El mapa del mundo

La cara oculta de la cumbre

Dicen que las relaciones entre Chávez y Lula son complicadas. A fin de cuentas, ambos compiten con estilos muy distintos por el liderazgo de la izquierda latinoamericana. Pero no consta en ningún lado que el presidente brasileño haya mandado callar a Chávez ni que lo considere un personaje paranoico y peligroso al que sólo se puede tratar a golpe de amenazas. Ése es el tratamiento que recibe el mandatario venezolano en la prensa norteamericana y española en los últimos tiempos, y bien que le gusta eso a Chávez, que así puede presentarse ante sus votantes como alguien cuya importancia trasciende las fronteras del país. Evidentemente, Lula sabe algo que nosotros desconocemos en España.

Hugo Chávez adapta al juego político algunas de las enseñanzas de las artes marciales, sobre todo aquella que recomienda utilizar la fuerza que aplica el adversario para derribarle. Cuanta más presión recibe, más a gusto se siente. Ha labrado toda su carrera política en la idea de que su figura resulta indispensable para hacer frente a los enemigos del pueblo. Gracias al petróleo y a la mala salud de Fidel Castro, ha alcanzado un estatus de símbolo al que no va a renunciar.

Eso incluye a esas piezas de teatro que han dado en llamarse cumbres iberoamericanas. Cuando los presidentes y jefes de Gobierno se reúnen lo primero que toca es ponerse la máscara de la hermandad. Deudas y pendencias quedan en la puerta y sólo se acepta hacer gala de las cosas que nos unen. Si hay malas caras, siempre está a mano el rey para dar unas palmaditas en la espalda y resolver algún entuerto que se resiste. En este contexto, resolver significa aplazar.

La cumbre de Chile demostró que las normas de etiqueta han quedado obsoletas. Aunque la gresca del último día acaparó toda la atención, antes se había producido otro incidente significativo. La mediación española creía haber conseguido que el conflicto que mantienen Argentina y Uruguay sobre la papelera Botnia pasara de largo. Gran error. Los uruguayos dieron una bofetada a todos haciendo saber que la polémica planta contaba ya con todas las bendiciones oficiales. Kirchner tiene mucho genio, pero se lo tragó. Otros no disfrutan de tanta paciencia.

Un grupo de países, encabezado por Venezuela, quiere cambiar el estilo de estas reuniones y aprovechar el eco periodístico que puedan generar. Ya no aceptan que los actos giren en torno a España y al país anfitrión. Si tiene algún sentido mantener este tipo de citas, piensan, es para lanzar un mensaje directo y agresivo que sacuda las conciencias. Están en una batalla ideológica y no renuncian a ningún foro.

El discurso paternalista de la madre patria está amortizado. En un genial chiste de Daniel Paz y Rudi en el diario argentino Página 12, se ve a un asesor que le dice a Chávez: "Parece que la corona española está muy enojada". "¿Por?", pregunta el venezolano. "Pide que le devolvamos todos los espejitos de colores que nos dieron hace 500 años".

Todo el mundo tiene derecho a recuperar agravios anteriores. Es cierto que hay una tradición victimista en América Latina, muy rentable para ganar votos y muy poco efectiva para construir el futuro. También sabemos que hay presidentes que desconocen el significado de la palabra 'vergüenza'. Un caso evidente es el de Daniel Ortega, feroz crítico de las empresas españolas en la cumbre que, tras volver a Nicaragua, pacta con la Iglesia católica para ilegalizar el aborto y condenar a muerte a las mujeres que tendrán que ponerse en manos de un carnicero. Las fuerzas reaccionarias del continente quieren más líderes como Ortega, gente de gesto altivo en las reuniones con España y que agacha la cabeza cuando vuelve a casa.

Resulta mucho más peligroso ignorar el presente. O el pasado no tan lejano. Políticos y periodistas españoles añoran esas cumbres iberoamericanas de hace diez años donde existía ese ambiente de familiaridad. De hecho, un vistazo a la foto oficial te hacía pensar que estabas viendo una cumbre de la Unión Europea. ¿Por qué? Muy sencillo. Todos eran blancos.

Algunos de esos líderes tenían un cartel inmejorable en nuestro país. Y entre todos ellos, pocos destacaban tanto como Carlos Andrés Pérez. En sus visitas a España, era posible oír un clamor: ojalá todos los políticos de allí fueran como Pérez. Socialdemócrata, culto, elegante... lo tenía todo. Mientras aquí nos inclinábamos ante tanta brillantez, en Venezuela la segunda presidencia de CAP administraba un reinado de corrupción, alentado por el petróleo, que provocó tal descrédito hacia la clase política que, cuando irrumpió Chávez, todo un sistema se desmoronó llevándose consigo a los dos partidos que habían gobernado el país durante décadas. Pero como CAP nunca nos amenazó, de eso no nos enteramos.

Acabada la etapa de las dictaduras y las guerras civiles, parecía que el futuro de la región no podía ser mejor. La gente votaba religiosamente cada cuatro años. ¿Qué más podían pedir? Una década más tarde, las encuestas en algunos países revelaban que la gente daba más crediblidad a la televisión que a las instituciones. No se puede caer más bajo.

Las instituciones democráticas han fallado a los latinoamericanos. En muchos de estos países, se han revelado incapaces de reducir la enorme desigualdad que aún perdura. Eso sí que debería preocuparnos. Quizá deberíamos dar más importancia a esa crisis de confianza que a la cuenta de resultados de las multinacionales españolas.

Iñigo Sáenz de Ugarte