El mundo es un volcán

La 'drôche' de Hollande-Valls; ni izquierda ni derecha, sino todo lo contrario

Drôche es un híbrido de droite y gauche , derecha e izquierda, un palabro que encaja como anillo al dedo con la claudicante línea política de François Hollande y que cobra fuerza en el diccionario político francés.

Hoy por hoy, hay más dro que che. Y eso que el presidente y líder del PS, histórico gran partido de la izquierda francesa, llegó al poder enarbolando la bandera de un giro progresista que cuestionase el pensamiento único de austeridad, recortes y disciplina fiscal impuesto por Berlín y Bruselas.

No es de extrañar que, ante una deriva que se traduce en la sumisión a la UE, el cortejo a los empresarios y el castigo a las clases media y baja, Hollande fuera increpado el miércoles allá donde, dos años antes, era aclamado como la gran esperanza de la izquierda para derrotar a Nicolas Sarkozy. Ocurrió en la localidad natal del histórico líder socialista Jaurès, asesinado hace 100 años, tres días antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. No le quedó otra que poner cara de póker y defender lo indefendible ante quienes le exigían el cambio ya o le escupían que Jaurès no habría actuado como él y debe de estar revolviéndose en su tumba.

El nombramiento de Manuel Valls como primer ministro para que aplique, caiga quien caiga, la dura medicina inevitable para controlar el déficit, consolida un viraje que socava la estrecha frontera del PS con la derecha de toda la vida. Tras la estrepitosa derrota en las municipales, cuestionado en su propio partido y hundido en las encuestas, Hollande se ha encomendado al político más popular del país, su gran rival interno de cara a la reelección y que le saca más de 40 puntos en los sondeos gracias a un populismo conservador con algunos tintes reaccionarios, impropios de cualquier socialdemócrata (y no digamos ya socialista) que se precie.

Está por ver si la jugada permite remontar al presidente o si, por el contrario, el milagro Valls estalla también como una pompa de jabón. No es lo mismo ganarse el aplauso fácil de quienes, en época de vacas flacas, ven en la inmigración una amenaza que aplicar el paquete de medidas que, durante al menos tres años, afectará al bolsillo de los ciudadanos –incluidos los pensionistas y los funcionarios-, a la cohesión social y al aún excelente pero muy caro de sostener Estado del bienestar.

Los únicos beneficiarios serán las empresas, por aquello de que en sus manos está la creación de empleo, que en Francia sufre una tasa que ni siquiera llega a la mitad de la española, pero que, aun así, se considera un drama nacional. De no ser por el coste social o económico brutal de esos eufemismos llamados Programa de Estabilidad y Pacto de Responsabilidad y Solidaridad, los dolorosos recortes previstos para el período 2014-2017 serían innecesarios. Pero Hollande se muestra tan convencido de que ha tomado la senda correcta, de que no le quedaba otra opción, que se ha comprometido a no presentarse a la reelección si su plan de choque no reduce al menos el paro de forma sustancial.

Quizás se pueda inventar una palabra en castellano que funda también los conceptos de izquierda y derecha, pero izquiecha o derizqui carecen de la sonoridad de drôche. El término le cuadraría al Zapatero que, en 2010, renunció a las teóricas señas de identidad económicas del PSOE, con lo que traicionó su programa y a sus votantes sin que, ni siquiera, pudiera evitar un batacazo del que aún no se ha recuperado. La parte izqui se centró en avances sociales como la ley de plazos del aborto que la regresión del PP sitúa hoy en su justo e importante lugar.

El PSOE (pariente cercano del PS francés) vuelve a ser hoy de izquierdas, incluso en el aspecto económico, y apuesta a voz en grito por la solidaridad y la disminución de las desigualdades, porque paguen más los que más tienen, por proteger a las víctimas de la crisis, por salvaguardar el tambaleante Estado del bienestar . Este regreso a las raíces se explica, no tanto porque una iluminación haya derribado del caballo al partido en el camino de Damasco, sino porque ahora está en la oposición, sin responsabilidades de Gobierno, en ese momento mágico en el que hay vía libre para hacer promesas y criticar al adversario, aunque te puedan sacar los colores y recordarte lo que no hiciste cuando podías hacerlo. Sin embargo, dado que no se ha producido una auténtica renovación interna y que, en buena medida, el control lo siguen teniendo los de siempre, aún no se ha ganado el derecho a recuperar la credibilidad perdida.

