El mundo es un volcán

Vientos de cambio en Georgia

La mejor noticia de las elecciones legislativas celebradas el pasado domingo en la república ex soviética de Georgia es que el perdedor no impugnó el resultado, en contra de los agoreros que evocaban el grave riesgo de que, fuese cual fuese el resultado, se entrase en una nueva era de inestabilidad, disturbios e incluso guerra civil. En un rarísimo ejemplo de normalidad democrática en el espacio de la antigua URSS, el presidente Mijeíl Saakashvili, tras sufrir un durísimo voto de castigo, expresó su "respeto hacia la decisión de la mayoría", aceptó la derrota de su partido, el Movimiento Nacional Unido, y reconoció el derecho a formar Gobierno de su rival, el multimillonario Bidzina Ivanishvili, cabeza de la coalición Sueño Georgiano. Es ésta un conglomerado circunstancial de seis partidos sin ideología común, en el que partidarios del libre mercado coexisten con ultranacionalistas y nostálgicos del pasado, sin otro cemento visible que la necesidad de unirse para derrotar a Saakashvili.

¿Caso cerrado? Ni mucho menos. El cambio está lejos de haberse concretado por el resultado de los comicios, y ni siquiera está claro en qué consistirá. Las elecciones obligan a una cohabitación entre enemigos irreconciliables, ya que Saakashvili seguirá en el cargo hasta octubre de 2013, cuando caduque su segundo mandato (no puede optar a un tercero) y una reforma constitucional torne el régimen de presidencialista en parlamentario.

No es probable, sin embargo, que ceda a la exigencia de dimisión o que acepte de buen grado compartir el poder con su rival, con el que cabe aventurar que tendrá una relación conflictiva. La amarga derrota de Saakashvili quita el escaso lustre que aún le quedaba a la ‘revolución de las rosas’ de 2003, que aupó al poder a este tecnócrata que se mira en exceso en el espejo de EE UU y que ha ejercido el poder de forma personalista, en línea con el ‘feudalismo pluripartidista’ que ha caracterizado la Georgia independiente.

Como en tantas otras ocasiones de su tormentoso pasado reciente, la polarización seguirá marcando la vida política de la república caucásica, aunque sea difícil precisar las diferencias reales entre la ideología y los programas de los dos antagonistas. Sobre todo porque poco, casi nada, es lo que se sabe de Ivanishvili, un oligarca mecenas de la cultura, un misterioso Ciudadano Kane al que se atribuye una fortuna de 5.000 millones de euros, forjada sobre todo en Rusia.

Para disipar sospechas de dependencia de Moscú, y habida cuenta de que Vladímir Puntin sigue considerando a Georgia un patio trasero en el que querría poder hacer y deshacer, Ivanishvili sostiene que ha desvinculado sus intereses económicos de Rusia, aunque algunas fuentes señalan que sigue conservando un importante paquete de acciones en el gigante energético Gazprom. Y no hay que olvidar que el país caucásico un paso privilegiado en la ruta hacia Europa del petróleo y el gas del mar Caspio y, por tanto, clave del ‘gran juego’ que se libra en una región que hasta 1991 perteneció a la URSS.

El todavía presidente acusa a Ivanishvili de ser un vendido a Moscú, pero no hay ninguna prueba clara de que eso sea cierto. Al menos de forma abierta propugna como él la integración en la OTAN y la Unión Europea, y el estrechamiento de lazos con Estados Unidos, país al que califica de "socio estratégico" y cuya influencia en el Cáucaso ex soviético resulta cada vez más patente, y preocupante para Rusia. Para despejar dudas, ha anunciado que el destino de su primer viaje como primer ministro será Washington.

El triunfante líder opositor defiende también, por supuesto, la mejora de relaciones con la antigua ‘madre patria’, con la que muchos georgianos sellaron sólidos lazos, aun no disueltos, durante los 74 años de régimen comunista. Sin embargo, no acepta que el precio de esa normalización  sea renunciar a la exigencia de que vuelvan al redil Abjazia y Osetia del Sur, las dos regiones hoy fuera del control de Tbilisi como consecuencia de dos guerras desastrosas, autoproclamadas independientes y convertidas en protectorados de Moscú.

En cuanto a Saakashvili, sus errores le han impedido capitalizar una gestión caracterizada, en el lado positivo, por el crecimiento económico, la modernización, la apertura a la inversión exterior o los buenos resultados de la lucha contra la delincuencia. Un claro contraste con el caos y la ruina que se encontró al asumir el cargo en 2004. Por el contrario, no ha logrado reducir lo suficiente la pobreza y la desigualdad y, sobre todo, ha deteriorado la calidad de la democracia.

El desprecio de Saakashvili a la separación de poderes, su control de la justicia y los medios de comunicación, su connivencia con la élite empresarial y su hostigamiento a la oposición recuerdan menos a una democracia pluripartidista sana que a las prácticas tras la explosión de la URSS de los dirigentes rusos a los que tanto critica. La difusión en plena campaña electoral de unos vídeos en los que se muestran vejaciones y malos tratos a detenidos le dio la puntilla. También le pasó factura la suicida invasión de Osetia del Sur en 2008, con el estrepitoso error de cálculo sobre cual sería la reacción de Vladímir Putin.

Georgia está rota. Pegar sus fragmentos es casi imposible. Su población está dividida (aunque no sobre la ‘cuestión nacional), pero predomina el deseo de pasar página y mirar hacia un futuro de progreso y libertad. También sería deseable, aunque quizás utópico, que se consolidase como un país auténticamente independiente, no solo de Rusia, sino sobre todo de EE UU, cuyos intereses geoestratégicos comparte Saakashvili y cuyos cantos de sirena son difíciles de ignorar.

Es una situación crítica que exige políticos a la altura de la encrucijada histórica, a los que no se ve por ninguna parte, y un gran pacto nacional que restañe viejas heridas, pero que tampoco aparece en el horizonte inmediato.