Opinion · El mapa del mundo

En Guantánamo se juzgará a Obama

CARLOS ENRIQUE BAYO

Guantánamo es sin duda “uno de los capítulos más tristes de la Historia de América”. Esas son palabras de Barack Obama. Lo que no ha dicho el presidente electo de EEUU es cómo y cuándo piensa cumplir su palabra de que cerrará el ignominioso centro de detención ilegal de la base militar estadounidense en Cuba.
Es también triste que la deriva de Obama hacia el centro político norteamericano (situado bastante a la derecha, cuando se mira desde el espectro europeo) haya comenzado mucho antes de que ocupe el Despacho Oval. Para empezar, ha matizado su compromiso de poner fin a la guerra de Irak, al aducir que tendrá que mantener indefinidamente a miles de soldados en ese país “para entrenar al Ejército iraquí y proteger a los ciudadanos estadounidenses allí”.
Además, es preocupante que el que tiene que poner en práctica esas dos medidas básicas para restaurar el prestigio internacional de EEUU (el cierre de Guantánamo y la retirada de Irak) es el mismo secretario de Defensa que George Bush escogió para redondear su mandato.
Robert Gates ha advertido que, antes de clausurar el campo de prisioneros, el Congreso tendrá que aprobar legislación específica para que los reos no abusen de sus derechos fundamentales en cuanto los recuperen. Sobre todo, dijo, es preciso impedir que puedan pedir asilo político en Estados Unidos –una vez sean liberados de años de injusto y cruel cautiverio– alegando que sufrirían [más] torturas si fueran deportados a sus países de origen.
En realidad, ese problema ya es acuciante para el Pentágono, puesto que en Guantánamo siguen presos en estos momentos más de una docena de uigures –chinos musulmanes capturados junto a la frontera afgana– que han sido declarados inocentes de terrorismo por la propia comisión militar de la base. Resulta que no se les pone en libertad porque en China sufrirían persecución política y ningún otro país está dispuesto a acogerlos. En consecuencia, un magistrado norteamericano ha dictaminado que deben ser liberados en territorio de EEUU. Pero la Administración de Bush ha apelado esa sentencia y los mantiene encarcelados.
Es decir, hay que tenerlos presos en Guantánamo, sabiéndoles inocentes, porque de lo contrario caerían en poder de un sistema judicial (el chino) opaco y arbitrario, que mantiene secretas las acusaciones y celebra los juicios a puerta cerrada, y que impide una adecuada defensa de los encausados. Es decir, exactamente igual que el que ha puesto en práctica
Washington en Guantánamo.
De hecho, Bush escogió esa base militar en territorio cubano para “intentar crear un lugar que estuviera fuera de la jurisdicción tanto de Estados Unidos como de la legislación internacional… Una zona muerta legal”, explica el profesor Andrew Nathan, de la Universidad Columbia.
Otro ejemplo incómodo para Obama es el de Khalid Sheikh Mohammed, supuesto autor intelectual del 11-S cuya confesión se arrancó bajo la tortura del waterboarding (sumergir una y otra vez la cabeza de la víctima en agua hasta segundos antes de la asfixia). La CIA ha admitido que sus agentes lo sometieron a ese tormento, así que, si se cierra Guantánamo y Mohammed puede apelar ante la justicia ordinaria, es más que probable que sea revocada su inminente y segura condena por un consejo de guerra de la base.
El entorno de Obama arguye ahora que algunos problemas legales de Guantánamo son muy difíciles de resolver. Pues claro. Al fin y al cabo, el fiscal general que él ha designado, Eric Holder, defendió tras el 11-S la política de Bush en Guantánamo. El próximo ministro de Justicia de EEUU argumentó entonces que esos prisioneros no debían gozar de los derechos establecidos por la Convención de Ginebra y que debían permanecer presos “hasta que termine la guerra” contra el terror. O sea, para siempre.
Holder dice hoy ser partidario de cerrar Guantánamo. ¿Hemos de creerle? Mejor dicho, ¿podemos fiarnos de Obama?