El mundo es un volcán

Egipto: el golpe pasa por las urnas

No importa demasiado el índice de participación ni el porcentaje de síes conseguido en las urnas por la nueva Constitución egipcia. Ningún resultado legitimará a los militares golpistas. La democracia no puede basarse en la destrucción de la democracia. Un ejército celoso de sus privilegios y consolidado durante décadas como un todopoderoso conglomerado económico ha devuelto al país a la misma situación en la que se encontraba hace tres años cuando, en la estela de Túnez, comenzó en la plaza cairota de Tahrir la masiva protesta para derribar a Hosni Mubarak.

Se podrá argumentar que los Hermanos Musulmanes y Mohamed Mursi utilizaron un poder ganado limpiamente para abusar de él,dotar a la presidencia de un poder casi absoluto e implantar un régimen que convertía la sharía en fuente suprema de la ley y restringía los derechos de las mujeres y de la minoría cristiana. Se podrá también argüir que, en buena medida, ese poder se hundió a causa de un movimiento popular revolucionario similar al que liquidó al raïs, y en idénticos escenarios. Se podrá, por fin, argumentar que, al menos en teoría, hay aspectos positivos en la nueva Constitución, como que no se podrán constituir partidos sobre la base de la religión, el género o la raza.

Pero, ¿se podría defender la utilización de métodos no democráticos –es decir, un golpe- para preservar la democracia, sin permitir que sean unas elecciones libres las que expulsen a un poder desprestigiado? Se ha hecho con frecuencia, pero no dejaría de ser una falacia, calcada de la que se empleó en su día para desconocer la rotunda victoria electoral del Frente Islámico de Salvación en Argelia y de Hamás en Palestina. Más aún: ni hace tres años ni ahora ha ganado la vanguardia que se echó a la calle en defensa de un proyecto democrático y modernizador que, por lo que luego se vio en las urnas, no era compartido masivamente, sobre todo en el medio rural, por un pueblo reverente siempre ante el poder y religioso por costumbre y tradición. Por eso, para no pasar por descreídos, los militares mantienen en la nueva Constitución el islam como la religión del Estado, y la sharía como "principal fuente de legislación", aunque cabe suponer que el nuevo poder utilizará ese principio de forma muy diferente a cómo lo harían los Hermanos Musulmanes.

Apabullado por lo que parecía imparable marea de la primavera árabe, y muy a su pesar, el Ejército no movió un dedo para salvar a Mubarak (uno de los suyos), sacrificado en el altar del pragmatismo, y se dispuso a adaptarse a la nueva realidad. Inicialmente, pensó que podría convivir con los islamistas, que se repartirían sin graves divergencias las diferentes parcelas de poder y que conservaría sus privilegios pero, cuando se convencieron de su error, al darse cuenta de que los Hermanos pretendían un cambio real de sistema, empezaron a conspirar para revertir la situación. Los millones de manifestantes que se echaron a la calle para exigir la renuncia de Mursi creyeron defender la libertad, la justicia y el progreso pero, en la práctica, se convirtieron en el instrumento y la coartada  perfectos para colocar otra vez el país bajo la bota castrense.

El círculo se ha cerrado, se ha vuelto a la posición de partida y esta vez los militares no soltarán las riendas. El referéndum de esta semana lo ha escenificado a la perfección: apabullante despliegue de seguridad, control absoluto de la campaña, monopolio de los medios de información, omnipresencia de la propaganda del e identificación de esta opción con el hombre fuerte del país, el general Al Sisi, que espera que el pueblo le reclame para aspirar (y ganar) la presidencia.

En estas circunstancias, con los Hermanos Musulmanes ilegalizados, satanizados como grupo terrorista e instando a la abstención, y con los partidarios del no reducidos a la marginalidad, la consulta era apenas un trámite, el primero de los tres con los que el poder de los militares aspira a legitimarse. Descontado el apoyo masivo al sí, el único detalle de cierta importancia será el índice de participación que, aunque bajo para los estándares occidentales, superará claramente al del referéndum de la anterior Constitución (33%, con un 64% de síes).

Por si quedaba alguna duda acerca de que la tutela militar se ha restaurado para quedarse, el texto de la nueva Ley Fundamental (entre cuyos 50 redactores solo había 2 islamistas), establece que, durante dos mandatos presidenciales, la última palabra sobre el nombramiento del ministro de Defensa la tendrá el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Si, como parece lo más probable, el general Al Sisi se convierte además en jefe de Estado, está claro quien hará y deshará a su antojo en Egipto, y también que el nuevo orden no estará en peligro por el resultado de las próximas elecciones legislativas.

El peligro islamista, al menos en su aspecto institucional, está conjurado por la ilegalización de los Hermanos Musulmanes, la represión de sus protestas (que ha causado más de 1.000 muertos), la detención de la mayor parte de sus líderes, y el desmantelamiento de su red de escuelas y organizaciones de caridad, una potente fuente de poder basada en la ayuda a los más pobres allá donde el Estado se mostraba incapaz. El gran peligro para la estabilidad es que, forzada a la clandestinidad, la Hermandad recurra como en el pasado al terrorismo.

¿Quién gana y quién pierde?

Ganan los militares, que recuperan el poder que nunca cedieron del todo. Gana Estados Unidos, que ya ha reanudado su ayuda militar como prueba de su satisfacción por volver a contar con un socio fiable en el país pivote del mundo árabe. Gana Israel, para quien es preciosa la estabilidad de Egipto y que ahora confía en mantener la alianza que preserva su seguridad en una frontera clave. Y gana Túnez, el país donde nació hace tres años la primavera árabe y donde los fantasmas egipcios han hecho posible la histórica renuncia al Gobierno del principal partido islamista, así como alcanzar un acuerdo nacional para forjar un régimen basado en la tolerancia, el pluripartidismo y la modernización económica y social. Un gratificante efecto secundario del mal egipcio.

Pierden los Hermanos Musulmanes, por todo lo anteriormente escrito. Pierde la revuelta de Tahrir, en sus dos versiones, la inicial que contribuyó a derribar a Mubarak y la posterior que se cargó a Mursi, sin que ni entonces ni ahora consiguiese sus objetivos de libertad, justicia y progreso, sino tan solo brindar a los militares la coartada que necesitaban. Y pierde la democracia, aunque en unos meses los egipcios pasen tres veces por las urnas.

Lo que no está claro es si los egipcios ganan o pierden. Han perdido en estos tres años de caos político, violencia sectaria y deterioro económico. Por eso se respira cierta esperanza ante el nuevo cambio, una expectativa de más trabajo, prosperidad, regreso del turismo y paz social. Si Al Sisi y sus conmilitones lo consiguen, aún con un grave déficit democrático, y regenerar un cierto consenso nacional, les será más fácil consolidarse en el poder. En caso contrario, Egipto seguirá siendo noticia, y para mal.