Las dos Ucranias, Rusia y Europa

Han pasado más de 22 años desde que la Unión Soviética explotó en pedazos, pero aquel cataclismo aún revela su alarmante capacidad de generación de conflictos. Como en tantos otros giros trascendentales de la historia, los tres dirigentes –un ruso, un ucraniano y un bielorruso- que decidieron la ruptura en 15 pedazos del imperio comunista no previeron los riesgos que ocasionaría el diseño del nuevo mapa. Sin embargo, después de varias guerras y miles de muertos desde Asia Central al Cáucaso o Moldavia, el estallido de violencia en Ucrania muestra que hay heridas abiertas, incluso allá donde los tres grandes países eslavos reconocen una herencia común que se remonta a la Rus de Kiev de finales del siglo IX.

Desde que opositores de distinto signo comenzaron el 21 de noviembre a plantar cara al presidente Víctor Yanukóvich para evitar que se volviese atrás del plan de suscribir un acuerdo de asociación con la Unión Europea, la evolución de los acontecimientos ha mostrado que había mucho más en juego que eso y que, en realidad, la protesta de Euromaidan era también el reflejo del enfrentamiento siempre latente entre dos Ucranias definidas por historia, geografía, idioma y religión.

Una de estas dos Ucranias se asienta en el Este y el Sur del país, en zonas colonizadas desde los tiempos de Catalina la Grande, con fértiles tierras agrícolas y un imponente entramado industrial hoy de capa caída. Es rusófila por lengua, tradición e intereses, y tiene en Crimea, sede de la flota rusa del mar Negro, un feudo, con una población que en su inmensa mayoría se considera rusa que, si se viese forzada a elegir preferiría formar parte de Rusia antes que de Ucrania. Probablemente sería casus belli, pero no conviene olvidar que la península fue un regalo que Nikita Jruschov hizo en su día a su Ucrania natal, y que así siguió cuando la URSS se partió en 15 pedazos.

La otra Ucrania se siente centroeuropea y recela de Moscú, cuyo dominio fue breve e insuficiente para cambiar la mentalidad de sus habitantes, entre los que hay una mínima presencia de colonización rusa. Se asienta sobre todo en el Oeste, en la región de Galitzia colindante con Polonia, tiene un pasado más polaco y austro-húngaro que ruso o soviético, y una hermosa capital, Lviv (Lvov, en ruso, Lemberg en alemán), cuya morfología y arquitectura la convierte en la ciudad menos rusa y más europea de toda Ucrania, y quizás de todo el antiguo imperio zarista o soviético. Tras la independencia, en 1991, el partido comunista nunca obtuvo allí más del 5% de los votos. Hablar ruso en Lviv no está bien visto y puede suscitar rechazo. Huelga decir que se trata de la región más furibundamente nacionalista ucrania de todo el país, y que allí ha encontrado un enorme eco la protesta contra el rusófilo Yanukóvich, que ni siquiera hablaba bien ucraniano cuando llegó al poder.

Ucrania significa literalmente frontera, solo que aparte de serlo entre Europa y Rusia (aunque también Rusia sea Europa), contiene otra frontera interior, la que se deduce de la existencia de sus dos comunidades, pero mucho más compleja, porque los límites no siempre están definidos con claridad y alcanzan en Kíev –como en Bruselas en el caso de Bélgica– el punto crítico en que ambas realidades se entrecruzan de manera más visible. Eso –aparte de otros muchos motivos– hace inviable incluso la hipótesis extrema de una división pacífica del país.

Las dos Ucranias podrían convivir –o al menos coexistir- si sus ineptos dirigentes, los actuales y los anteriores, tuvieran sentido de Estado, si no se dejasen dominar por el odio al enemigo político o por la tentación de caer en una escandalosa y generalizada corrupción que impregna todo el aparato económico y político. Si más que por su propio beneficio velasen por que la población, altamente cualificada e instruida, tuviese un nivel de vida acorde con el potencial industrial y agrícola del país, si éste no estuviese en la ruina. Si gobernantes y opositores cumpliesen con su deber, la calle no sería un campo de batalla, ni se estaría al borde de la guerra civil.

Los sondeos muestran que los europeístas superan en número a los rusófilos, pero no en una proporción que justifique que el país se decante en uno de los dos sentidos. Lo deseable sería que Gobierno y oposición pactasen una solución intermedia que permitiera el acuerdo de asociación con la UE sin por ello impedir la adscripción a la Unión Aduanera que propugna Vladímir Putin. En ambos casos, por supuesto, con los límites obvios por la ausencia de una definición clara.

Hay quien piensa que el líder del Kremlin no se conformará con nada que no sea una victoria completa que mantenga a Ucrania en la órbita rusa, y que solo por ese motivo ha puesto en el envite más de 10.000 millones de euros y ha ofrecido una fuerte rebaja del precio de la energía, vital para la supervivencia económica del país. Pero algo parecido podría decirse de la Unión Europea y de Estados Unidos que, sin poner tanto dinero sobre la mesa y camuflando la presión como seducción, tampoco esconden su intención de que el país dé un giro histórico y se alinee con Occidente, renegando del abrazo del oso ruso.

