El mundo es un volcán

Una anomalía: el debate político emigra de las Cortes a la televisión

Además de su importante e insustituible papel en la aprobación de las leyes, el Parlamento debería ser el foro por antonomasia del debate político. Por desgracia, cada vez lo es menos. Se acaba de ver con el caso de Zaida Cantera que, a simple vista, podría ser ejemplo de lo contrario, es decir, de que cumple esa función. Es cierto que la agría disputa en el Congreso entre la diputada de UPyD Irene Lozano y el ministro de Defensa, Pedro Morenés hizo saltar chispas y, amplificada por los medios, captó por una vez el interés general por lo que se debatía en la Cámara baja. Pero, ¿cómo llegó hasta allí ese encendido debate? Pues de rebote, después de que Jordi Évole rescatase en la Sexta el escándalo del acoso sexual y laboral a la capitana convertida en símbolo de las dificultades para la integración de la mujer en las Fuerzas Armadas. O sea, casi como un subproducto de la televisión, convertida cada vez más en un parlamento catódico que suplanta en aspectos sustanciales al real, porque es en él donde se discuten a calzón quitado las cuestiones de máxima actualidad.

No es de extrañar que, cada vez más, y sobre todo en este agitado año en el que se votará a destajo, los partidos, hartos de que su actividad en las Cortes pase tantas veces desapercibida –entre otras cosas porque aburren hasta a las ovejas-, se sometan al escrutinio televisivo, y no solo en las cadenas amigas donde saben que se les tratará con guante blanco, sino incluso en aquellas en las que corren el riesgo de salir trasquilados y de que les echen en cara sus vergüenzas. Cualquier cosas antes que dejar el campo libre al rival. Al enemigo ni agua.

En ese foro alternativo a las Cámaras legislativas que deberían ser el centro del debate político, se prima la soltura verbal, la capacidad dialéctica, el aspecto físico, la juventud o la veteranía (según los casos), el aguante y la sangre fría. No todos valen para moverse por esas arenas movedizas. Lo de menos es, a veces, la idea o la propuesta que se defienda en un momento concreto, ya que se da por supuesto que nunca se apartará de la línea oficial del partido de turno. Lo decisivo, es la forma de hacerlo, con ironía o con agresividad, con garras y dientes, con la guardia levantada y el puño listo para machacar al adversario. Sin tregua ni cuartel. Buscando ante todo la eficacia, la rentabilidad inmediata. Y tratando de evitar a toda costa la metedura de pata, porque eso es como pegarse un tiro en el pie, coloca al infractor a los pies de los caballos y le convierte en diana de burlas y ataques en las redes sociales.

Dejando aparte a las cadenas y programas sectarios que se limitan a hacer propaganda de parte apenas encubierta, abundan los espacios en los que, con desigual acierto, se busca a objetividad y la equidistancia, aunque a veces sean resultado del choque de trenes que transitan por sentidos opuestos. Y, lo más importante, se abre la posibilidad, cada vez más rara en el palacio de la Carrera de San Jerónimo, de debatir sin cortapisas sobre los temas más polémicos.

Cada cual utiliza las mejores armas que tiene a su alcance, y todo el que puede hacerlo (sin que se le suban los colores) intenta demostrar que no es un político al uso, porque ese oficio está hoy muy desprestigiado. Da la impresión de que las diversas formaciones preparan estas comparecencias públicas con tanto o más detalle que las de las Cortes, apagadas hoy como nunca desde la implantación de la democracia, reducidas por la mayoría absoluta del PP a una correa de transmisión de decisiones predeterminadas que llegan de la Moncloa, al penoso espectáculo de centenares de diputados cuya labor fundamental es pulsar el botón que les ordena su jefe de filas. Así las cosas, los debates del Parlamento oficial adquieren cada vez el carácter de paripés, aunque la denuncia del deterioro de la institución (como ocurre con tantas otras) no debe impedir que se reconozca el papel clave que encarna en el sistema democrático.

