hay que admitir su legitimidad y dejarlo trabajar.

Marcos Schwartz