El mundo es un volcán

Miedo a volar

Excepto que se opte por el suicidio –una opción que se dramatiza en exceso– nuestra vida no está nunca en nuestras manos. Depende entre otras cosas  de la edad, el estado de salud, el estrés, la capacidad económica, el índice de criminalidad, la seguridad de los medios de transporte, las condiciones de trabajo, la contaminación…

Y sobre todo depende del destino de cada cual, de la suerte y el azar, de encontrarse o no en el lugar equivocado en el momento equivocado en el que alguien, como un desequilibrado sin nada que perder, decida ajustar cuentas consigo mismo y con la sociedad a la que culpa de sus males. Como el joven de 20 años que, en 2012, asesinó a sangre fría a 20 niños menores de seis años y a seis profesores en Newton (Connecticut). O como el estudiante que en 1966 se subió a la torre del reloj de la universidad de Austin (Texas) y mató de forma indiscriminada a 14 personas con dos rifles de precisión. O como los dos chavales, de 17 y 18 años, que en 1999, en un instituto de Columbine (Colorado), mataron a 12 compañeros y un profesor (una tragedia que Michael Moore convirtió en película). O el extremista de derechas y admirador del Tea Party que, en julio de 2011, en la normalmente apacible Noruega, se llevó por delante la vida de 77 compatriotas, en su mayoría niños. O como tanto y tantos terroristas islamistas –suicidas o no– que llenan con frecuencia el mundo de sangre y dolor, y de cuyas acciones solo nos hacemos ecos cuando ocurren en nuestro mundo (París) o afectan a ciudadanos occidentales (Túnez).

Para conjurar la alarma que causan estos hechos trágicos recurrimos a la tranquilizadora estadística, a que la posibilidad de que nos toque la mota negra es mínima, tan pequeña que no hay que asustarse hasta el extremo de cambiar de forma de vida. Pero conviene ser conscientes, por ejemplo, de que visitar San Pedro Sula (Honduras), la ciudad con mayor índice de criminalidad del planeta, no es la mejor idea para un viaje de placer.

Lo mismo cabría decir de los medios de transporte y, más en concreto del avión. Pese al impacto de tragedias como la reciente de los Alpes, sería absurdo que los viajes en avión, en su conjunto, fuesen penalizados por los usuarios. Absurdo e imposible en la práctica porque, en el paraíso del bajo coste, no hay alternativa para la movilidad fácil y barata, el fenómeno que en el mundo globalizado ha convertido en cotidiano lo que no hace tanto era excepcional.

El impacto mediático de un accidente aéreo es siempre brutal, y no digamos el de un homicidio masivo como el que se atribuye –aunque no se descarten todavía otras hipótesis como un fallo técnico– a Andreas Lubitz, el copiloto del A320 de Germanwings. Si se confirma que él estrelló el aparato en los Alpes de forma premeditada, se trataría de una acción criminal o demencial que tiene un antecedente cinematográfico cercano: el prólogo de la magnífica película Relatos salvajes, de Damián Szifron, en el que un piloto que quiere vengarse de quienes le hicieron daño en algún momento de su vida -pero que no se conocen entre sí– los reúne en un avión que lanza como un misil contra la casa del único de ellos que no está presente.

Pese a todo, ante un suceso tan especial e impactante, como ante cualquier accidente aéreo con amplia repercusión mediática, se impone recordar una vez más que el balance de accidentes y víctimas en relación a la cifra de usuarios demuestran que el transporte aéreo sigue siendo el medio más seguro que existe.

Eso no quita para que sobre la reflexión de que cada vez que subimos a un avión nuestra vida deja de estar en nuestras manos. Aunque el riesgo sea estadísticamente pequeño, nuestra seguridad depende de factores externos imposibles de prever y ante los que no cabe posibilidad de defensa. No se trata solo de las condiciones meteorológicas, la calidad y la edad del aparato o el óptimo funcionamiento de los motores y los instrumentos de control. También, paradójicamente, puede relacionarse el riesgo con que la psicosis antiterrorista posterior a los atentados del 11-S llevó a blindar las cabinas de mando para evitar la intrusión indeseada de cualquier pasajero, pero no protegió a los aviones de los enemigos internos, como los propios pilotos. Una circunstancia que da un peso adicional a la fortaleza o debilidad del carácter de éstos, a su equilibrio psicológico, a si se ha visto alterado por traumas en su vida privada.

Por fortuna, no debe haber a los mandos de un avión comercial muchos pilotos como el Andreas Lubitz que supuestamente –insisto, hay que dejar un margen a la duda– estrelló el Airbus sobre los Alpes. Sin embargo, eso no evitará que muchos pasajeros perciban estos días que un escalofrío de inquietud les recorre la espalda cuando vean que uno de los pilotos de su aparato abandona la cabina de mando para ir al baño, o que escruten su cara para ver si tienen aspecto de merecer que les hayan confiado su vida.

Al mismo tiempo, es lícito preguntarse si algunas otras catástrofes sin aclarar y que han quedado cubiertas por una espesa capa de misterio no serán también resultado de ese imprevisible factor humano. Sin ir más lejos, no es del todo descabellado pensar que ése fuera también el caso del vuelo MH370 de la Malaysia Airlines, es decir, del Boeing 777-200 desaparecido sin previo aviso el 8 de marzo de 2014, con 227 pasajeros y 12 tripulantes a bordo. Meses de búsqueda infructuosa no han hecho sino disparar las hipótesis más diversas, imposibles de descartar del todo porque no se han podido hallar las cajas negras.