Opinion · El mapa del mundo

Los talibanes de Texas

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Una derrota electoral abrumadora como la sufrida por el Partido Republicano en EEUU siempre deja a los políticos en estado de shock. Lo peor, sin embargo, viene después cuando los que han mordido el polvo descubren formas diferentes de autolesionarse. Como se suele decir en estos casos, si estás metido en un agujero lo primero que hay que hacer es dejar de cavar.

La derecha norteamericana es incapaz de soltar la pala. Vean el caso de Pete Sessions, congresista de Texas, de dónde si no, y uno de los altos cargos republicanos en la Cámara de Representantes. En un momento en que el país afronta la peor crisis económica en décadas y necesita que sus políticos colaboren para poner en marcha medidas extraordinarias, a Sessions no se le ha ocurrido otra cosa que recomendar a sus correligionarios que adopten la actitud y estrategia de una fuerza insurgente. Como los talibanes, dijo, aunque puntualizó (qué alivio) no con su ideología.

3,6 millones de empleos destruidos desde el inicio de la recesión en diciembre de 2007 exigirían en teoría una respuesta diferente. Cuando en el sector servicios sólo aumentan sus ventas McDonalds y la empresa que hace las sopas Campbell –porque los consumidores empiezan a ahorrar con la comida– está claro que los problemas no se solucionarán con políticas convencionales ni bajando impuestos a los millonarios.

La mayor parte de los congresistas republicanos, opuestos al plan de Obama, prefieren apostar por la ortodoxia. Emulando a Fidel Castro, lo fían todo a la ideología. Que la realidad no se atreva a cuestionar nuestras ideas. Por eso, el nuevo presidente del Comité Nacional Republicano, al día siguiente de ser elegido, afirmó que «en la historia de la humanidad» el Estado nunca ha creado un solo empleo. Los funcionarios de su país se estarán preguntando ahora quién paga entonces sus salarios.

La actual crisis es una guerra que ya está dejando muchos cadáveres a su paso, pero se trata de una guerra sin enemigo, aunque los políticos ventajistas quieran reducirla a eso (sean sus objetivos los banqueros, los inmigrantes o los países extranjeros que hacen productos más baratos). Y lo malo para los republicanos es que ése es un terreno en el que no se mueven con comodidad. No hay una amenaza roja o terrorista que enarbolar para que la gente acepte renunciar a sus derechos. No hay una isla de Iwo Jima en la que clavar la bandera y acallar así las voces críticas.

Algunos de sus apoyos contribuyen a hundirles aún más. En un curioso símil con España, ellos también cuentan con su Jiménez Losantos, aunque el suyo da mucho más miedo. Russ Limbaugh es el rey de los talk shows de la radio con unos trece millones de oyentes. Representa la versión más ultra e intolerante de la derecha de EEUU. Ya alardea de que Obama le tiene más miedo a él que a los congresistas republicanos. Uno de ellos se atrevió a criticarle en público y fue convenientemente castrado, y puede que no en un sentido figurado. La presión fue tal que Phil Gingrey terminó llamando al programa de Limbaugh para pedir perdón y reconocer que sus comentarios habían sido «estúpidos». En las purgas de Stalin los presos se veían obligados a confesiones similares.

Toda esta derechización rampante terminará beneficiando a Obama, que no debe de creer la buena suerte que tiene. El cierre de filas dejará a la derecha con sus votantes fieles (insuficientes para ganar en las urnas), los que creen que en caso de derrota hay que volver a los valores más básicos. Los que pensaban que George Bush no era lo bastante de derechas para su gusto. Existen y no son pocos. Según un sondeo reciente, el 43% de los votantes republicanos cree que su partido había sido demasiado moderado en los últimos ocho años. El 55% sostiene que en el futuro debería comulgar con las ideas de la cavernícola Sarah Palin.

Los talibanes, los de verdad, estarían orgullosos de tener unas bases como éstas.

Iñigo Sáenz de Ugarte