Para Rusia, perder su influencia en Ucrania, el Estado eslavo hermano, tampón que le separa y protege del enemigo occidental, supondría el desmoronamiento del sueño de seguir siendo una superpotencia, de reverdecer aunque disminuidas algunas esencias del antiguo imperio de zares monárquicos y comunistas. Putin no puede permitirse perder esta batalla, pero sí ganarla (o perderla) a medias. Es decir, hacer gala de un pragmatismo y una habilidad que, en los últimos tiempos, impregna su acción exterior y le ha permitido apuntarse valiosos tantos, tanto en la crisis siria como en la nuclear con Irán. Y los ucranianos –pese a los cantos de sirena que llegan del Oeste– saben que no pueden prescindir por entero de Rusia, capaz –como ya ha demostrado varias veces– de estrangular el país cortando el vital grifo del petróleo y el gas.

En tales circunstancias, lo peor que podría hacer la Unión Europea sería amenazar con el palo de las sanciones cuando ni siquiera ha sido capaz de ofrecer una zanahoria que pueda rivalizar con la masiva ayuda ofrecida por el Kremlin. Presionar hasta cierto punto al régimen de Yanukóvich puede resultar aceptable. Acosarlo, arrinconarlo, ponerlo contra las cuerdas, sería en cambio contraproducente, le induciría quizá –con el apoyo de Moscú– a huir hacia delante y eliminar con ello cualquier posibilidad de que esta crisis se resuelva mediante la negociación y no en medio de un baño de sangre que dejaría en anécdota las decenas de muertos de estos últimos días. Con todo, puede estar cerca el momento en el que solo una renuncia de Yanukóvich pueda evitar el desastre total, aunque eso no signifique que una Ucrania cede ante la otra.

Cada muerto –y ya se cuentan por decenas– es una nueva piedra en el camino de alcanzar un compromiso aceptable para ambas partes, pero sería injusto atribuir al régimen la exclusiva de la violencia. Las bajas entre las fuerzas de seguridad, los linchamientos de varios policías, muestran un grado de salvajismo que rivaliza con los excesos de la otra parte. Con tanta sangre de por medio, la capacidad negociadora se reduce, los deseos de revancha se acrecientan, la reconciliación se hace más difícil. Los limitados esfuerzos de Yanukóvich, como la reciente amnistía a los detenidos durante los disturbios, ya no bastan para aplacar una protesta que exige el retorno a la Constitución de 2004 para reducir los poderes del jefe del Estado, la dimisión de éste y la convocatoria de elecciones anticipadas.

Sería iluso pensar que, sin un pacto previo de largo alcance, sin una apariencia de tregua o reconciliación que cada vez parece más difícil, unas elecciones servirían para apaciguar los ánimos y resolver el conflicto. Después de todo, Yanukóvich ganó el poder de forma limpia en las urnas, y no está nada claro que el espíritu de Euromaidan se impusiera en las urnas. Pero ese acuerdo no será fácil de conseguir. Quizá sería factible si los interlocutores fueran solo el actual régimen y los partidos parlamentarios moderados, que están fracasando rotundamente en su intento de que la revuelta no se radicalice. Pero hay otros actores.

La dificultad aumenta porque, entre incendios y barricadas, entre cócteles molotov y armas de fuego, grupos de extrema derecha, ultranacionalistas que abominan de la “corrupta mafia judeo-moscovita” que Gobierna el país -uno de los cuales, Svoboda, con 38 escaños en la Rada Suprema–, se entremezclan con activistas genuinamente democráticos. Y a la hora de la lucha, de los disparos y los muertos, en el caos de la violencia, cuesta distinguir a unos y otros, y las balas tampoco discriminan entre ellos.

Esta contaminación radical y ultraderechista, responsable en buena medida de los estallidos de violencia, perjudica gravemente a la razón moral que pueda asistir a Euromaidan y aconseja que se use con prudencia la expresión “revolución democrática”. Porque muchos de los que luchan por derrocar el régimen corrupto de Yanukóvich tienen su propia agenda, no necesariamente democrática. Por no hablar de que, tapados por la protesta antigubernamental, que ya se extiende por buena parte del país, son también muy numerosos los partidarios del régimen, representantes de la otra Ucrania, que lo defienden en la calle, sin pararse en métodos, aunque su protagonismo esté casi ausente de la mayor parte de las informaciones sobre el conflicto.

Es una obviedad pero, para que el conflicto no degenere, para que el reguero de muertos no conduzca a Ucrania hacia el abismo de la guerra civil, ambas partes deben mostrar contención y abandonar las posturas maximalistas. Los líderes de la protesta deben comprender que Yanukóvich no aceptará una rendición incondicional, sobre todo porque cuenta con el apoyo incondicional de Moscú. Y el régimen debe restringir al máximo el uso de la fuerza y asumir la necesidad de atender buena parte de las demandas de Euromaidan.

El principal problema sería convencer a unos y otros, pero sobre todo a los extremistas de derecha, de que deben aceptar un compromiso que, hoy por hoy, se aleja en la misma medida en la que aumenta la violencia. La última tregua se ha roto con otra matanza incluso antes de comenzar a aplicarse. El relevo del jefe de las Fuerzas Armadas, que supuestamente se oponía a utilizar el Ejército para reprimir las protestas, es un gesto de Yanukóvich en la mala dirección.

Por fin, Rusia, EEUU y la UE deberían comprender que no se puede tratar este conflicto como si la Guerra Fría aún estuviese caliente. Que Ucrania tiene dos identidades y no sería justo promover una –aunque sea la mayoritaria– a costa de reprimir la otra. Y que la prioridad máxima debe ser evitar que la lucha se extienda. Porque una guerra civil –por no hablar de una partición– en el corazón de Europa sería un desastre para todo el continente solo comparable al que desangró la antigua Yugoslavia en los años noventa del pasado siglo.