Opinion · El mapa del mundo

La estampida de Nicolas Sarkozy

En una acera de Par?s, durante las elecciones presidenciales pasadas

Quería ser el hiperpresidente, el omnipresidente, el presidente «de todos», el presidente del «poder adquisitivo», el presidente de la «reforma de las instituciones de la V República», el presidente de «la revolución ecológica total», el presidente del «new deal planetario», el presidente del «plan marshall 2 de la Banlieue», el presidente de «las víctimas de la delincuencia», el presidente de «la reducción de déficits». Se llamaba Nicolas Sarkozy y ganó las elecciones presidenciales de Francia el 6 de mayo pasado ¿Se acuerdan de él?

Hace exactamente seis meses Nicolas Sarkozy llegaba al poder a la cabeza de una sociología electoral totalmente inédita, en la que se reunían, por primera vez desde la Liberación y el fin de la ocupación nazi, votos que andaban peleados desde hacía medio siglo. El voto de la derecha republicana gaullista, el de la derecha católica reaccionaria y el de los antirrepublicanos petainistas encontraron por fin una cara en que reunirse.

La mayoría fue abrumadora y Sarkozy supo espolvorearla con unas perlas de «minorías visibles» –Rachida Dati, Fadela Amara y Rama Yade– y trofeos de caza mayor abatidos en el coto del Partido Socialista –Bernard Kouchner, Jean-Pierre Jouyet, Eric Besson.

Instalado en el poder con una mayoría inimaginable para cualquiera de sus predecesores y prácticamente sin oposición parlamentaria, el presidente siguió haciendo anuncios e instalando comisiones. Para seguir prometiendo y prometiendo una maraña de planes que escapa al entendimiento humano, una nebulosa con la que pide a los franceses que sigan creyendo en un futuro mejor, como si la vida fuera una campaña electoral permanente.

La realidad de la tarea cumplida por el Gobierno Sarkozy es más simple y palpable. Un «paquete fiscal» que ha reducido los impuestos a los más ricos, sin que haya relanzado la economía. Una desfiscalización de las horas extra tan compleja que los auditores contables, de momento, recomiendan a los empresarios no aplicarla a sus asalariados. Una ley de presupuestos que no cubre déficits y sí limita derechos y prestaciones sociales. Precios de todo por las nubes y salarios bajos mínimos. Cuotas de extranjeros por expulsar, niños incluidos, y cuotas de extranjeros a importar como mano de obra útil. Centrales nucleares para el Magreb y amenazas altisonantes a ridículos dictadores sahelianos que, de todas formas, se suben a las barbas de Sarkozy Imperator. La imagen de Francia, que muchos pueblos del Sur veían como una amiga, vestida de nuevo de traje colonial.

El presidente ya no es hiperactivo; se ha vuelto intangible, insaisissable, como dicen los franceses. Está en todas partes y en ninguna. Se le cree reunido con pescadores bretones para hablar de fuel-oil, pero ya está en el avión para cenar con Bush. Se encuentra en Yamena pero ya pisa suelo español. Se le imagina concentrado en solucionar una huelga, pero en realidad está divorciándose de su esposa para casarse con Bush y prometer al Congreso norteamericano que no cederá ante los huelguistas que preparan un bloqueo de Francia.

Es la estampida de Nicolas Sarkozy: De momento no es un hiperpresidente, es un presidente evanescente.

Andrés Pérez