Opinion · El mapa del mundo

Obama será el presidente más ‘chino’

CARLOS ENRIQUE BAYO

En un viaje reciente a Pekín, Ken Lieberthal quedó sorprendido al descubrir que muchos chinos –no sólo gente corriente, sino también altos cargos del Gobierno– están convencidos de que Estados Unidos ha desencadenado premeditadamente la crisis financiera global con el fin de socavar el hasta ahora fenomenal crecimiento económico de China.
Lieberthal conoce bien el tema, puesto que fue el especialista en Asia del Consejo de Seguridad Nacional de Bill Clinton. En este año 2008, empezó asesorando a la candidata (y próxima secretaria de Estado) Hillary Clinton y ha acabado como uno de los consejeros de Barack Obama en sinología. Por descontado, no el único ni el principal, ya que el presidente electo será el más chino de todos los inquilinos de la Casa Blanca. Sobre todo en el terreno económico, claro.
Timothy Geithner, designado para dirigir el Tesoro, incluso habla chino mandarín, tras haber vivido en Pekín. Y no es el único sinoparlante del equipo de Obama. Jeffrey Barder, por ejemplo, lleva 27 años estudiando al gigante asiático, desde su comercio hasta las tensiones militares de su entorno, y también habla mandarín.
Aun así, Obama es consciente de que todavía ignoramos más de lo que sabemos sobre China. Al fin y al cabo, el mandarín (putongwá es su nombre verdadero) es el más simple de los dialectos chinos, con menos de la mitad de entonaciones que el mucho más culto y complejo cantonés.
Este mes se cumplen justo 30 años desde que Jimmy Carter iniciara negociaciones secretas con una China aislada y empobrecida, sólo grande en superpoblación, para establecer relaciones diplomáticas plenas entre los dos colosos del siglo XXI. Todos sus sucesores llegaron al Despacho Oval recelosos del Imperio del Medio, al que fustigaron verbalmente por su escalada militar, su espionaje, sus violaciones de derechos humanos y sus amenazas a Taiwán… hasta que se vieron forzados a colaborar con Pekín por imperativos de intereses comunes.
Obama será el primero que se traslade al 1.600 de Pennsylvania Avenue en un clima de abierta colaboración transpacífica, aunque sea una vez más por causa de fuerza mayor. El poderío económico de China (cuarta potencia industrial del mundo) y la inmensa riqueza que ha acumulado en muchos años de superávit comercial exterior (unas reservas de divisas que se estiman en casi dos billones de dólares) son ahora imprescindibles para rescatar el sistema financiero global del crash al que lo han abocado los excesos neoliberales del American way of banking de Alan Greenspan, hoy caído de su pedestal.
Además, hoy es inconcebible afrontar cualquiera de las crisis geopolíticas internacionales, de Corea del Norte a Irán, pasando por el cambio climático, sin contar con Pekín.
Pero el Gobierno chino también tiene las manos atadas. Su prosperidad depende de la salud económica de EEUU, como demuestra el que sus exportaciones se hayan reducido por primera vez en siete años, como consecuencia de la recesión de Bush, y necesita un Wall Street fuerte para tener un refugio en el que invertir su inmensa acumulación de capital.
Como dice Susan Shirk, ex subsecretaria de Estado para Asia Oriental y otra asesora tanto de Obama como de Hillary, las bancarrotas y los despidos masivos simultáneos en Michigan y Guangdong “nos muestran vívidamente cuán interdependientes son ahora nuestros dos países”.
Esas eran las buenas noticias. Las malas son que Rusia arde de rabia y celos por el nuevo idilio sino-americano y seremos los europeos los que suframos los zarpazos del oso enfurecido por la infidelidad del águila y el dragón. El Kremlin no sólo resucita modos y usos de Guerra Fría, sino que se ha lanzado a la reconquista de su imperio perdido.
Moscú intenta resarcirse en Europa de sus retrocesos en el resto del planeta, por lo que lanzará una y mil Lukoils para apropiarse de las redes de distribución energética en la UE. Así pretende ganar, levantando un monopolio continental, la ancestral pugna por la hegemonía europea.