Solo de cuando en cuando, las inútiles e impotentes protestas de la oposición hacen elevar la temperatura política en las Cortes hasta ese punto de ebullición a partir del cual el eco de la disputa llega amplificado a la opinión pública y puede traducirse en un puñado de votos. Puede ser el caso de UPyD con la capitana acosada, que ha dado a la formación de Rosa Díez una visibilidad y un protagonismo que se le escapaba a chorros, pero ojo, sólo como reflejo de un interés público que procedía de un magnífico programa de televisión.

El parlamento catódico tiene otra ventaja sobre el oficial: que no tiene un orden del día rígido que cercene la espontaneidad de los intercambios verbales, o mejor dicho, que el teórico orden del día se dirige en televisión a lograr una discusión lo más abierta posible, y por tanto se puede corregir, variar y modular sobre la marcha, incluso a costa de algún que otro desmadre. Después de todo, la televisión es ante todo espectáculo, el aburrimiento es malo para el negocio y solo desde su eliminación es posible el milagro de los panes y los peces de que un debate político se imponga en ocasiones a una película de Hollywood en la franja de máxima audiencia.

El papel de los moderadores es vital para garantizar un alto grado de acción, interés, gresca y pelea de gallos, sin que la sangre llegue nunca al río, y manteniendo de forma simultánea un razonable grado de objetividad y equilibrio. Vuelvo a citar la Sexta, que se está consolidando como ejemplo claro de esta nueva forma de hacer televisión y de desplazar el escenario del debate político, y donde coexisten talentos notables como Iñaki López y Jordi Évole, impecables en su doble papel de agitadores y árbitros.

Hay, por fin, otros dos logros importantes del parlamento catódico: 1) que ha hecho interesarse por la política  a mucha gente alejada de ella no solo por el desencanto y la indignación provocada por el estigma de la corrupción, sino por la persistencia de unas rutinas y unas reglas de funcionamiento que canibalizaban los debates, sobre todo en las Cortes, y los convertía en mortalmente aburridos. Y 2) Que se da voz a quienes, como Podemos, no pueden tenerla todavía en el Congreso y el Senado, pero que piden paso, respaldados por las encuestas, porque representan el espíritu que, sobre las ruinas que deja la crisis, exige un radical cambio de rumbo. Al no tener diputados, las reglas del juego les dejarán prácticamente fuera de los espacios de propaganda electoral de los medios públicos, en un año crucial por la sucesión de citas en las urnas, pero ahora al menos existe una alternativa que les recata del silencio y la irrelevancia.

Un programa de televisión vale más que diez mítines. Y es lógico: a los actos de campaña de cada partido sólo van los ya convencidos, pero a La Sexta Noche –por ejemplo- acuden sin necesidad de moverse del sofá muchos ciudadanos en busca de una orientación que les ayude a decidir un voto vital como nunca en muchos años. Allí escuchan, sin cortapisas, toda clase de argumentos encontrados, se escarba en los entresijos y puntos flacos del rival, se contrastan informaciones y opiniones, se debate a cara de perro. Lástima, tan solo, que lo que de positivo tiene este nuevo escenario se malee por las malas artes y los exabruptos de algún que otro descerebrado que recurre al insulto cuando le faltan argumentos.

Podría argüirse que este desplazamiento del debate político desde su hogar natural, el Parlamento, es malo para la democracia. Algo de cierto hay, pero es innegable que los partidos del sistema se lo han buscado y, lo que es peor, no dan muestras siquiera hoy de querer cambiar de modelo. Las cúpulas están muy satisfechas con su poder omnímodo a la hora de confeccionar las listas electorales, con que haya que votarlas en bloque, con que diputados y concejales obedezcan sin rechistar porque saben que les va el sueldo en ello, con que ni siquiera haya una conexión directa entre los representantes y los representados.

Como en todos los años electorales, se habla de poner remedio a este disparate pero, como de costumbre, lo más probable es que todo siga igual, excepto que los recién llegados tengan el peso y la voluntad necesarios para cambiar las reglas. Si no cambian también ellos y se dejan infectar por el virus del poder. Por soñar que no quede.