El mundo es un volcán

Los israelíes votan, los palestinos pierden

Las elecciones legislativas del martes han demostrado una vez más que Israel es un país democrático, sobre todo para los judíos. Tras una campaña impecable, los diferentes partidos se han repartido los 120 escaños de la Knesset con un casi perfecto criterio proporcional. El resultado merecería un análisis detallado, dado el espectacular descenso del apoyo a la alianza derechista que lidera el primer ministro Benjamín Netanyahu, el avance del centro-izquierda y la emergencia de dos partidos: uno de centro que propugna que los ultrarreligiosos —hoy exentos— sirvan en el Ejército, y otro ultranacionalista. Ambos jugarán papeles clave en la negociación para formar un Gobierno estable. Sin embargo, si se pone el foco en el conflicto que, por su potencial explosivo, alarma en el exterior, hay un claro perdedor, uno que ni siquiera ha podido manifestarse en las urnas: el pueblo palestino, cuyo sueño de un Estado propio está más lejos que nunca.

Solo voces aisladas exigen en Israel el fin de la ilegal y represiva ocupación de Cisjordania, el desmantelamiento o congelación de los asentamientos judíos que cuartean el territorio ocupado, el derribo del muro de la vergüenza, el fin de los asesinatos de dirigentes de Hamás y de las respuestas desproporcionadas a los ataques con cohetes desde Gaza y, sobre todo, la apertura de un diálogo con los palestinos en pie de igualdad para alcanzar una paz justa y duradera.

El conflicto ha estado casi ausente del debate electoral. Los líderes políticos sabían que apartarse de la línea de dureza y cuestionar la colonización judía les acarrearía una sangría de votos. Se ha hablado de economía, de carestía de vida, de desempleo, de fronteras entre religión y Estado, incluso de la amenaza atómica iraní. Pero muy poco de cómo lograr que judíos y palestinos coexistan en buena vecindad.

Netanyahu hizo algo más efectivo para ganar votos: respondió al desafío de Mahmud Abbas en ONU —cuya Asamblea General convirtió a Palestina en "Estado observador"— con el anuncio de nuevas colonias, que amenazan incluso la continuidad territorial entre Jerusalén Este y el resto de Cisjordania. Casi nadie le llevó la contraria. Los 500.000 colonos judíos pesan demasiado. Y la condena internacional no asusta en un país acostumbrado a desafiarla y que sabe que siempre contará con el seguro de vida contratado con Estados Unidos.

En teoría, la solución de los dos Estados tiene muchos defensores en Israel, aparte los partidos de la discriminada minoría árabe, incapaces por su desunión de capitalizar en escaños su peso poblacional y con prioridades más cotidianas. El mismo Netanyahu defiende de palabra la fórmula, pero la condiciona a un diálogo sin condiciones previas como congelar proyectos de nuevos asentamientos.

Pero no hay tanta distancia en la práctica con la posición de la estrella emergente, el nuevo partido centrista Yesh Atid del periodista Yair Lapid (segundo más votado), y los laboristas de Shelly Yachimovich (que acentúan su declive), pese a que estos últimos protagonizaron en el pasado iniciativas esperanzadoras. Y es que, si algo demuestra la historia reciente es que todos los gobiernos israelíes, cualquiera que fuese su orientación ideológica, optaron siempre por levantar nuevas colonias, sumando piedra sobre piedra hasta construir un inmenso obstáculo a la paz.

El resultado de los comicios no mejora las perspectivas. Netanyahu, que probablemente seguirá en el poder, tal vez tenga que negociar con Naftali Bennett, líder del nuevo partido La Casa Judía, que sobrepasa por la derecha incluso al ultranacionalista Avigdor Lieberman (gran socio del primer ministro) y que dice lo que la mayoría calla pero piensa: que no habrá nunca jamás un Estado palestino sobre la sagrada tierra de Israel.

Sea cual sea la fórmula de Gobierno, el conflicto por antonomasia, el que envenena y condiciona tantos otros y amenaza la estabilidad en la región, sigue más enconado y sin salida que nunca. Con una Palestina dividida -incluso territorialmente- entre moderados y radicales, con una población reprimida y frustrada en su aspiración nacional y su anhelo de una vida mejor, la situación se acerca el punto de ebullición, el de retorno al ciclo de la violencia. Será entonces cuando la cuestión palestina, tan ausente en la campaña electoral, vuelva al centro del debate israelí.