El mundo es un volcán

Los Juegos de Putin

Vladímir Putin habría preferido unos Juegos Olímpicos de verano, con más repercusión mediática, pero se ha tenido que conformar con los de invierno, y se ha dedicado con tesón a convertirlos en un escaparate espectacular al servicio de un mensaje: Rusia ha vuelto.

Adiós —quiere decir el zar— a aquellos años turbulentos en los que, con Borís Yeltsin en el Kremlin y el petróleo y el rublo por los suelos, el país heredero de la Unión Soviética se deshacía en un marasmo de decadencia, corrupción, ingobernabilidad, irrelevancia, amenazas separatistas, pérdida de influencia en su espacio histórico natural, desigualdad y miseria. Queda lejos también el tiempo en el que ni siquiera el recordatorio de su gigantesco potencial atómico evitaba que fuese considerada una empobrecida y débil apestada a la que cualquiera podía humillar, empezando por el antiguo rival de la Guerra Fría, Estados Unidos.

Con Putin en el poder, con independencia de cómo conquistó éste y cómo lo conserva, y sin minusvalorar el efecto que el aumento del precio del gas y el petróleo ha tenido en la economía, Rusia ha recuperado su orgullo. Esta es  una de las claves de que la mayoría de la población apoye a su presidente, de que la perseguida oposición política tenga un papel casi irrelevante y de que caigan en el vacío las denuncias bien fundadas de deriva autoritaria, ejercicio caprichoso del poder, connivencia con la renacida iglesia ortodoxa, permisividad si no complicidad con la extendida corrupción, doble rasero en el reparto de premios y castigos, represión contra cualquiera que le plante cara, manipulación electoral y violaciones diversas de los derechos humanos en la lucha contra el terrorismo y otros males que amenazan a la sagrada madre patria como la homosexualidad o la blasfemia.

Visto desde el exterior, el panorama queda lejos de cumplir con lo que se suele llamar "estándares democráticos", pero esa etiqueta está ya muy desacreditada —y Occidente tiene mucha responsabilidad en ello— por la ligereza, distorsión, olvido, tolerancia y variedad de interpretaciones a las que se somete ese concepto idealizado en escenarios tan diferentes como Egipto, Israel, Afganistán, Ucrania, Arabia Saudí y la mayoría de los países africanos. Aun siendo incontestable que la democracia —el gobierno de quien elija el pueblo en elecciones libres y multipartidistas— es el mejor sistema político posible (o el menos malo), no siempre es aplicable de forma automática y con garantías de éxito a cualquier realidad y a momento histórico.

Por eso, aunque la mayoría de los rusos se consideran demócratas, no todos ellos creen que viven en una auténtica democracia y son legión los que estiman que, por delante del sistema político concreto, está la obligación de los gobernantes de velar por el bienestar de los ciudadanos, combatir la corrupción y restablecer el orgullo nacional que se llevó por delante la ola gigante que destruyó la URSS.

Se entiende, por todo ello y por el temor reverencial del que siempre disfruta el poder en Rusia, que Putin sea tan denigrado en Occidente como apreciado en su propio país, pese a la visibilidad de las protestas de una oposición desarticulada e impotente. Sin embargo, al zar no le basta con el apoyo interno. Necesita también reforzar su papel internacional, extender el área de influencia rusa, no solo en el ámbito del extinto imperio soviético, sino también como actor imprescindible para contribuir a la solución de las grandes crisis exteriores.

Este esfuerzo, indisociable de la reconquista del orgullo y de la aspiración a mantener la condición de superpotencia, ha obtenido en el último año resultados espectaculares, tanto ganándole la batalla a la Unión Europea (de momento) en la disputa por Ucrania, como en el freno al bombardeo de Siria y la eliminación de su arsenal químico, y en la consecución de un acuerdo nuclear con Irán.

En los dos últimos casos, Rusia ha contribuido de forma decisiva a desactivar las que quizás fuesen las peores y más inmediatas amenazas a la paz en Oriente Próximo y, más específicamente, el riesgo de internacionalización de dos conflictos de potencial devastador. Puede que el oso ruso sea grosero y antipático, que nos desagrade su talante, pero a su estilo ha logrado lo que Hollande y Obama, por ejemplo, solo veían posible arreglar a golpe de bombas.

Putin se ha tomado los Juegos tan en serio como (salvando las distancias, que son enormes) Hitler los de 1936 en Berlín. Lo ha hecho con un  derroche y un gigantismo desaforados, con una inversión —inflada por la corrupción— de 35.000 millones de euros (cuatro veces más que en Londres 2012), creando tantas plazas hoteleras como Moscú, desterrando los actos de protesta lejos de los escenarios deportivos, montando un apabullante dispositivo de seguridad y antiterrorista que convertirá a la ciudad balnearia, sus alrededores, su espacio aéreo y sus aguas costeras en las más vigiladas del mundo.

Todo ello para mayor gloria de Rusia y de su presidente, con eslóganes como Hoy Sochi, mañana el mundo. Incluso en los países que, al contrario que España, cuentan con una fuerte tradición en deportes de invierno es difícil imaginar que ese esfuerzo faraónico pueda tener una rentabilidad propagandística en consonancia. Pero, qué duda cabe, durante unos días los rusos volverán a sentirse el centro del mundo, lo que no es poco después de las humillaciones y penurias de su historia reciente.

Putin reforzará su imagen interior y exterior, la que le convierte en el único rostro con el que se identifica a Rusia, la que ha borrado del mapa incluso al anterior presidente y actuar primer ministro, Dimitri Medvédev, que ha asumido obedientemente su papel de subordinado, de la misma forma que lo hizo en los cuatro años en los que, en teoría y por delegación, era el líder del Kremlin.

Una vez pasen los juegos, habrá que volver a la cruda realidad. Porque, pese a la mejora sustancial del nivel de vida desde la ominosa década de los noventa, la economía rusa, dependiente hasta lo irracional del monocultivo energético, sufre de graves desequilibrios, ausencia de un tejido industrial modernizado, corrupción generalizada, control político cleptocrático, excesivo intervencionismo estatal y ausencia de un marco jurídico claro y eficiente que, unido a la falta de independencia del aparato de justicia, desincentiva la inversión.

Antes de que Yeltsin regalase a Putin la presidencia, el último día de 1999, el precio del barril de petróleo —principal fuente de riqueza del país— se hundió por debajo de los 10 dólares. Hoy, supera los 100, pero esa bonanza se ha aprovechado de forma tan arbitraria que, para lograr el equilibrio presupuestario, no debe descender de los 103.

La mala administración de ese regalo de la naturaleza, instrumento también de presión hacia países que dependen del petróleo y el gas de Rusia, hace que el auge del país, el gran designio de Putin, tenga los pies de barro, dependiente en exceso de un factor difícil de controlar como es el precio de la energía. Si empiezan a pintar bastos, se resentiría el poder del zar. Pero eso está por ver. Entretanto, se dispone a disfrutar de su momento de gloria.