Opinion · El mapa del mundo

Los peores hombres del año

La revista Time ha elegido a Barack Obama como su personaje del año en una de esas decisiones que justifican que los directivos de los medios de comunicación cobren sueldos millonarios. Los imagino sudando copiosamente antes de dar su veredicto definitivo.

En realidad, la historia del año no es otra que la crisis económica y sus responsables son las personas que nos han cambiado la vida. El único inconveniente es encontrar a alguien que simbolice el fin de la era de la avaricia. Aquí hay unos cuantos candidatos.

Henry Paulson
El secretario del Tesoro de EEUU quedó en la lista de finalistas de Time. Y con razones de peso. El ex presidente de Goldman Sachs era uno de los pocos amos del universo con corazón suficiente como para prestarlo durante un tiempo al servicio público. Qué afortunados hemos sido.

Cuando comenzó a desmoronarse la Santa Sede de Wall Street, dejó caer una de sus órdenes religiosas (la que responde al nombre de Lehman Brothers) por no derrochar el dinero de los contribuyentes. Ante el nuevo precipicio, orquestó un rescate general con 700.000 millones de dólares, sacado ya saben de dónde. Se produjo una tempestad política en Washington y la principal víctima fue John McCain. A partir de ese momento, sus opciones de victoria se redujeron de forma exponencial. El supuesto Batman era sólo una versión algo avejentada de Joker.

Paulson obtuvo el dinero, se gastó la mitad y terminó por descubrir que no estaba sirviendo de mucho. Aún sigue pensando dónde falló todo y esperando a que llegue la gente de Obama para arreglar el estropicio.

Robert Rubin
Si el capitalismo financiero fuera un culto religioso, Rubin habría sido canonizado hace tiempo, y en vida. Las banderas de Wall Street lucieron a media asta cuando dejó de dirigir el Tesoro en tiempos de Clinton. Antes ya se había ocupado de cortar de raíz los intentos de algún subordinado de reforzar los controles de la industria financiera. En Citigroup alentó los mayores riesgos con el fin de maximizar los beneficios. Resultado: amago de quiebra y 20.000 millones de dinero público al rescate del moribundo.

Dick Fuld
El CEO de Lehman tenía el apodo de El Gorila y hablaba a sus empleados como si fuera Atila. «Cada día es una batalla», les decía. «Tenéis que matar al enemigo». Se lanzaron como una horda de hunos enfurecidos sobre el mercado inmobiliario y las hipotecas subprime eran su arma de destrucción masiva. En 2006 un directivo vio venir el cambio de tendencia y lanzó la voz de alarma. «No quieres asumir riesgos», le dijeron en lo que era el peor insulto que se podía escuchar en la empresa. Unos meses después el disidente fue despedido. Nunca hay piedad con los herejes.

Cuando las pérdidas llegaron a 3.900 millones de dólares en un solo trimestre, la luz se apagó. El general Fuld se tragó el orgullo y buscó un salvador. Al final, su única esperanza es que le rescatara el Tesoro. La demolición de su empresa dio inicio a la era económica en la que nos ha tocado vivir.

Rick Wagoner
El consejero delegado de General Motors sabe cómo impresionar a los políticos. Viajó a Washington para pedir al Congreso una ayuda de 10.000 millones de dólares con los que impedir la bancarrota, junto a los directivos de Chrysler y Ford. Wagoner no podía someterse a la indignidad de volar en primera clase pagando unos miserables 837 dólares (585 euros). Voló en el jet privado de la empresa con una factura de 20.000 dólares. Le preguntaron al CEO de Ford si la empresa había hecho sus deberes. Desde luego, respondió, en los últimos tres años hemos despedido a 51.000 trabajadores. Lo que no dijo es que fabrican coches que ahora nadie quiere comprar.

Bernard Madoff
En ciertos ambientes, robar a la clase media está bien visto. De lo contrario, no existirían los bancos. Pero cuando uno de los tuyos te despluma es que ya no se puede caer más bajo. Un mago de las finanzas como Madoff –todos los años entregaba beneficios del 10% a los inversores– resultó ser un trilero como los que engañan a los turistas despistados. La estafa protagonizada por Madoff demuestra que se equivocan los que piden más regulación a los mercados financieros. No debe haber más regulación. Serviría que empezaran a regularlos por primera vez. Eso sí que sería un salto a lo desconocido.

Iñigo Sáenz de Ugarte