El mundo es un volcán

La venganza de Netanyahu

"Netanyahu y sus ministros no tienen derecho a convertir a Israel en un paria internacional. La seguridad de Israel no puede garantizarse luchando contra un ya ocupado Estado palestino (…) Netanyahu debería volverse atrás de su peligrosa decisión, descongelar los fondos [retenidos a la Autoridad Palestina] y cancelar los planes de nuevos asentamientos [en Cisjordania] antes de que la posición internacional de Israel se asemeje a la de Irán".

Valgan estas frases, extraídas de un editorial del diario Haaretz titulado Conducta temeraria, como muestra de que el castigo impuesto por el Gobierno de Benjamín Netanyahu a la Autoridad Palestina (AP) que preside Mahmud Abbas, por reclamar y conseguir de la Asamblea General de la ONU el reconocimiento como "Estado observador no miembro", no goza de un respaldo unánime en Israel.

Éste es un país que ha elevado el doble rasero a la categoría de arte. Es capaz de aplicar a nivel interno criterios democráticos tan irreprochables que permiten la libertad de opinión y crítica, la celebración de impecables elecciones pluripartidistas y hasta que un presidente sea condenado por violación a una elevada pena de prisión. Y, sin embargo, al mismo tiempo, sus gobernantes desconocen incluso los derechos humanos más fundamentales para los palestinos de los territorios que ocupan ilegalmente, por derecho de conquista y pese a la casi unánime (el casi lo pone EE UU) condena internacional. Hay que retrotraerse a la Suráfrica del apartheid para hallar una muestra similar de cinismo.

Esa paradoja explica que se puedan leer en la prensa titulares como Netanyahu lleva a Israel al abismo o La derecha atenta contra la seguridad nacional, que reflejan el malestar por la actitud intransigente del Gobierno, reflejada en la rotunda votación en la ONU: 138 votos a favor de la propuesta palestina, 41 abstenciones y 9 en contra, con solo un apoyo importante, el de Washington, por supuesto. Sin embargo, no hay que llamarse a engaño: la opinión de Haaretz y de un sector de la intelectualidad y de la población israelí no es ni mucho menos mayoritaria. La herida abierta del Holocausto nazi, la guerra con los vecinos árabes que ha marcado los 64 años de independencia, y un sentimiento de invulnerabilidad adquirido tras muchas victorias militares (y muchas derrotas políticas) han forjado la idea de que solo el uso de la fuerza basado en la superioridad absoluta y la respuesta desproporcionada a cualquier amenaza garantizan la supervivencia del país.

Eso no es vivir en paz, sino en situación de guerra, tregua o aislamiento permanentes; por eso, negociar una solución definitiva debería ser la prioridad absoluta, cuestión de vida o muerte. Sin embargo, las voces que claman por la moderación y el compromiso apenas se dejan oír entre el clamor de quienes exigen mano dura. Así que todo apunta a que Netanyahu y sus aliados ultraderechistas volverán a ganar con comodidad las elecciones previstas para el próximo 22 de enero. Y, con ello, el primer ministro se sentirá aún más legitimado para continuar con una política de hechos consumados que hace inviable la solución de los dos Estados, la única que permitiría vivir en armonía y buena vecindad a los dos pueblos.

Netanyahu ha decidido retener 92 millones de euros procedentes de la recaudación de impuestos en Palestina, autorizar la construcción de 3.000 nuevas viviendas en Jerusalén Este y la Cisjordania ocupados (donde ya hay más de 500.000 colonos hebreos) y comenzar el proceso para "planear y mapear" en un corredor limítrofe con la ciudad tres veces santa que, de convertirse en un nuevo asentamiento, cortaría la continuidad territorial entre la orilla occidental del Jordán y el sector oriental de Jerusalén. Éste fue anexionado formalmente por Israel y pasó a formar parte, tras su fusión con el sector occidental, de la capital indivisible del Estado judío, pese a que la irrenunciable aspiración palestina, a la que tiene legítimo derecho según la ONU, es que Jerusalén Este sea la capital de su futuro Estado.

