El mundo es un volcán

¿Por qué se hunde el régimen sirio?

Sin las gafas de escéptico, incluso de cínico, es imposible entender la evolución de la llamada Primavera Árabe, cuya última y más violenta manifestación es la guerra civil que desangra Siria. Esta ‘primavera' tiene bastante de estallido espontáneo de una población tiranizada y ansiosa de libertad, pero la mayoría, por no decir la totalidad, de los regímenes caídos disfrutaba de esa estabilidad tan grata a las grandes potencias occidentales cuando sus intereses están en juego. El tunecino Ben Alí, el egipcio Mubarak e incluso el libio Gadafi (tras una larga travesía del desierto) no eran precisamente unos apestados, sino unos ‘aliados fiables' a los que se recibía con todos los honores y a los no se quería molestar por un quíteme usted unas carencias democráticas. Se intentaba evitar la incertidumbre, el peor de los climas para los buenos negocios.

Que nadie se llame a engaño. Los tres seguirían en sus tronos, con la anuencia occidental, favoreciendo escandalosamente a sus familiares y amigos, acumulando fortunas de fábula y reprimiendo a cuantos les plantasen cara de no ser porque, en un muy concreto recodo de la historia, cometieron el único pecado que no podían permitirse: demostrar que eran vulnerables. Desde el exterior, se evaluó en cada caso la posibilidad de supervivencia del régimen. Cuando la calculadora dio un resultado claro en contra, los aliados dejaron de serlo, las denuncias de la represión se hicieron cada vez más sonoras y, en el caso libio, se llegó a una insólita y polémica intervención militar de la OTAN.

Si los tiranos estaban condenados más valía alejarse cuanto antes de ellos, abjurar de los abrazos y alfombras rojas del pasado y tomar posiciones con sus sucesores más probables para hacer buenos negocios y establecer sólidas alianzas. Pero si alguna dictadura ‘amiga' podía sobrevivir, como Bahrein (con intervención militar extranjera), Kuwait o Arabia Saudí (que nadan en petróleo), podía estar tranquila. El mismo Estados Unidos tan solemne a la hora de defender la democracia en Libia o ahora en Siria, no sólo no moverá un dedo para implantarla en estos otros países sino que, llegado el caso, en defensa de sus intereses estratégicos y económicos, intentará mantener el ‘status quo'... hasta que el escenario cambie tanto que sea conveniente pactar con quienes quieren cambiarlo, algo de momento muy improbable.

Un dato muy relevante: ni siquiera el triunfo electoral de partidos islamistas, especialmente en Egipto, ha afectado hasta ahora ni lo más mínimo a la seguridad del único régimen con el que EE UU tiene un compromiso que va más allá del interés económico: Israel. Es en ese terreno donde la diplomacia norteamericana maniobra con gran habilidad para defender a su gran aliado estratégico, buscando por ejemplo un  compromiso en el país de los faraones entre el Ejército y los Hermanos Musulmanes que modere a estos últimos y favorezca una estabilidad que permita mantener los acuerdos de paz con el Estado judío. Y todo ello sin que éste deje de desafiar al mundo y al más elemental sentido de la justicia en su gestión del conflicto con los palestinos, cuyos derechos nacionales están hoy más lejos de ser reconocidos que hace 20 años.

Se entiende con lo que antecede por qué el régimen sirio se precipita hacia el colapso. No es porque un dictador corrupto perteneciente a una minoría religiosa se enriquezca escandalosamente en beneficio propio, de su familia, de sus amigos y de sus aliados. Tampoco porque haya convertido en política de Estado machacar a sus enemigos. El motivo fundamental es que puede perder, más aún, que está claro que va a perder, pese a controlar, cada vez más en la teoría que en la práctica, un Ejército de 400.000 soldados y un arsenal que incluye 5.000 tanques y 550 aviones de combate. Para colmo, el régimen de los Asad ha sido durante muchas décadas un apestado, incluido por Washington en el Eje del Mal (junto a otros como el libio o el iraní), y condecorado con la insignia de terrorista que, vaya por donde, en estos casos coincide con una etiqueta más comprensible: antiisraelí.

Una sangría (17.000 muertos ya) que la televisión lleva cada día a los cuartos de estar de todo el mundo, el atentado contra la cúpula militar y de inteligencia, un reguero de deserciones de funcionarios y militares de la mayoría suní, el distanciamiento progresivo de hombres de negocios cristianos que se enriquecieron por un pacto implícito con los Asad, combates cada vez más cerca del palacio presidencial, fronteras con Turquía e Irak no controladas por el régimen... Toda una cascada de reveses que conducirá a una derrota sin paliativos. Sólo es cuestión de tiempo, de si los rebeldes necesitan ayuda exterior oficial (de la otra ya tienen) para dar el empujón final, aunque no debería llegar al extremo de la intervención en Libia, y que debería salvar (o no) la oposición de China y Rusia en la ONU, que tampoco será eterna.

Lo que ocurra luego es difícil de prever, pero apuesto diez contra uno a que ni EE UU ni Israel salen perdiendo con el cambio. Y uno contra diez a que a Irán le ocurre justo lo contrario.