El mundo es un volcán

Assange, el héroe imperfecto

Es muy difícil analizar con distanciamiento y objetividad el caso Assange, hasta tal punto se mezclan en él los elementos políticos y jurídicos, el debate sobre la necesidad y límites de la libertad de expresión, y las motivaciones de instituciones y personajes que, más que entre blanco o negro, se mueven en la difusa gama de grises. Pese a todo, conviene tomar postura, y ésta no puede ser otra que, en lo sustancial, ponerse del lado, aunque con muchos matices, del hacker australiano que ha protagonizado la mayor operación de desenmascaramiento de la hipocresía y los abusos de (sobre todo) Estados Unidos en sus guerras y su acción diplomática.

Más que revelar secretos trascendentales, lo que han hecho los papeles de Wikileaks es poner negro sobre blanco lo que ya era sabido, la evidencia de la miseria y el doble rasero, la adulación y la sumisión incondicional al imperio de muchos gobiernos y dirigentes políticos. No es de extrañar por ello que Assange haya levantado tantas ronchas y se haya ganado tantos enemigos, hasta el punto de convertirse en un apestado, repudiado en su propio país y tan temeroso de su seguridad que no ha visto otra vía de escape que refugiarse en la embajada londinense de un país como Ecuador, miembro del llamado ‘eje bolivariano’ y, al menos en teoría, capaz en su populismo de enfrentarse a la presión del imperio.

Sin embargo, no hay que olvidar, ni mucho menos considerar irrelevante, que Assange es acusado en Suecia de "violación, abusos sexuales y coacción" (delitos comunes, no políticos) que, aunque muy difíciles de sustanciar y de ser probados, complican su situación, más allá de cómo se resuelvan ante un tribunal, y le convierten para buena parte de la opinión pública en una mezcla de héroe y villano o, cuando menos, en un ‘héroe imperfecto’, categoría con numerosos precedentes históricos.

Uno de los más notables fue Roger Casement, que denunció el colonialismo asesino en Perú y, sobre todo, en un Congo que Leopoldo, rey de los belgas, convirtió en su finca privada para la explotación intensiva del caucho, al precio de millones de torturados, mutilados y asesinados. Este ‘apóstol de las víctimas’, militante de la causa independentista irlandesa, terminó sus días en una horca inglesa, como reo de alta traición y víctima de una campaña de desprestigio que se nutrió de unos diarios personales escandalosos en los que recogía numerosas experiencias homosexuales con menores de edad.

Mario Vargas Llosa, en El sueño del celta, novela la vida aventurera de Casement y le presenta como uno de esos ‘héroes imperfectos’. Por ello, y a pesar de que presenta una extensa batería de razones, sorprende que el Nobel peruano se haya posicionado de forma tan clara en contra de Assange, hasta el punto de escribir, ya en 2011, que más que favorecer el "sueño utópico y anarquista de la transparencia total", la difusión de los ‘papeles’ afecta "brutalmente" a la necesaria confidencialidad de las comunicaciones diplomáticas. Según él, eso puede provocar una reacción en sociedades abiertas que termine limitando la libertad de expresión.

El escritor defiende una cosa y la contraria, y es un ejemplo de la contaminación que desnaturaliza y confunde un caso en el que hay demasiadas preguntas sin respuestas claras: ¿Por qué se pone en duda la intención última de un país hasta no hace mucho paradigma de reputación intachable, al solicitar la extradición? ¿Por qué se especula tanto con que Suecia sería tan sólo una estación de paso hacia EE UU, donde Assange se enfrentaría con gran probabilidad a la cadena perpetua e incluso la pena capital? ¿Por qué Washington no solicitó la extradición de su gran aliado británico cuando éste tenía encarcelado o controlado al hacker? ¿Por qué ahora se toma Londres tan a pecho el asunto que incluso amenaza con una irrupción violenta en la embajada ecuatoriana para prenderle? ¿Por qué lo ha acogido Ecuador arriesgándose a represalias económicas y políticas norteamericanas? ¿Por qué ha aceptado Baltasar Garzón la defensa del asilado sabiendo que, inmediatamente, y sin entrar en las enormes diferencias entre los dos casos, se le iba a acusar de doble rasero por luchar para impedir la extradición de Assange cuando en su día batalló por lograr la de Pinochet? Y, retorciendo el argumento: ¿Por qué el Reino Unido muestra ahora una posición diferente de la de entonces con el dictador chileno?

Suecia exigiría el compromiso de que Assange no fuera condenado a la pena de muerte en Estados Unidos, pero esa prevención ya apunta a que podría conceder la extradición, lo que carga de razón al hacker en su búsqueda de refugio en la embajada ecuatoriana. Aún así, por muy convencido que se esté de la transcendencia de la publicación de los papeles de Wikileaks, y por muchas dudas que rodeen las acusaciones de delitos sexuales contra su director, no puede negarse el derecho de las autoridades suecas a juzgarle por ellas, y no sería de recibo dar por sentado que no será tratado con justicia. Si es culpable, que purgue su pena, pero si es inocente, se le debe garantizar no solo la libertad sino el derecho a permanecer en el país sin riesgo de terminar en una cárcel de alta seguridad en EE UU, a la espera de un juicio por revelación de secretos (un delito capital allí) sobre cuyo veredicto cabe abrigar pocas dudas. Suecia está moralmente obligada a no ceder ante Washington, aunque solo sea por mantener parte del prestigio que, no hace tanto, la convirtió en uno de los grandes paradigmas de las libertades individuales y sociales.

El presidente de Ecuador, Rafael Correa, no es precisamente un gran defensor de la libertad de expresión, como demuestra su persecución contra los medios comunicación que combaten su política, a falta de una oposición fuerte y organizada. Eso puede alentar dudas sobre sus motivos, y sobre lo que espera conseguir metiéndose en este embrollo, pero no tanto sobre sus argumentos al conceder refugio a Assange, asumiendo como legítimo la convicción de éste de que sufre una persecución política por defender la transparencia y la denuncia de los abusos de los poderosos.

Por desgracia, y a despecho de la teórica independencia judicial en países democráticos como Estados Unidos, Suecia y el Reino Unido, la existencia de ‘intereses superiores’, sobre todo en el imperio, y la capacidad de presión de éste sobre sus aliados, impiden que Assange tenga la garantía total e indiscutible de que será tratado con justicia o de que, llegado el caso, no se le aplicará una ‘justicia’ a la medida de los intereses norteamericanos, como la que, en la estela de los atentados del 11-S, ha permitido la vergüenza de Guantánamo.

Por encima de todo, sea cual sea la evolución del caso o la suerte de Assange si termina ante los tribunales, nada debería empañar la trascendental importancia de la difusión de los papeles de Wikileaks, que ha desenmascarado numerosos abusos en las guerras de EE UU y unas prácticas diplomáticas que dan por sentado que todo vale y que se puede presionar sin límites incluso a los Gobiernos aliados o no suficientemente dóciles. Eso hace merecedor al fundador de la web, como a Roger Casement, del título de héroe, aunque sea como él un héroe imperfecto.