Con el muro de separación que ya ha rehecho el mapa a favor de Israel, y con las mejores tierras palestinas en manos de colonos judíos que por nada del mundo aceptarían irse, el Estado palestino es ya casi una utopía, y cuesta creer que la presión internacional o la negociación entre las partes se imponga a los hechos consumados. Ningún dirigente palestino, por moderado o conciliador que sea -y mucho menos Hamás, que controla Gaza-, firmaría jamás una capitulación vergonzante que convirtiese el nuevo Estado en una entelequia absurda.

Con todo, si existe alguna posibilidad, por mínima que sea, de que haya un acuerdo honorable y aceptable para las dos partes, sólo podría hacerse realidad si Israel llegase a sentirse tan aislado, tan desprovisto de sus apoyos tradicionales en el exterior, que se viese forzado a ceder. No es que sea difícil que eso ocurra, es que se antoja casi imposible. Que solo un país de la UE rechazase el órdago palestino, que Italia votase o Alemania optase por la abstención son reveses de importancia para Netanyahu, al igual que la UE y, por separado, el Reino Unido, España, Suecia, Francia y Dinamarca convocasen a los embajadores israelíes para mostrar su disgusto por las represalias contra la AP. Pero ni siquiera la llamada a consultas de los representantes de los Veintisiete en Tel Aviv le haría volverse atrás. Porque esa claudicación no cabe en sus genes y porque Europa es aquí un actor secundario que solo tiene relevancia porque paga las facturas para construir Palestina, o reconstruirla cuando Israel la machaca a bombazos.

El único con capacidad teórica para influir en Netanyahu es Barack Obama. Recién reelegido y sin poder optar a un tercer mandato, ya no tiene las manos atadas por el lobby judío, y debería sentirse obligado a lanzar una iniciativa seria y creíble de solucionar el padre de todos los conflictos. Lo que debería hacer es algo muy sencillo y, al mismo tiempo, casi impensable para un presidente norteamericano: mediar desde una posición neutral.

Ser equidistante significaría exigir a Israel que cumpliese la legalidad internacional, diese fin a la ocupación militar, suspendiese los proyectos de asentamientos en Cisjordania y negociase de buena fe la creación de un Estado sobre la base de las fronteras anteriores a la Guerra de los Seis Días de 1967. Eso no tendría por qué implicar que esos límites no pudiesen retocarse para hacerlos seguros, pero lo que resultaría inaceptable sería que el resultado final del proceso consolidara el disparate de que más de medio millón de judíos siguiesen viviendo en una tierra que solo es suya por derecho de conquista. Tal vez por eso se vuelve a hablar de fórmulas como una transferencia de poblaciones y de territorio que haría posible la salida de los colonos de Cisjordania a cambio de que los árabes con nacionalidad israelí –más de un millón- se integrasen en el futuro Estado palestino. Un peculiar modelo de limpieza étnica que, más allá de su dudosa viabilidad práctica, supondría una claudicación para los palestinos.

¿Cómo podría conseguir Obama convencer a Netanyahu? Conjugando soborno y amenaza, es decir, garantizando la seguridad total del Estado hebreo con la ayuda económica y militar sin límite, pero a cambio de una flexibilidad que permita un acuerdo definitivo y sostenible con los palestinos. Y que lo uno no pudiese darse sin lo otro. ¿Les parece utópico? A mí también, y lo más probable es que se demuestre una vez más cuando se discuta en el Consejo de Seguridad una resolución de condena a Israel por su contumacia en la política de asentamientos. Hace dos años, en ocasión similar, se registraron 14 votos contra Israel y un veto, el de EE UU, opuesto también a la extensión de las colonias judías en Cisjordania pero que consideró la propuesta "perjudicial para los esfuerzos de paz". Y es que Netanyahu puede estar tranquilo: tiene las espaldas bien cubiertas.