Aviones sin piloto: asesinatos a distancia

Puede que Barack Obama sea más cirujano que carnicero, pero como Premio Nobel de la Paz (aunque le tocase en una rifa), debería preocuparse más por no matar a inocentes que por eliminar a terroristas. George W. Bush recurrió en su “guerra contra el terror”a bombardeos más convencionales, masivos e indiscriminados, que causaron centenares de miles de víctimas, en su mayoría no beligerantes. En cambio, Obama, más quirúrgico, esgrimiendo un difuso derecho a la autodefensa, recurre al bisturí con ejecuciones extrajudiciales que clonan las prácticas israelíes en Palestina, perpetradas desde aviones sin piloto, autorizadas por él, pero sin posibilidad de procesamiento, defensa o condena. Si no son asesinatos a distancia, se les parecen mucho.

Los ‘drones’ pueden eliminar a un supuesto terrorista en un remoto poblacho del Waziristán paquistaní, con un margen de error muy inferior al de la clásica aviación de combate y sin riesgo para las fuerzas propias. Lo único que tendrá que hacer el ‘piloto’, quizás un militar o un especialista de la CIA cómodamente sentado ante una pantalla de ordenador en una base del desierto de Nevada, será identificar “con precisión” al objetivo, intentar que no haya “víctimas colaterales”, apretar una tecla, visualizar el resultado del impacto, rellenar un informe, y mirar el reloj para ver cuanto le falta para cumplir su turno y volver a casa con la satisfacción del deber cumplido. O, quizás, si también tiene su corazoncito, con cierta desazón que no le quitará el sueño en el caso de que, gajes del oficio, haya errado el tiro o despedazado a unos cuantos civiles que pasaban por allí. Ni guerra romántica, ni lucha de igual a igual en la que el factor humano, el valor o la capacidad de iniciativa sean elementos determinantes. ¿Cirugía? Quizás, pero burda.

Nada nuevo bajo el sol, porque la historia de las guerras está marcada por los avances en la tecnología armamentística, entendida como la forma de causar al enemigo el máximo daño con el mínimo riesgo. Los ‘drones’ son un paso más en esa evolución, y lo cierto que tienen un brillante futuro, tanto en el campo civil como en el militar, y son ya el centro de una carrera tecnológica, probablemente la más pujante hoy en día en la industria aeronáutica.

Entre los productores más dinámicos de estos aparatos figuran Israel, que empezó a desarrollarlos en los setenta y que tiene en Gaza y Líbano inmejorables campos de pruebas para medir su eficacia;  Estados Unidos, que los utilizó en Libia y, ahora (al menos) en Pakistán, Afganistán, Yemen y Somalia, pero que aún se muestra reticente a comercializarlos masivamente; China, que aprovecha el  nicho que deja su rival a nivel planetario y extiende su cartera de clientes en Asia y América Latina; Reino Unido, Rusia, etc.

La lista de países fabricantes o compradores de ‘drones’, cuya potencialidad –incluida la nuclear- es casi ilimitada, ronda la cincuentena, entre ellos India, Pakistán, Nigeria y Corea del Sur. Iraní, aunque manejada por Hezbolá, era con gran probabilidad, el ‘drone’ derribado hace un mes en territorio israelí.

En Pakistán, por ejemplo, y en tan sólo tres años y medio, Obama ha sextuplicado con creces el número de ataques con aviones sin piloto (52) de los últimos cinco años de presidencia de Bush. Según algunas fuentes independientes, la cifra de civiles muertos como consecuencias de estas acciones supera los 1.000, incluyendo a unos 200 niños. Demasiadas ‘víctimas colaterales’ para un buen cirujano. ¿Y total para qué? Ni siquiera se está ganando esa guerra.

Puede que la muerte de Osama Bin Laden en territorio paquistaní, en una operación a espaldas del Gobierno de Islamabad en la que fue sustancial la información facilitada por los ‘drones’, quede como el gran logro de Obama como comandante en jefe.  Puede también que el ahorro de bajas propias en las ‘operaciones quirúrgicas’ efectuadas con estos aparatos para exterminar a militantes islamistas en las zonas tribales fronterizas con Afganistán rinda al presidente algún dividendo ante la inminente elección presidencial. Pero la herida abierta en Pakistán por estas violaciones de soberanía y por las numerosas “víctimas colaterales” será difícil de cerrar y, a medio plazo, amenazan con agudizar un conflicto cuyo potencial desestabilizador resulta aterrador.

