El mundo es un volcán

Irán y Estados Unidos: extraños compañeros de cama

La alianza militar entre la Unión Soviética y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial para combatir a Hitler se cita estos días en ocasiones a la hora de analizar la confluencia de intereses entre norteamericanos e iraníes para luchar, sobre todo en Irak, contra el enemigo común: el Estado Islámico. Se calcula que dos tercios de los 30.000 combatientes que libran la crucial batalla de Tikrit –patria chica y feudo de Sadam Husein- son milicianos chiíes, entre ellos un número indeterminado pero sustancial de iraníes. Incluso se da como muy probable que sea un general iraní quien esté en la práctica al frente de unas operaciones para las que resulta vital el apoyo en todos los sentidos de Teherán. Si la ofensiva termina con éxito, podría marcar un punto de inflexión en una guerra hasta ahora calamitosa contra el EI. El siguiente objetivo sería Mosul, la tercera ciudad del país y la joya de la corona de los islamistas radicales.

No hay una acción coordinada y reconocida entre estos extraños compañeros de cama, pero sí diversas muestras de colaboración indirecta o de que evitan estorbarse que suscitan la alarma de los dos principales enemigos de Irán en la región: Israel y Arabía Saudí. El ministro de Exteriores de este último país, el Saud al Faisal, ha declarado que "Irán se está adueñando de Irak". Por su parte, el jefe del Gobierno israelí, Benjamín Netanyahu, ha llegado al extremo de autoinvitarse al Congreso de Estados Unidos, pese al rechazo de Barack Obama, para lanzar el mensaje de que, ante el posible acuerdo inminente sobre el programa nuclear iraní, hay que sacar el palo y esconder la zanahoria.

La preocupación es similar a la mostrada por el senador republicano John McCain, quien ni siquiera encarna el ala más radical de su partido, y que ha señalado que, aunque la prioridad inmediata sea derrotar al Estado Islámico, este objetivo debe lograrse "sin capitular ante las ambiciones hegemonistas de Irán" en Oriente Próximo. Sin embargo, está claro que si la república de los ayatolás está haciendo este trabajo sucio no es por puro altruismo, sino para defender la supremacía chií en Irak, para la que el EI supone una amenaza existencial, y como consecuencia de ello consagrar su influencia duradera en la región.

Y no solo en Irak. La otra gran punta de lanza vital en Siria, donde Bachar el Asad habría caído ya de no contar con el apoyo iraní. La paradoja es monumental, ya que la emergencia del EI ha hecho que la derrota del régimen de Damasco no solo no sea ya una prioridad para Estados Unidos, sino que ni siquiera le resulta deseable, ya que la alternativa sería que los radicales islamistas se hiciesen con el poder, perspectiva que también quita el sueño en Riad, Ammán, El Cairo, Jerusalén...

Estados Unidos, que retiró sus tropas de Irak en 2011, dejando atrás la semilla del desastre, y que lleva más de 34 años sin relaciones diplomáticas con la república islámica –a la que considera parte esencial del eje del mal-, se tiene que tragar su orgullo y asumir que depende en gran parte de su teórico enemigo para enfrentarse al nuevo archienemigo, el Estado Islámico. Sobre todo cuando la opción del retorno de contingentes considerables de tropas norteamericanas está descartada, y cuando los ataques aéreos, la ayuda militar masiva y el adiestramiento del Ejército iraquí no bastan por sí solos para frenar el empuje del EI.

Se trata del reflejo de un desastre de proporciones históricas: después de dos invasiones difíciles o imposibles de justificar, y de una larga y estéril ocupación militar, el legado norteamericano en Irak es un país empobrecido, racturado y envuelto en una brutal guerra sectaria, con una amenaza existencial a cualquier posibilidad de tolerancia, y con derivaciones tan cercanas como Siria, Yemen o Libia, y tan lejanas como Nigeria. Aunque se atribuyan a Obama mejores intenciones que a George Bush, el resultado de su gestión no le deja en posición más airosa. Y lo peor está quizá por llegar si la guerra de momento solo verbal de Israel, Arabia Saudí y los halcones republicanos alcanza su objetivo de frustrar el acuerdo nuclear con Irán que, en principio, tiene como fecha límite el próximo día 24.

La reciente bofetada de Netanyahu a Obama, lanzada desde la tribuna del Congreso en Washington, y el dominio republicano de ambas Cámaras legislativas, no deberían impedir que el presidente saque provecho del considerable poder que aún conserva y que depende en gran medida de una capacidad de liderazgo que no parece sobrarle. Es difícil que, aún en el caso de que se llegue a un compromiso satisfactorio para ambas partes de la negociación (la de EE UU incluye también a Rusia, Francia, Reino Unido, China y Alemania), Obama pueda satisfacer la demanda iraní  de que se retiren de forma inmediata todas las sanciones a Irán, algo que necesitaría el visto bueno del Congreso. Más realista es pensar en una suspensión. Otra cosa es lo que puedan hacer la Unión Europea y el Consejo de Seguridad de la ONU, donde el legislativo norteamericano no puede hacer valer todo su peso.

Quedan pocos días para la fecha límite (que no por fuerza tiene que serlo), pero nunca como ahora se había estado más cerca de un acuerdo. De alcanzarse se abriría la vía para una normalización diplomática que acabaría con tres décadas y media de hostilidad y desconfianza, y permitiría empezar a cerrar heridas. En ese marco, colaboraciones como la que a efectos prácticos mantienen ahora Irán y Estados Unidos en Irak ya no parecerían anti natura, y ambos países podrían, superando sus desencuentros, coordinar de forma más efectiva su lucha contra el enemigo común. Esa perspectiva se antoja todavía lejana, pero con lo feas que están las cosas en Oriente Próximo, el acuerdo nuclear sería un vital factor de estabilización con el que ni siquiera Israel tendría que salir perdiendo, pese a lo que diga un Netanyahu en plena campaña electoral y convencido de que su intransigencia vale un buen puñado de votos.