El mundo es un volcán

Tres son multitud en el mar de China Oriental

En el mar de China Oriental, dos no son compañía, sino un riesgo claro de conflicto, pero tres son ya multitud, lo que calienta el diferendo por un puñado de islas deshabitadas que se disputan Tokio y Pekín, y cuyas aguas circundantes son ricas en petróleo y pesca. La implicación indirecta de Estados Unidos, por mucho que su diplomacia pretenda ejercer un papel mediador que evite que la sangre llegue al mar, sitúa el contencioso en el contexto de la lucha por la hegemonía global que, cada vez de forma menos encubierta, libran ya la superpotencia americana, aún predominante, y la asiática, que reclama el derecho a tomar el relevo.

La escalada de tensión por la soberanía de las islas que Japón administra y llama Senkaku, y China reclama y denomina Diaoyu, no debería, en principio, provocar una confrontación directa entre la tercera y la segunda economías del planeta, emergente y ascendente la primera, en pleno esfuerzo la segunda por superar la peor recesión de su historia reciente. Como en ocasiones anteriores, esta crisis, que ha supuesto la mayor oleada de protestas antijaponesas en China de los últimos años, se desactiva al ritmo marcado por Pekín, tras acabar la tolerancia de las autoridades hacia los manifestantes, que se han echado a la calle en más de 20 ciudades.

El punto de máxima tensión se alcanzó el pasado martes, cuando se conmemoraba el 81º aniversario de la invasión japonesa de Manchuria, marcada como una afrenta histórica en la conciencia colectiva de todos los chinos. La oleada de protestas se alimenta con el resquemor y el odio a lo japonés que se remonta a las atrocidades cometidas a partir de entonces, y de manera muy señalada la matanza de Nanjing de finales de 1937 y comienzos de 1938, cuando fueron asesinados centenares de miles de civiles inocentes. China ni olvida ni perdona aquel horror.

El despertar del viejo conflicto se ha producido a causa de la compra por parte nipona (por unos 20 millones de euros), de las únicas tres islas que todavía eran de propiedad privada. Y no necesariamente, como pretende Pekín, para reafirmar la soberanía sobre ellas, sino, si el Gobierno japonés no miente, para evitar males peores. Shintaro Ishihara, el nacionalista gobernador de Tokio y padre de Noboteru Ishihara, líder de la oposición al primer ministro Yoshihiko Noda, pretendía adquirir mediante suscripción popular las islas de la discordia con la intención de colonizarlas, lo que habría suscitado la cólera de China. Pero ésta no entiende estas razones, denuncia que Tokio ha alterado gravemente el  ‘status quo’ y ha reaccionado con virulencia ante la "provocación", espoleada por incidentes como el desembarco de dos civiles japoneses en uno de los islotes.

China es el principal socio comercial de Japón, y éste es el tercero de China, lo que evidencia que ambos países tienen vitales intereses materiales que peligrarían en caso de confrontación directa. Pekín ha esgrimido estos días el arma económica, por ejemplo con la amenaza de boicoteo a los productos japoneses, pero ha sido más un amago que una amenaza creíble. Aún así, ha bastado para que Ángel Gurría, secretario general de la OCDE advirtiera del peligro de que un conflicto como éste afecte a la difícil recuperación de la economía mundial.

Pekín, pese a marcar su impronta reivindicativa con el envío de numerosos navíos a la zona en litigio, ha tenido mucho cuidado en graduar su respuesta y limitarla al nivel de patrulleras de vigilancia, y no de buques de guerra. Tampoco Japón, que se reafirma en su posición, ha ido más allá de levantar una especie de ‘muro’ con decenas de barcos de la guardia costera para impedir la infiltración de pesqueros chinos.

Con todo, este enésimo episodio de un viejo conflicto no puede darse aún por totalmente superado. Persiste aún el riesgo de que se produzca un incidente grave. Hace dos años, en esas mismas conflictivas aguas, un pesquero chino colisionó con dos patrulleras niponas. Aquella crisis se saldó sin ganador ni perdedor, gracias a la mano izquierda de ambas partes, pero si ahora ocurriese algo similar, no sería tan fácil de gestionar, habida cuenta de la histeria generada en ambos países, que ilustra la cadena de protestas populares y de amenazas y ataques contra intereses japoneses en China que afectan a multinacionales como Panasonic, Toyota o Canon.

Desde el punto de vista jurídico, la situación de las islas dista mucho de estar clara, y sus raíces se hunden en la historia. El archipiélago, mucho más cercano a la costa de China que a la de Japón, pasó en 1895 a soberanía nipona, junto a Taiwan (que hoy también lo reclama), prácticamente como botín de guerra, y quedó bajo control norteamericano tras la derrota del Imperio del Sol Naciente en 1945. Estados Unidos se las ‘devolvió’ a Japón en 1972, y las incluyó dentro del espacio territorial que, como garante de la seguridad de su antiguo enemigo y nuevo aliado, se comprometió a defender. Por supuesto, Pekín rechaza esa adscripción.

Cualquier iniciativa de EE UU en esta crisis, incluidos los recientes ‘buenos oficios’ de los secretarios de Estado y de Defensa son vistos con recelo, casi con hostilidad, desde China, que rechaza toda injerencia norteamericana en cualquier asunto que le concierna y que ve con alarma la creciente presencia de la flota norteamericana en lo que considera su zona de influencia más inmediata. En caso de conflicto abierto, Washington podría verse obligado, en virtud de sus compromisos con Japón, a tomar partido por su aliado, y eso es algo que un presidente norteamericano podría justificar sin excesiva dificultad si lo que estuviese en juego fuese Taiwan, pero no en el caso de un puñado de islotes deshabitados, por mucho oro negro que haya a su alrededor.

Hoy toca escribir de las Diaouyu/ Senkaku, pero no son éstas las únicas islas en disputa en aquellas aguas, o en otras cercanas. Aunque con antagonistas diferentes (Vietnam, Filipinas, Malaisia, Taiwan…), Pekín tiene otro contencioso, incluso de más calado, por la soberanía de las Spratly, en el mar del sur de China, apenas cinco kilómetros cuadrados olvidados durante décadas, perdidos en un espacio de un cuarto de millón de kilómetros cuadrados y por las que nadie se interesó hasta que se descubrió que el fondo marino atesora ricos yacimientos de gas y petróleo. China se enfrenta también a Vietnam por el control de otro archipiélago, el de las Paracelso.

Todos estos contenciosos esconden apenas la intención china de ejercer un control sobre sus aguas próximas a tono, no ya tan solo con la longitud de su línea costera (similar a la de Japón, pero con un quinto de sus aguas territoriales), sino con su vocación de superpotencia hegemónica del siglo XXI. Un designio que chocará cada vez más con los intereses geoestratégicos de Estados Unidos en la región.

Leon Panetta, el jefe del Pentágono, ha intentado estos días, mientras intentaba mediar en el conflicto, eliminar los recelos chinos al señalar que el rediseño de la estrategia norteamericana en la región Asia-Pacífico no pretende contener a China, sino, por el contrario, expandir el papel de ésta y crear "un nuevo modelo en la relación bilateral". Palabras que intentan tranquilizar, pero que esconden una amenaza para Pekín, que no querría ver un portaviones norteamericano ni a mil kilómetros de sus costas.