La principal baza del PSOE para reconquistar el poder (algo imposible sin pacto con las fuerzas a su izquierda), o para avanzar hacia él en las próximas elecciones europeas, estriba en que, pese a todo, sigue siendo el núcleo de cualquier alternativa a la hegemonía del Partido Popular. Éste, con Rajoy, ha batido todos los récords de incumplimientos de programa y ha hundido aún más al país en el pozo del retroceso social, el empobrecimiento y un desempleo sin apenas parangón en el planeta. Por eso el PSOE, aunque tocado, no está hundido.

Cuando Zapatero giró abruptamente en 2010 hacia el pragmatismo (léase derecha), apenas hubo contestación interna. Tampoco la hay ahora en un PP en el que, más que discrepancias de fondo, solo afloran a veces con timidez algunas sensibilidades levemente diferentes en cuestiones secundarias. Las reticencias tímidas aisladas al proyecto de ley del aborto constituyen el ejemplo más significativo de estas excepciones a la regla que impone la obediencia incondicional. En España se estila cerrar filas, la unanimidad y la sumisión que favorecen un sistema electoral que deja las listas de candidatos en manos de las cúpulas de los partidos.

En Francia las cosas son algo diferentes. Hollande no tiene tanto poder como para imponer su voluntad en el PS sin que nadie rechiste. La derrota humillante en las municipales hizo mucho daño, dejó demasiados alcaldes y otros cargos del PS sin su poltrona o su desahogado medio de vida. El poder reticular del partido, que se extiende por todo el Hexágono, sufrió un golpe del que le costará recuperarse, y que amenaza con prolongarse hasta las próximas legislativas.

Hay muchos dirigentes y diputados furiosos que consideran que el culpable del desastre es el presidente y se resisten a suicidarse con él. De ahí que el nombramiento de Valls (toda una declaración de principios) y el anuncio de la medicina dura que aplicará hayan suscitado una contestación interna visible con la rebelión de un tercio de los parlamentarios del partido y la presentación de alternativas al plan oficial para la recuperación económica y el cumplimiento del objetivo de déficit.

Sin cuestionar el objetivo final, estas iniciativas tienen una carga ideológica más a tono con el alma del PS, y pretendían alcanzar un punto de equilibrio que salvaguardase el gasto social y protegiese a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Se trataba, no tanto de eliminar los recortes, como de distribuirlos de una forma más solidaria (¿más de izquierdas?), sin hacer pagar la factura a jubilados, funcionarios y beneficiarios de prestaciones sociales; de proteger los ingresos bajos, de no mimar con una reducción de impuestos tan grande a las empresas; de no lesionar servicios esenciales como la sanidad; de retrasar el plazo para cumplir con la exigencia de la UE de reducir el déficit. Los rebeldes apostaban por el consenso es posible, por aliviar el impacto social y encontrarse a mitad de camino.

Hollande, Monsieur Normal (y su circunstancial lugarteniente Valls), tantas veces errático y dubitativo, tan poco propenso al enfrentamiento y tan dispuesto siempre al consenso para evitarlo, se ha movido estos días para evitar el papelón de que sus propuestas sean rechazadas en la Asamblea Nacional la próxima semana. Pero aunque Francia no sea España, la sangre no ha llegado al río, y los planes del Gobierno se han mantenido sin alteraciones sustanciales. Hasta ahí ha llegado la fuerza de carácter del presidente, justo cuando ceder un poco no habría sido muestra de cobardía, sino de coherencia ideológica.

La sangre no ha llegado al río, porque a nadie le interesa la ruptura en víspera de las elecciones europeas de mayo. Se diría que lo importante es salvar la cara y vender a los votantes la idea de un alma doble del PS: la de Hollande y Valls (la más droite), tan pragmática y dispuesta a las concesiones que incluso cultiva en ocasiones al electorado de la ultraderechista marine Le Pen; y la que representan los diputados discretamente rebeldes (la más gauche), que propugna la conservación matizada de las viejas señas de identidad.

Paradójicamente, con esta tempestad en un vaso de agua se puede limitar el hundimiento del PS que los sondeos, por efecto del negativo efecto Hollande, pronostican para mayo, y que incluso sitúan a los socialistas por detrás de la derecha de siempre (UMP) y de la más ultra (el Frente Nacional), no necesariamente en ese orden.

Hay en juego algo muy importante: un pésimo resultado del PS comprometería la victoria socialista en el conjunto del Parlamento Europeo y la elección como presidente de la Comisión Europea de Martin Schulz. Y Schulz –conviene recordarlo- sería el único que podría proporcionar a Francia el lenitivo para cumplir de manera más relajada con la disciplina dura de la UE. Justo lo que necesitan Hollande, Valls y los rebeldes para limar asperezas y que el tratamiento de choque resulte menos traumático.