Opinion · El mapa del mundo

El lenguaje de la sangre

La guerra es un instrumento más de comunicación en el lenguaje político israelí. Es mucho más efectiva que una ley o una declaración porque a fin de cuentas los muertos casi siempre los ponen los otros. Su valor aumenta de forma exponencial en las campañas electorales. Tzipi Livni y Ehud Barak ya tienen su guerra y en ella han puesto sus esperanzas de cara a las elecciones del 10 de febrero.

Los sondeos y los medios de comunicación dudaban de que Livni pudiera hacer frente a Netanyahu y se burlaban de los patéticos intentos de Barak por sacar la cabeza. Ahora cuentan que las opciones de Kadima pueden mejorar y que los laboristas no están acabados. Nada está escrito ya en las urnas. Todo dependerá del desenlace de la campaña de bombardeos, no del número de muertos que origine sino de las ventajas que Israel aspira a obtener de la matanza.

Además del electorado israelí, el otro destinatario del mensaje pasa estos días unas vacaciones en Hawai. Obama ya sabe cómo se las gastan los israelíes. Si contaba con esperanzas de promover negociaciones de paz u ofrecer algún tipo de diálogo a Irán o Siria, el Gobierno israelí se ha encargado de enterrar sus opciones bajo toneladas de bombas.

Los norteamericanos tienen el derecho de elegir a un joven idealista para la Casa Blanca, pero siempre es Israel quien marca las reglas del juego. Como ha dicho Aaron Miller, experto en el asunto en la época de Clinton, las probabilidades de que Obama pueda implicarse en un proceso de paz entre israelíes y palestinos con garantías de éxito “se han reducido a cero”.

Obama podría ser valiente y negarse a que sean los militares israelíes los que le impongan su política en Oriente Próximo. Los precedentes invitan, sin embargo, al pesimismo. Durante la tregua, para nada perfecta pero real, que acabó hace una semana, no murió ningún israelí por los cohetes lanzados desde Gaza. En teoría, intentar prorrogarla parecía la salida más razonable. Pero ésa no era la prioridad de Livni y Barak.

Lo dijo el periodista israelí Amnon Levy tras la guerra de Líbano en 2006: “Todo el país se vio arrastrado a una fantasía absurda y pidió sangre. Y cuando la gente quiere sangre, el Gobierno se la concede”. Evidentemente, siempre es la sangre de los otros. Y los que mueren son los responsables, nunca los que matan. Así se escribe la política israelí.

Iñigo Sáenz de Ugarte