El mapa del mundo

Un primer pasito hacia un mundo mejor

THILO SCHÄFER

Los gobiernos de 120 países se felicitaron ayer por haber ratificado su rechazo contundente a las bombas de racimo. Bienvenido sea el nuevo tratado ya que se trata de un tipo de armamento particularmente repugnante porque golpea de forma desproporcionada a la población civil, incluso mucho después de que los conflictos hayan acabado. Pero el acuerdo no dejará de ser un brindis al sol hasta que se sumen los mayores fabricantes de estos artefactos, sobre todo EEUU, Rusia y China.

Es más, las bombas de racimo, por muy brutal que sean, representan sólo una pequeña parte del incalculable arsenal de armas convencionales que matan a decenas de miles de personas inocentes en todo el mundo año tras año. Se trata de un mercado cada vez más globalizado y difícil de controlar. Pero hay que intentarlo por lo menos.

Desde el final de la Primera Guerra Mundial, la comunidad internacional ha intentado ponerse de acuerdo sobre un mecanismo de control del tráfico de armas. Aunque en el seno de la ONU parece que hay cierta unanimidad de que el tema merece una solución, hay gobiernos que pisan el freno. Y no sorprende que sean, otra vez, los principales fabricantes. Rusia y China no muestran escrúpulos a la hora de vender su armamento a quiénes quieran.

No obstante, EEUU, el mayor comerciante con una cuota mundial de alrededor del 40%, tiene la obligación moral de liderar la iniciativa de restringir este negocio mortal. Pero Washington ni siquiera cumple siempre con sus propios estándares para vender armas, como denuncia Amnistía Internacional.

Y entra Obama y el mensaje del cambio. Por desgracia, hemos visto cómo el presidente electo ha ido descafeinando su actitud crítica con la venta de armas en EEUU. Queda por ver si, al final, también acaba plegándose ante la poderosa industria militar de su país.