Además, esta guerra a distancia alimenta aún más la rabia de Al Qaeda y sus franquicias. El grupo terrorista presentó el asalto al consulado estadounidense en Bengasi, en el que murieron el embajador en Libia y otros tres diplomáticos, como una venganza por el asesinato el pasado junio desde un avión sin piloto de su ‘número dos’, Abu Yehia al Libi.

Como era inevitable, se ha suscitado una polémica sobre sí la utilización de aviones sin piloto en acciones de ataque, y más en concreto para eliminar a sospechosos de terrorismo, es más o menos moral que el uso de medios convencionales. El debate es absurdo, como lo es hablar de moralidad en un contexto donde lo que importa es ganar a toda costa y la relación entre coste y beneficio. Además, ¿qué se entiende por convencional? ¿Acaso lo es el disparo de un misil de crucero desde un submarino situado a mil kilómetros de distancia o desde un avión fuera del alcance de las baterías terrestres y capaz de lanzar bombas ‘inteligentes’ que con frecuencia resultan no serlo tanto?

Lo mínimo que se debería exigir a Obama y, por delegación, a sus fuerzas armadas y su CIA (con un papel ejecutor clave en el uso de los ‘drones’), es que cumplan estrictamente la Convención de Ginebra y la Carta de las naciones Unidas, y que, ya que se consideran tan buenos ‘cirujanos’, no mutilen o exterminen a quien no deben, que no utilicen el bisturí si no tienen la seguridad absoluta de que solo cortarán donde está la herida. Por ejemplo, que dejen de considerar “militantes”, o sea, terroristas o combatientes, a cualquier civil, hombre y en edad militar que se encuentre en incontrolado “territorio enemigo”, aunque sea en un “país amigo” como Pakistán.

La maquinaria propagandística de EE UU airea ‘éxitos’ como la eliminación de dirigentes talibanes o de Al Qaeda con nombres y apellidos, pero no da tanta cancha, o calla, cuando se trata de combatientes sin identificar o cuando es imposible colocar esa etiqueta a las víctimas, por tratarse de ancianos, mujeres o niños.

Un exhaustivo informe hecho publico en septiembre, tras nueve meses de investigación, por dos organismos dependientes de las facultades de Derecho de las universidades de Stanford y Nueva York, resultaba demoledor para la guerra de los ‘drones’. “Los asesinatos teledirigidos y la utilización por Estados Unidos de los aviones sin piloto”, señalaba el documento, “pueden suponer un peligroso precedente y minar el imperio de la ley y la democracia norteamericana. (…) La proliferación descontrolada de ‘drones’ para uso militar representa una amenaza a la estabilidad global”. Como graduado en Derecho por Harvard, ya que no como Nobel de la Paz, Obama no debería hacer caso omiso de una condena tan rotunda a su política.

Por su parte, Human Rights Watch, contraria al control por la CIA de los ‘drones’, recuerda que las leyes internacionales sólo permiten ataques contra objetivos militares si no pueden causar pérdidas desproporcionadas de vidas civiles. “En situaciones no bélicas”, sostiene, “los individuos no pueden ser convertidos en objetivo de una fuerza letal a causa de su conducta anterior, sino solo por inminentes u otras graves amenazas a la vida cuando la detención no es posible”. Esas condiciones, añade, no se han cumplido en numerosas ocasiones, lo que lleva a esta ONG a preguntarse: “¿Qué diría EE UU si Rusia o China utilizasen el mismo criterio para atacar a supuestos enemigos en las calles de Nueva York o Washington?

En junio, el investigador de la ONU Christof  Heynes denunció como crimen de guerra otra práctica aberrante: el bombardeo con ‘drones’ a los rescatadores que auxilian a las víctimas de un ataque previo o a los asistentes al entierro de éstas. La Oficina de Periodismo Investigativo de EE UU ha recopilado datos sobre acciones de este tipo que permiten deducir que se practican de manera casi rutinaria. No fue la CIA quien inventó estas ‘tácticas de guerra’. Las bombas programadas para detonar tras una primera explosión, y matar a policías y miembros de los equipos de rescate, se han utilizado por grupos terroristas como ETA, pero se supone que un Gobierno que da lecciones de democracia y respeto de los derechos humanos no debería actuar como una banda de asesinos.

Como complemento a este artículo, véase el informe de David Bollero Drones: asesinatos de consola. En él figuran muchos datos significativos que he ahorrado aquí al lector.