El mundo es un volcán

Renzi juega a la ruleta rusa al resucitar a Berlusconi

Matteo Renzi, alcalde de Florencia y flamante líder del Partido Democrático (el equivalente italiano del PSOE), ha cometido en nombre de la gobernabilidad un pecado casi imposible de redimir: ha rescatado a Silvio Berlusconi del pozo legal y político al que le habían arrojado los jueces y sus propios pecados y delitos. Aunque la operación le salga bien y eso le convierta en algo parecido a fundador de la Tercera República, no podrá evadir su responsabilidad histórica por pactar con el delincuente convicto que ha cubierto a Italia de vergüenza durante 20 años y ha sido el máximo responsable de su decadencia económica.

¿La coartada de Renzi? Que Berlusconi, expulsado del Senado, pendiente de cumplir sentencia penal, envuelto en un maremágnum judicial que aún debería darle muchos disgustos, a punto de ser inhabilitado para todo cargo público, sigue siendo pese a ello líder de la gran formación de la derecha, Forza Italia, aunque se rompiera el Pueblo de la Libertad, la coalición en la que se integraba y que dominaba.

Con la aritmética parlamentaria a la vista, razona el alcalde de Florencia, cualquier operación de calado para la regeneración de la vida política y el rediseño del Estado no tiene más remedio que apoyarse en las dos patas del sistema: la izquierda y la derecha, una derecha que, hoy por hoy, sigue mayoritariamente bajo la férula de Il Cavaliere.

Así que Renzi se subió al trapecio, venció al vértigo, se colocó el revólver en la sien y confió en que el percutor diera en el vacío. Su invitación al apestado a tomar café en la sede del PD escenificó un pacto anti natura en el que el dirigente socialdemócrata tiene mucho que perder y que resucita casi por arte de magia a Berlusconi.

De salir adelante, se aprobaría una nueva ley electoral que sustituiría a la que se ha ganado a pulso el apodo de "la cerdada", garantizaría la estabilidad y consagraría el bipartidismo. El pacto incluye una reforma constitucional que devolvería al Centro parte de las competencias de las regiones y, sobre todo, convertiría el Senado en un órgano cuyos miembros se elegirían por votación indirecta y que perdería sus actuales atribuciones, similares a las de la Cámara de Diputados.

En cuanto a la ley electoral, se prevé que el partido o coalición que obtenga al menos el 35% de los votos reciba un premio de otro 18%. De no alcanzar ese 35% ninguna formación, las dos más votadas se enfrentarían en una segunda vuelta. De una u otra forma, habría pues una mayoría absoluta. Actualmente, ésta queda garantizada en la Cámara para el grupo más votado, pero no en el Senado, donde las primas a la mayoría se conceden región por región y puede darse el caso de que se imponga con mayoría relativa una formación diferente. Eso precisamente fue lo que ocurrió en las últimas elecciones, lo que terminó por derribar al frágil Gobierno (además de las malas artes de Berlusconi) y lo que, a fin de cuentas, defenestró a Pier Luigi Bersani, el anterior líder del PD.

Los aspectos más polémicos del pacto son el que propone el mantenimiento de las listas cerradas (que preservaría el control de las cúpulas de los partidos) y el que pretende fijar elevados porcentajes de voto para tener representación en el Parlamento: hasta un 12% para las coaliciones y un 8% para partidos que se presenten en solitario. Aparte de la merma de representación por el premio a la mayoría, las pequeñas formaciones (todas menos tres) podrían quedar debilitadas hasta el límite de la irrelevancia. Eso explica la furia del tercero en discordia, Beppe Grillo, y su alternativo Movimiento 5 Estrellas (que ha perdido gas desde los comicios y no quiere tratos con los políticos de siempre) y de los diputados y senadores escindidos del tronco mayor de Berlusconi, a los que las encuestas otorgan apenas el 5% de intención de voto.

El itinerario de la reforma promete ser largo, complicado y penoso. El camino dista mucho de estar despejado, incluso en el PD, cuyos parlamentarios (la mayoría de los cuales debe el puesto a Bersani) no tienen por qué seguir dócilmente a Renzi, al que podrían no perdonar que negocie con el delincuente que dinamitó el anterior Gobierno. En realidad, el actual primer ministro, Enrico Letta (poco o nada satisfecho del rumbo que están tomando las cosas), tiene más apoyos en la Cámara que el nuevo líder de su partido, cuyo estilo mercurial es muy criticado, y no se puede descartar siquiera una ruptura, acorde con una acrisolada tradición de la política italiana. Y si ya hay piedras en el camino de la reforma electoral, el tamaño de estas se agigantará a la hora de pedir a los actuales senadores que se suiciden, o cuando se discuta la reestructuración de los poderes del Estado.

Lo peor de todo es que el proceso quedará en manos de Berlusconi, de sus intereses no tanto ideológicos como particulares, de sus líos con la justicia, de su búsqueda de impunidad, de su rechazo a quedar fuera de juego y expulsado del terreno en el que se mueve como pez en el agua: el poder. Cuesta imaginar que quien, pese a proclamarse un hombre de Estado, ha colocado siempre sus intereses personales por encima de los de su país, haya sido infectado por el virus del altruismo y el patriotismo y esté dispuesto a salvar Italia aunque él se hunda.

Se ha presentado en la portada del Sunday Times Magazine con la imagen sin maquillar de un anciano (tiene ya 77 años) que pretende inspirar lástima (¿a los jueces?) o simpatía (¿a los italianos?). Pero Berlusconi no está hecho de la pasta de quienes aceptan redimir sus culpas asumiendo su responsabilidad y aceptando el castigo, sino como el energúmeno prepotente imbuido de la convicción de su derecho esencial a mantenerse siempre en candelero, ejerciendo el poder, desde las instituciones o desde la sombra.

Aunque el titular del semanario británico sea Después de la caída, él no se ve como un ángel caído, sino como el ariete de su querido Milán que se levanta tras ser derribado en el área pequeña dispuesto a tirar el penalti y poner el marcador a su favor. Y aunque, acosado, su ambición no le permite limitar sus expectativas a lograr una jubilación en paz que exigiría un perdón presidencial, que por otra parte sería muy difícil no interpretar como la claudicación del Estado ante un chantajista.

Renzi le ha puesto de nuevo en el equipo, supuestamente porque hay un bien mayor en juego: reformar Italia, sacarla de su crónica inestabilidad, dirigirla hacia un futuro de progreso. Solo el tiempo dirá si su subida al trapecio ha sido útil, si su estrategia y sus intenciones son las adecuadas, si tiene madera de reformador o es otro político incapaz más de los muchos que se han estrellado contra Berlusconi. Pero, aunque la historia le absuelva, en su debe quedará para siempre que el pecado original, el precio a pagar, fue un pacto con el diablo. El mismo que, para su zozobra y la de la mayoría de los italianos, tiene el dedo en el gatillo apuntando a su sien.