El mundo es un volcán

¿Fue la transición culpable de la degradación de la democracia?

En Democracia de papel. Crítica al poder desde la transición a la corrupción (Libros de la Catarata), el veterano periodista Bonifacio de la Cuadra, uno de los principales cronistas del cambio político tras el franquismo y de la evolución posterior del nuevo régimen de libertades, muestra un panorama desolador del deterioro e incluso la desnaturalización de aquella criatura que, tras la muerte de Franco, nació con los mejores augurios.

En la página 20, el autor relaciona algunas de las cosas que no salieron bien: los partidos mostraron sus miserias; el Consejo General del Poder Judicial entró en declive y la justicia se politizó, al tiempo que la política judicializaba su corrupción; la monarquía, pieza esencial para la salida del franquismo, hace reclamar la república; la hegemonía social de la Iglesia en plena democracia impulsa la exigencia de un Estado laico; los derechos humanos se quedaron a mitad de camino; a pesar de los avances, la igualdad de derechos entre hombres y mujeres sigue pendiente; la lucha antiterrorista se salió de las reglas del derecho; la ultraderecha sigue impulsando la involución… Es una lista que se prolonga y detalla a lo largo del libro y que no deja indemne ni a las Cortes, ni al Tribunal Constitucional, ni a los periodistas ni a la propiedad de los medios de comunicación.

De la Cuadra analiza esta "democracia declinante" en la que las instituciones "han desprestigiado su legitimidad original y se han pervertido, hasta el punto de que algunas de ellas merecen ser demolidas". Él aporta su granito de arena recobrando el "análisis crítico del poder, en la transición y en las siguientes décadas".

Tanto él, como en el prólogo Soledad Gallego-Díaz -con la que formó durante varios años cruciales un sólido tándem informativo que hizo época y contribuyó a formar opinión- rechazan los esfuerzos interesados por descalificar la transición, relacionar los lodos de ahora con los barros de entonces. No se trata ni de enaltecerla ni de ridiculizarla, pero tampoco de dinamitarla. La transición tuvo sus defectos, como la Constitución que parió, "que puede y debe ser reformada", y quizás el mayor fuera el "extraordinario protagonismo concedido a los partidos". Pero "es indecente que se oculten tras ella quienes quieren taponar sus propios errores".

En opinión de Gallego-Díaz –que comparto- Democracia de papel "ayuda a desmontar la socorrida idea de que quienes protagonizaron o narraron la transición o fueron ciegos, sordos y mudos, tontos útiles al servicio de poderes ocultos, o gentes excepcionales, sin mácula". El deterioro actual de la democracia no se debe en lo esencial al diseño erróneo o interesado del cambio de régimen, sino a que en los 40 años posteriores "se pudo hacer algo distinto a lo que se hizo", y se tomaron "decisiones partidistas que iban a acarrear el desprestigio de las instituciones".

De la Cuadra desarrolla su discurso crítico sobre la base de los artículos que él mismo publicó durante décadas en El País. Demuestra así que no hubo ni silencio cómplice, ni compadreo generalizado (aunque no fue escaso) entre periodistas y políticos, que se denunciaron los abusos y se alertó de los peligros pero que, pese a todo, el proceso de deterioro institucional fue imparable. Así, el Tribunal Constitucional, máximo garante de la ley fundamental, que funcionó al principio razonablemente bien, se fue devaluando por la ofensiva de los partidos para instrumentalizar a sus componentes.

¿Cómo puede ejercer de árbitro imparcial un órgano constituido de acuerdo con la voluntad de los grandes partidos, con el riesgo de que las decisiones estén teñidas por el clientelismo político? De ahí que el autor, "aras de la salud democrática", defienda "abolir el sistema de reparto y regresar al nombramiento de juristas compatibles por ambos partidos, capaces de interpretar la Constitución de todos".

Pese a su brevedad (157 páginas), Democracia de papel hace un recorrido completo por los males del sistema político español. Su autor se deja llevar por las mañas de su oficio e inicia cada capítulo con una presentación que resume el contenido. Valga como ejemplo el arranque del titulado Libertad de prensa, periodistas y medios: "El ejercicio del periodismo en la transición favoreció –por lo general- la democracia, mientras que en las últimas décadas los compromisos económicos y políticos de los medios hacen más difícil mantener el nivelo del oficio". Tan cierto como que el Sol sale por el Este.

Como es imposible reseñar todo el contenido del libro, me limitaré a hacerlo con uno de los capítulos que más obsesionan a su autor, La politización de la justicia y la judicialización de la política", que como una especie de declaración de principios encabeza con la frase que hizo célebre a finales de los ochenta Pedro Pacheco, por entonces alcalde de Jérez de la Frontera: "La justicia es un cachondeo".

Señala De la Cuadra que, si bien "la Constitución hizo un diseño democrático del poder judicial", la herencia maligna del antiguo régimen "trató de arreglarse con la medicina de los partidos políticos, que al corromperse ellos terminaron corrompiendo al poder judicial, del que primero se apoderaron y al que después encomendaron que resolviera los problemas de corrupción de los políticos".

En el libro, se muestra una preocupación casi obsesiva por la degradación del órgano de gobierno de los jueces, el Consejo General del Poder Judicial, en el que persiste un "decimonónico sistema de selección", resultado del reparto entre los dos grandes partidos y que, "con honrosas excepciones minoritarias –en algunos jueces independientes, críticos con la deficiente tutela judicial que se presta- no deja sitio a preocupaciones democráticas". El CGPJ se ha convertido en "la institución que peor juego democrático ha dado de entre las creadas por la Constitución de 1978". Por eso reclama algún tipo de "legitimación democrática de ejercicio" que neutralice la "ausencia de legitimidad electiva de origen".  

De la Cuadra rinde también homenaje a algunos de esos jueces honestos y comprometidos en la lucha por cambiar el actual orden de cosas, y dedica una especial atención a Manuela Carmena, hoy embarcada en una azarosa aventura electoral en Madrid y que constituye un magnífico ejemplo de lo que debería ser la regeneración de la política.

Militante antifranquista, miembro durante la dictadura de la clandestina Justicia Democrática y luego de su corriente heredera, Jueces para la Democracia, Carmena luchó junto a un puñado de juristas a favor de la mejora del servicio judicial. Y llevó ese ideal a la práctica profesional como decana de los juzgados de Madrid, juez de vigilancia penitenciaria, vocal del CGPJ y, ya jubilada, asesora del Gobierno vasco a favor de las víctimas de abusos policiales y miembro del grupo de trabajo de la ONU contra las detenciones arbitrarias.

Con muchos jueces como ella, la justicia se podría quizás escribir con mayúsculas, aunque el poder político no cejase en sus intentos por secuestrarla, instrumentalizarla y pervertirla. De la Cuadra censuraba en 2013 ese panorama, fruto del reparto entre PP y PSOE, y se preguntaba: "¿Es posible alcanzar mayor ignominia para apropiarse del CGPJ?" Pues sí, "lo ha conseguido el ministro Ruiz-Gallardón (…) Ya no hay que repartirse el Consejo: se lo queda el partido mayoritario, cuyos votos aseguran la mayoría de vocales necesarios para, por ejemplo, designar sin tener que negociar con nadie a los nuevos magistrados del Tribunal Supremo".