Opinion · El mapa del mundo

La bomba de relojería palestina

Entre los motivos de la radicalización del electorado judío, por la que los partidos ultranacionalistas tienen ahora la llave de la gobernabilidad de Israel, poco se ha dicho del mayor temor que atenaza a los hebreos israelíes y que supone para ellos una imparable bomba de relojería palestina.
Esa bomba de tiempo es el elevadísimo crecimiento demográfico de la población árabe, tanto dentro de las fronteras del Estado judío como en los territorios ocupados, cuya devolución a los palestinos vuelve a quedar postergada indefinidamente con la llegada al poder del derechista Likud, aliado con extremistas como Avigdor Lieberman. Y el meteórico ascenso de este último se debe también en gran parte a que muchas de sus propuestas –como deportar a los árabes, anexionarse el territorio de las colonias ilegales judías y permitir los matrimonios civiles– pretenden atenuar las consecuencias de esa explosión demográfica palestina.
El censo oficial de Israel registra una población de 7,1 millones de habitantes, de los que 5,4 millones son judíos y 1,6 millones, árabes. Pero en realidad, Israel está actualmente asentado en un territorio –incluidas Cisjordania y Gaza– en el que ya viven más palestinos (hoy suman 5,5 millones) que hebreos.
Y lo terrorífico para Israel es que sus expertos calculan que el elevadísimo índice de natalidad árabe (el de Gaza es el más alto del mundo) convertirá rápidamente a los judíos en minoría dentro de su propio Estado, si no renuncia al dominio de los territorios ocupados. Se estima que dentro de sólo once años el número de árabe-israelíes y palestinos ascenderá a 8,5 millones, frente a unos 6,4 millones de judíos en Israel.
Ese inevitable tsunami demográfico es el que hizo que hasta halcones como Ariel Sharon renunciasen a sus sueños bíblicos del Gran Israel entre el Jordán y el Mediterráneo, para apostar por la solución de los dos estados contiguos. Así que la nueva mayoría parlamentaria derechista de Benjamin Netanyahu puede meter a Israel en un callejón sin salida por negarse a aceptar un proceso de paz realista que ha de conducir sin remedio a la creación del Estado palestino.
La última ofensiva militar en Gaza no sólo ha quemado todos los puentes entre Israel y los países árabes moderados que podían mediar en las negociaciones sobre el futuro de Palestina. También ha radicalizado a los propios palestinos, aumentando su apoyo a Hamás –cuando se pretendía todo lo contrario– y debilitando al único interlocutor posible de Tel Aviv, la Autoridad Palestina del presidente en funciones Mahmud Abás.
Así que muchos ideólogos árabes sostienen ahora que los palestinos deberían olvidarse de la solución de los dos estados y esperar a ser mayoría arrolladora en la tierra que ocupa Israel. Al Gobierno israelí sólo le quedaría entonces la opción de establecer un apartheid oficial de los árabes, renunciando a los fundamentos democráticos de su Estado, para mantener el poder judío.
Además, el odio de la población árabe generado por la masacre de Gaza se proyectará hacia el futuro en otra oleada demográfica de consecuencias incalculables. El 45% de los habitantes de la Franja tiene menos de 15 años de edad, niños que han visto morir despedazados por las bombas o quemados por el fósforo blanco a sus padres, hermanos y amigos. Por tanto, la matanza de civiles ha convertido en enemigos acérrimos de los judíos a toda una generación de refugiados que en la próxima década serán jóvenes airados, ansiosos de venganza, en un inmenso campo de concentración donde el paro es del 49%.
En Cisjordania, los palestinos también padecen un infierno de controles, muros y represalias de las fuerzas de seguridad israelíes, que sin duda está produciendo otra juventud frustrada y rabiosa, que dentro de pocos años será mayoritaria frente a los opresores judíos.
Frente a ese polvorín demográfico, la coalición derechista de Netanyahu hace unos planteamientos tan implacables hacia los árabes como suicidas para los judíos israelíes.

Carlos Enrique Bayo