El mundo es un volcán

Desfachatez de Netanyahu: imponer a Obama su política sobre Irán

El espectáculo que acaba de dar en el Congreso norteamericano el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha sido de los que hacen época. Con una prepotencia que solo se justifica por el poderío del lobby judío, y aprovechándose de la política de acoso y derribo de los republicanos contra Obama, se ha hecho invitar por estos a una sesión plenaria de las dos Cámaras en las que, más que como un invitado, se ha comportado como un presidente que, con la parafernalia de las grandes ocasiones, pronuncia su discurso anual sobre el Estado de la Nación. Aún más, se ha atrevido a exigir que rectifique su política exterior al mismo presidente sin cuyo consentimiento se orquestó el acto solemne. Y no en un aspecto menor, sino en el de la negociación nuclear con Irán, que Obama ha convertido en eje fundamental para pasar a la historia sin el estigma que más temen todos los inquilinos de la Casa Blanca: el de la irrelevancia.

La desfachatez de Netanyahu, en plena campaña electoral y en serio riesgo de perder el poder, podría menospreciarse por su falta de coherencia y sentido de Estado de no ser tan importante lo que está en juego: la eventual eliminación de uno de los grandes factores de inestabilidad que han convertido Oriente Próximo en un polvorín. La negociación entre Irán y el grupo conocido como 5+1 (Alemania y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad) se encuentra en una fase crítica en la que el acuerdo inminente es más probable que la ruptura, con las dos partes al límite de su capacidad de cesión. Y, si no un consenso total, si se está muy cerca de la convicción generalizada de que el sistema de garantías e inspecciones que se está ultimando conseguirá su objetivo de impedir que Irán se haga con la bomba y de normalizar unas relaciones explosivas o inexistentes desde 1979, cuando Jomeini derribó al shah Pahlevi.

Si en este momento decisivo se plantean nuevas exigencias a la república islámica, todo el laborioso trabajo de años se vendría abajo como un castillo de naipes. Eso es justamente lo que pretende Netanyahu, que sostiene que "un mal acuerdo es peor que ningún acuerdo", que hay que seguir presionando a Teherán con sanciones reforzadas, que se está a punto de abrir la puerta a un Irán atómico y a una carrera de armamentos en la región, y que sería un golpe mortal a la lucha contra la proliferación nuclear. En definitiva, que se está "en la cuenta atrás hacia una pesadilla atómica".

Eso sí: mucho meter miedo, pero sin ofrecer ninguna propuesta alternativa viable, más allá de seguir tratando a Irán como un enemigo irreconciliable y del que sería suicida fiarse, incluso rechazando que pueda ser un valioso aliado estratégico en la lucha contra la principal amenaza que hoy se cierne sobre la estabilidad de Oriente Próximo: el ascenso del brutal y fanático Estado Islámico. Porque, para el primer ministro israelí, que retuerce el sentido de la frase hecha, en este caso "el enemigo de mi enemigo también es mi enemigo".

La retórica empleada ha sido apocalíptica. Según él, está en curso "otro intento de destruir al pueblo judío", pero "ha pasado ya el tiempo" en el que éste "permanecía pasivo ante sus enemigos". Se trata de una afirmación inquietante, porque podría interpretarse en el sentido de que, llegado el caso, si el acuerdo nuclear con Teherán no le satisface, Israel podría tomarse la justicia por su mano, mediante una operación militar (con un precedente notable y exitoso en Irak) para destruir la capacidad nuclear iraní.

Es una perspectiva inquietante, aunque poco realista, porque es más que dudoso que Netanyahu se atreviese a emprender esa aventura en solitario, es decir, sin el apoyo directo de su garante norteamericano, que no ha dejado de serlo ni siquiera con ese Obama que lleva seis años de desencuentro con Israel. Es más, la ayuda económica y militar ha superado incluso a la prestada cuando en la Casa Blanca residía el incondicional amigo George Bush.

En este momento decisivo de la negociación, es difícil no dar la razón a Nancy Pelosi, líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, cuando afirma que "ni las sanciones ni la guerra evitarán que Irán se arme", y que el discurso de Netanyahu ha constituido "un insulto a la inteligencia de Estados Unidos". Pero se diría entonces que la estupidez es un valor que se cotiza muy alto en el Congreso norteamericano, a tenor de los aplausos —con frecuencia entusiastas— con los que fue recibido el discurso del primer ministro israelí, incluso entre algunos legisladores demócratas, aunque casi 60 de ellos no asistieron a la sesión como protesta por una invitación que se hizo a espaldas y con el rechazo expreso del presidente.

Ahora está por ver si, más allá de lo que se acuerde por los negociadores del 5+1, el Congreso atiende las demandas de Netanyahu y pone nuevas piedras  —es decir, refuerza las sanciones a Teherán— en el camino hacia la aprobación y entrada en vigor del acuerdo. No sería de extrañar que sea éste el campo de batalla de una nueva confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo de Estados Unidos, donde la cohabitación no es planta capaz de crecer con fuerza.

He dejado para el final la cuestión que eleva la desfachatez de Netanyahu a límites estratosféricos: que, mientras exige impedir por cualquier medio —incluso la guerra— que Irán se haga con el arma atómica, su país atesora desde hace décadas un arsenal atómico de entre 100 y 200 bombas. La cifra exacta es tan secreta como la misma admisión de que existe ese potencial, aunque se favorece que sea de conocimiento general. Y, llegado el caso, se deja entender que, en un caso extremo, cuando su liderazgo estime que está en juego la propia supervivencia del Estado judío, no se dudaría en emplearlo. Por tanto, pierde contundencia la denuncia de que, si se abre la mano con Irán, se nuclearizará la región. Porque Oriente Próximo ya está nuclearizada… por Israel.

Con todo, doble rasero aparte, que Irán siga sin el arma nuclear es algo que nos interesa a todos. Y si Netanyahu logra su objetivo e impide el acuerdo, no solo contribuirá a reducir la presidencia de Obama a la irrelevancia, sino que asumirá una responsabilidad por la que la historia debería condenarle.